jueves, 8 de agosto de 2013

miércoles, 7 de agosto de 2013

Tras la pista de los patos (de goma) náufragos





Tras la pista de los patos (de goma) náufragos

Un periodista estadounidense reconstruye en un libro la aventura de 29.000 juguetes que se cayeron de un carguero en el océano y flotaron durante años.- Su destino sirvió a los oceanógrafos para estudiar las corrientes marinas

Probablemente al principio tuvieran miedo. Una cosa es una bañera. Otra, el océano. Pero finalmente debieron de cogerle gusto, dado que algunos siguen dando vueltas por el globo 19 años después. Ahora, los 28.800 patos amarillos (la mayoría), castores rojos, ranas verdes y tortugas azules de plástico que en 1992 cayeron de un barco que navegaba por el Pacífico, hasta podrían volver a encontrar a sus antiguos amigos. Ni que fuera Perdidos. El periodista estadounidense Donovan Hohn ha reconstruido, en su primer libro Moby Duck (que se puede adquirir en Amazon) trayectos y destinos de la mayoría de los juguetes y de otros objetos que flotaron por el mar, en una mezcla de ternura, picos sonrientes, corrientes oceánicas y polución. "Tenía que ser un trabajo corto. Me ha costado sin embargo cinco años y viajes por todo el planeta", cuenta el autor por teléfono desde Nueva York.

El 10 de enero de 1992 una tormenta sorprendió cerca de las Islas Aleutianas a un carguero que cruzaba el océano Pacífico de Hong Kong a Washington. 12 contenedores cayeron por la borda, uno se abrió y llenó el mar de miles de juguetes producidos por la compañía china First Years Inc. Los animalitos se dispersaron, presas de las corrientes oceánicas. Un naufragio conmovedor que una compañía de coches aprovechó años después para un video publicitario. Pero desde el principio el asunto cogió también otro camino, más serio.

Varios oceanógrafos se dieron cuenta de que los patos que tocaban tierra solían desembarcar en determinadas zonas. Hasta llegaron a realizar un mapa que se basaba en las corrientes y reconstruía los trayectos de navegación de los patitos. El oceanógrafo y cazador de juguetes náufragos Curtis Ebbesmeyer encontró el punto exacto en el que el container se había caído. Y, según contó a The Independent, aprovechó los movimientos de los juguetes para estudiar el giro oceánico (una gran corriente constante y circular) del Pacífico Norte, entre Japón, Alaska e Islas Aleutianas, descubriendo por primera vez que un objeto tarda tres años en completar el ciclo.

En 2005 Hohn, fascinado por esta aventura, empezó a tirar del hilo. Su investigación le llevó a contactar con Ebbesmeyer, del que recibió una sorprendente respuesta: "No puede cazar a los patos por teléfono. Tiene que salir de casa y buscar", como publicó The New York Times. Hohn le tomó la palabra. "Primero fui a China, a la fábrica donde construyeron los patos", explica. Y luego empezó a recorrer los sitios del mapa. Escocia, Hawai, incluso cogió un crucero para viajar por el mar Ártico. Una larga ruta con un imprevisto agradecido: "En una playa escondida y desierta, en Alaska, encontré a un castor de plástico, escondido bajo un árbol. No contaba con que a lo largo de mi ruta hallaría a uno de los animalitos".

El castor, que en un tiempo fue rojo y ahora es más bien blanco, está en su casa. Pero, ¿cómo puede estar seguro de que sea uno de los miembros de la flota de juguetes? "Por la marca, el color, el material. Hay pruebas ciertas. En cambio después de los primeros hallazgos se desató un entusiasmo por el que todo el mundo decía que había encontrado uno de los animalitos famosos".

La mayoría de los patos han acabado en las playas del mapa, tras un viaje largo y peligroso. Según Hohn, "la imagen más encantadora de todo esto es la de un minúsculo pato amarillo que desafía en solitario al océano salvaje". Muchos le han ganado el pulso a la naturaleza, a costa de perder su color original y están a salvo, en casas de coleccionistas o cazadores casuales. Centenares de juguetes sin embargo se han deteriorado y han acabado hechos pedazos. Pero "debe de haber cientos que todavía están flotando", sostiene Hohn. Y cuenta: "Varias veces me he imaginado estar tumbado en la playa y de repente ver aparecer en el horizonte un patito amarillo". Ese patito sería hoy 19 años más viejo y tendría el pico sonriente de quien ha sobrevivido al océano.

Una armada de objetos

Los patos no están solos. Uno de los objetivos del libro Moby Duck es llamar la atención sobre el problema de los objetos que se caen de los barcos y acaban dañando al medioambiente y al mar, degradándose o hundiéndose a lo largo de los años. Las cifras, según Hohn, son significativas: "Hay cientos de containers y en consecuencia miles de objetos que acaban en el océano cada año. Un cifra exacta es imposible dado que las compañías de transporte marítimo no están interesadas en contabilizarlo. A menudo estos incidentes pasan desapercibidos. En mis búsquedas me he encontrado con estimaciones de más de 10.000 objetos al año".

Un caso ejemplar se dio en 1998, cuando un carguero perdió en el Pacífico 407 contenedores. "Contenían de todo: bicicletas, teléfonos inalámbricos, ropa. Las consecuencias para el medioambiente son muy dañinas", sostiene Hohn. El daño proviene también de tierra, de los objetos abandonados en el mar. "Los más frecuentes son botellas, juguetes y zapatos".

lunes, 5 de agosto de 2013

Nosotros no tenemos el control...


Nosotros no tenemos el control, cariño, es sólo una ilusión.
Up in the air (En el aire)- Walter Kirn

domingo, 4 de agosto de 2013

La fortaleza de la soledad...


La fortaleza de la soledad – Jonathan Lethem

La fortaleza de la soledad - Jonathan LethemAtraído por algo que leí sobre otro de sus libros, “Cuando Alice se subiú a la mesa”, decidí probar suerte con este novelón de Jonathan Lethem, aficionado como soy a la narrativa norteamericana.
El resultado ha sido interesante, aunque en absoluto como esperaba. Y digo esto porque “La fortaleza de la soledad” es una novela sólida, que se lee de un tirón y engancha; lo cual, para un libro de más de seiscientas páginas no es moco de pavo. Sin embargo, Lethem cae en una trampa que parece aguardar a casi todos los escritores norteamericanos de nueva generación: la realización de la ‘gran novela americana’.

Quizá la tradición novelística estadounidense haya lastrado, por este motivo, a muchos buenos autores. Y es que Lethem, como otros antes que él (léase: Foster Wallace, Chabon, Eggers), pretende abarcar en “La fortaleza de la soledad” todo cuanto quepa en un libro: desde la clásica iniciación de un joven hasta las reflexiones sobre las drogas; todo ello bastante bien narrado, sí, pero demasiado ambicioso.

La historia que sirve como excusa para este libro es la de Dylan Ebdus, un chaval cuyos padres se instalan en Brooklyn a mediados de los años setenta, cuando el barrio está habitado casi en su totalidad por negros (perdón por no ser políticamente correcto) e inmigrantes de diferentes nacionalidades. El crecimiento del niño se verá marcado por los abusos a los que se ve sometido por parte de sus vecinos, que consideran el color de su piel como una afrenta en un barrio en el que ser blanco no era, precisamente, una buena idea. Sin embargo, la amistad que surgirá entre Dylan y uno de sus vecinos de color, Mingus, cambiará para siempre la vida del chico y le enfrentará con una realidad que desconoce.

Casi el argumento de una teleserie barata, sí. Pero Jonathan Lethem no cae en sentimentalismos y consigue crear una trama convincente… si no se le tienen en cuenta un par de detalles. Uno, y fundamental, es el ya citado antes. La intención de escribir una novela ‘total’ es muy encomiable, pero la historia que el autor ha elegido como motor de la acción no parece apropiada para sustentarla. La amistad entre los chicos no es tanto un punto principal del libro, cuanto una excusa para mostrar la evolución de una sociedad a lo largo de veinte o treinta años, pudiendo así tratar temas secundarios como el de las drogas, la segregación racial, el auge de la clase media acomodada o, incluso, las transformaciones de los géneros musicales populares. Y eso mismo ocurre con, por ejemplo, alguno de los personajes, como son la madre de Dylan, o la señora Vendle: su función es meramente figurativa, una oportunidad para que el escritor toque algún palo que, de otra manera, se le quedaba fuera de su campo de acción.

Otro motivo de incredulidad o desinterés es, justamente, la escasa entidad de los personajes secundarios, que no aportan casi nada a la novela y dejan en manos del protagonista todo el peso del argumento; y la figura de Dylan, por desgracia, no aguanta semejante responsabilidad. No tanto porque carezca de credibilidad, puesto que es un personaje muy bien definido, con una evolución natural, sino porque la trama en la que se ve envuelto quizá exigía una mayor ‘economía’ literaria, y no (y volvemos sobre lo mismo) una historia con propensión a la universalidad.
Quizá por esa peculiaridad “La fortaleza de la soledad” se queda en, simplemente, una buena novela (demasiado extensa) en lugar de haber llegado a ser una obra para ser tenida en cuenta. No obstante, Lethem ha resultado ser un narrador muy interesante, por lo que uno probaré suerte con algún otro libro suyo. Ya veremos.

viernes, 2 de agosto de 2013

jueves, 1 de agosto de 2013

Vigilantes del cielo...


Vigilantes del cielo

Una treintena de edificios tienen esculturas que sobrevuelan la ciudad

Una persona normal le llega a un dios por las rodillas. El mortal de talla media lo descubre trepando a las azoteas de Madrid, donde viven Minerva y Aurora, Pegaso, el Fénix y un puñado de ángeles.

Encaramadas a cúpulas y torreones de una treintena de edificios, estas esculturas desafían la lógica. Pesan toneladas, pero vuelan ligeras; son enormes, pero pasan inadvertidas para los peatones, más pendientes de cuestiones terrenales como el tráfico o los escaparates. "El madrileño no mira hacia arriba", dice el historiador Luis Miguel Aparisi. En su portátil tiene una base de datos con miles de esculturas madrileñas, la inmensa mayoría a ras de suelo. "Arriba hay muchas menos: una estatua necesita publicidad -si no se ve, nadie va a pagarla-, y tampoco tiene sentido homenajear a nadie sobre el tejado".

Los mitológicos vigilantes del cielo son pocos, pero todos tienen su leyenda.La madrileña más retratada es la Victoria alada del edificio Metrópolis. Los aurigas del antiguo Banco de Bilbao fueron protagonistas de la película La comunidad, de Alex de la Iglesia (aunque pocos saben que no están dentro del carro, sino en una plataforma, porque si no, desde abajo, solo veríamos su cabeza). Las esculturas que coronan una treintena de edificios de Madrid inspiran e intrigan. "¿Cómo nos verán ellos desde allí arriba?", se preguntó el fotógrafo Antonio Bueno, que para su libro Mitologías en los cielos de Madrid subió hace años a las azoteas y retrató de cerca a estos gigantes. "Gocé de una visión de la ciudad de la que pocos mortales han disfrutado", dice el fotógrafo en su estudio.

Descubrir lo que ven los vigilantes del cielo queda a riesgo de cada uno. Pero estas son algunas respuestas a sus misterios:

- ¿Cuándo aterrizaron?

Hay esculturas en lo alto de edificios madrileños ya en el siglo XVII. Desde entonces un ángel de mármol corona el actual Ministerio de Asuntos Exteriores que fue, no sin retranca retrospectiva, cárcel de nobles. Por ello, en el Madrid barroco, los criminales ricos no dormían "a la sombra" ni "en la trena", sino "bajo el ángel".

Aunque abundan las obras hasta bien entrado el siglo XX, solo encontramos una del XXI. "Debo de ser el único escultor que queda vivo", bromea Miguel Ángel Ruiz, autor de Accidente aéreo, un dios estrellado en un edificio del centro. El artista apunta una razón para el ocaso de estas estatuas: "esta es la era de los arquitectos, su ego no permite que se coloque nada por encima de sus edificios".

- ¿Quiénes son?

El habitante más común del cielo madrileño, con permiso de las palomas, es el Ave Fénix. Anida sobre siete edificios que fueron sede de la aseguradora La Unión y el Fénix. A veces aparece sola, pero casi siempre la cabalga un adolescente. Para algunos es Mercurio, para otros es Ganímedes raptado por Zeus (transformado en águila) y para los madrileños de los años cuarenta era "el Ángel de Fénix". También tiene varios nombres el gigante de Victorio Macho en Gran Vía, 60. Fue bautizado el Romano en la prensa de la posguerra, pero lo han llamado el Coloso, el Atlante... hay quien dice que el 21 de marzo el último rayo de sol atraviesa la casa que sujeta sobre su cabeza.

"Hay muchas leyendas", opina Luis Miguel Aparisi, a quien molesta sobre todo la que supone que la reina (Isabel de Farnesio o Isabel II, según la versión) mandó bajar las esculturas de la cornisa del Palacio Real porque soñó que se le caerían encima. "Tonterías, probablemente se debió a los nuevos gustos neoclásicos de Carlos III, lo único que sabemos es esto", dice mostrando la escueta nota de 1760 que ordenaba bajarlas sin explicar por qué.

- ¿Quién las firma?

Cuando uno ve la figura estrellada contra un edifico de la calle de los Milaneses con Mayor puede pensar que es Ícaro o el Ángel caído. Pero para eso está el artista: "Es un hombre alado que un día salió a dar una vuelta y al aterrizar en el prado de siempre se encontró que habían construido una ciudad en su lugar", explica Miguel Ángel Ruiz, que la realizó en 2005.

Accidente aéreo juega con la frontera entre el arte clásico y el contemporáneo, "porque el tiempo no existe ni para los dioses ni para el arte". Fue fabricada de la misma manera que el resto de sus parientes. Dibujada y esculpida en barro del que se sacaron ceras sobre las que se coló el bronce. "Igual que lo hacían los romanos", dice el artista, "no hay una manera más tecnológica, aunque ahora la normativa te obligue a ir disfrazado de la NASA".

Muchos de los autores de este tipo de esculturas fueron famosos en su tiempo (Agustín Querol, Higinio Basterra, Federico Coullaut, Luis Sanguino, Juan Luis Vasallo). Sin embargo, hay muchas esculturas que ni siquiera están acreditadas.

Rafael García lleva más de un año intentando demostrar que el Fénix de Virgen de los Peligros, 2, es obra de su abuelo, Vicente Camps Bru. En un par de sitios de Internet se adjudica la autoría a otro Camps, Josep Maria Camps i Arnau. No hay datos que acrediten ni lo uno ni lo otro en la prensa de la época. Tampoco en la memoria del proyecto del Colegio de Arquitectos, en la propia estatua o en la miniatura sin firmar que conservan en el hotel que ahora ocupa el edificio. "En mi casa siempre oí contar que era de mi abuelo e incluso tuve fotos de sus bocetos... No lo conocí, fue discípulo de Benlliure y me encantaría demostrar que es suya, pero por más que busco, no encuentro", se lamenta el nieto.

Incluso en obras con mucha literatura se omiten los nombres de los escultores. La inauguración de la iglesia de la Concepción de la calle de Goya mereció páginas enteras en Abc y La Construcción Moderna. Los artículos explican que la Virgen de la cúspide mide 5,50 metros y especifican incluso que lleva una corona con un "nimbo de luz de la marca Moore"; pero ni rastro del nombre del escultor. Tampoco cuentan que al colocar la corona se les olvidó ponerle bombillas. Como nadie quería encaramarse a la Virgen tuvo que hacerlo el cerrajero electricista de la obra, que se ofreció valientemente. Se llamaba Francisco Gosálvez (era mi bisabuelo; todas las familias tienen su leyenda).

- ¿Qué problemas dan?

Como vecinas, las esculturas no son nada conflictivas. "Está ahí y cuando llueve se lava: mantenimiento cero", dice Jorge del Río director del hotel Petit Palace Alcalá Torre, que tiene un Ave Fénix desde 1931. Desde la azotea apenas se ve al bicho, cosas de la perspectiva.

Lo que se ve estupendamente desde su nido son las cuadrigas del antiguo Banco de Bilbao, justo enfrente. Tampoco dan mayores complicaciones, según los actuales dueños, la inmobiliaria GMP.

Algo más caprichosa salió la Aurora que cabalga sobre la cúpula de la actual sede del Grupo Planeta. Colocada en 1927 fue restaurada hace tres años. Es de chapa de zinc, un material más barato y mucho más ligero que el bronce. Sus piezas están engatilladas por lo que el agua se coló hasta la madera. "Una vez restaurada no da trabajo", explica el jefe de mantenimiento del edificio. Por muy diosa que sea, para arreglarla hubo que tirar de fontaneros, que son los que saben manejar el metal.

Administrativamente quien vigila el buen estado de estas esculturas son las comisiones para la Protección del Patrimonio Histórico del Ayuntamiento y la Comunidad. "Depende mucho de la catalogación del edificio, de su antigüedad... pero en general si el inmueble está protegido no se permite retirar las estatuas y han de ser restauradas con materiales específicos y tras un informe favorable de las comisiones de expertos", explica Beatriz Lobón desde el Área de Urbanismo del Ayuntamiento.

- ¿Cómo se izaron?

Puede que una vez colocadas no den muchos problemas, pero izarlas a las alturas es un reto de ingeniería. Para subir a Minerva a la terraza del Círculo de Bellas Artes, a 58 metros sobre la calle de Alcalá, hizo falta una plataforma de hierro y cemento de 12 metros de superficie. También grúas y andamios especiales, y eso, después de un viacrucis para traerla desde la fundición de Arganda: el camión era tan grande que chocaba con los cables del tendido eléctrico. A pesar de estar hueca, los más de seis metros de la diosa pesan 3.000 kilos. Todo el asunto se describió en la prensa de los años sesenta como la Operación Minerva.

Las esculturas del actual Ministerio de Agricultura en Atocha se colocaron en 1905 con un andamiaje tan complejo que costó 30.000 duros, una fortuna para la época. Casi 70 años después un trozo del ala de un Pegaso cayó sobre la calzada. La Real Academia de San Fernando dictaminó que "en evitación de alguna catástrofe" se bajasen. Eran de mármol y pesaban 119 toneladas (cada Pegaso, 47), y se sustituyeron por una copia en bronce de 5.340 kilos.

A pesar de los avances técnicos, bajarlas fue casi tan complicado como había sido subirlas. "Nuestro miedo era el viento", explicó en Abc el escultor Juan de Ávalos, encargado del desmonte para el que se necesitaron 24 días y una grúa de 42 toneladas. "Se nos desmoronaban los bloques, no hubo más remedio que cortarlos, aunque hubo quien puso el grito en el cielo", explicó. El conjunto original se dividió y las figuras acabaron adornando la plaza de Legazpi y la glorieta de Cádiz.

No son las únicas que volvieron al suelo. Sobre la cúpula más emblemática de Madrid, planeó durante años el símbolo de La Unión y el Fénix. Cuando Metrópolis, otra compañía de seguros, adquirió el edificio en los años setenta fue sustituido por la Victoria alada. Durante la sustitución, ambas esculturas convivieron brevemente en la acera de la Gran Vía. El Fénix descansa ahora en un rincón de la Castellana, desterrado del cielo.

miércoles, 31 de julio de 2013

¿Está pasado ser moderno?


¿Está pasado ser moderno?

Ahora, lo que se lleva es odiar a los modernos. Incluso ellos reniegan de su condición. ¿Por qué? Desde coñas en Internet hasta sesudos ensayos mantienen abierto el debate.

Ahora, lo que se lleva es odiar a los modernos. Incluso ellos reniegan de su condición. ¿Por qué? Desde coñas en Internet hasta sesudos ensayos mantienen abierto el debate.

"Los primeros en posicionarse contra la moda y lo moderno son Voltaire y Rousseau. Dicen que la moda es mala porque hace que los pobres parezcan ricos y los hombres se comporten como mujeres. Ser moderno no es solo una opción estética, es una manera de subvertir los códigos de clase y género. Las mofas hacia los modernos no son solo burlas a un estilo, sino hacia cambios de posición social". Eloy Fernández Porta, premio Anagrama de ensayo por Eros. La superproducción de los afectos y adalid de la sociología pop, no termina de ver lo novedoso del alud de sátiras de la modernidad que campan por la Red y las calles de ciudades de todo el mundo, tomadas desde hace más de una década por una estirpe de creadores y veloces seguidores de tendencias. Al definir su existencia a través de la moda y con ello sentir cero apego a su penúltima encarnación parecen regenerarse. No como los punkis, hippies o incluso emos que al lustro de su nacimiento pasaron a ser secundarios en el mapa sociológico. Los hipsters son casi una casta. Vistiendo pitillos desde 1999.

"Lo que sucede es que la Red lo amplifica todo. Lo que antes estaba en el aire, en este caso cierto miedo y desprecio por el diferente, o por el moderno, se solidifica", recuerda Porta. Vídeos como Being a dickhead's cool (Ser un gilipollas mola), blogs como Look at this f*cking hipster (Fíjate en ese p*to moderno) o camisetas con "Odio a los modernos" se han convertido en las últimas maneras de satirizar a esta gente de aspecto ridículo, pero no mucho menos ridículo del que tenían Bowie o los Sex Pistols, hoy saludados como catárticos agentes de cierto cambio social y cultural. "Estas burlas son amargas, generalizan el odio hacia todo lo que es moderno", apunta Gavin McInnes, fundador de la revista Vice, acaso la publicación que inventó todo esto. Su sección do's and don'ts, en la que se empezaron a realizar comentarios elogiosos o profundamente crueles sobre el aspecto de individuos anónimos de peculiar y moderna estética, propulsó la definición del nuevo hipster, pero también la naturaleza de las sátiras que hoy florecen contra esta gente. "Las bromas hacen gracia porque nadie se considera un hipster. Pero mis bromas nacen del conocimiento y las actuales solo del rencor. No son divertidas. El problema es que muchos asumen que los chavales se toman muy en serio sus pantalones amarillos. Es falso. Hablamos de hipsters, no de góticos y heavies. Aquí el humor es parte importante de la historia". Para Mark Greif, editor de la revista n+1 y coordinador del libro What was the hipster? (¿Qué era el hipster?), en el que, a través de ensayos, se trata de explicar este fenómeno en tiempo real, estos modernos traen consigo mucho más que ironía mal metabolizada, estilismos irritantes ?y cada vez más exagerados y orientados hacia el feísmo? y la altiva sensación de que, para ellos, el éxito es un derecho inalienable. "El odio que se pueda sentir tiene que ver con elementos más allá de su apariencia. Los modernos han sido las tropas de choque de la gentrificación, son los hijos del neoliberalismo, de la victoria definitiva de la sociedad de consumo. Están fuera del sistema esperando poder entrar. En su comunidad hay más coolhunters o diseñadores que músicos y poetas".

Tal vez esto sea lo que provoque que, a diferencia de otras subculturas previas, el odio lo reciben no tanto de las anteriores generaciones, ya instaladas en el conservadurismo, sino de sus coetáneos, que los ven como agentes del blindaje del sistema. Sin quererlo ?es difícil otorgarles más profundidad intelectual que otras e igual de cazurras subculturas?, los hipsters representan algo más que el amor por los colores flúor y el electro. "Mi abuela vivía en el Lower East Side de Nueva York", recuerda Greif. "Cuando en 1999 empezaron a venir los modernos, se alegró. Con ellos venía más policía y calles limpias. Para ella eran monos. Jamás pensó eso de los punkis. No le gustaba ni la palabra".

En los setenta, punki aún era un insulto pero, en 1957, cuando Norman Mailer acuñó el término hipster en su cándido ensayo The white negro, era casi un halago. Hoy se huye de él como de Lady Gaga en una carnicería. Aquí es peor. Los llamamos modernos. ¿Desde cuándo es un insulto? "Aquí el vocabulario para definir este tipo de elementos es muy pobre y se actualiza menos. Tal vez sea consecuencia de que la sociología, y más la que trata estos fenómenos, es vista como algo menor. La culpa es de los grandes medios, que se niegan a entender muchas cosas", apunta Fernández Porta.

"¿Por qué hablamos de todo esto?", se pregunta McInnes. "Fácil, porque a los adultos cada vez les cuesta más aceptar que no son jóvenes. Juro jamás volver a hablar de hipsters ni con gente que habla de hipsters. Estos chavales no quieren nada diferente de lo que han querido todos los jóvenes desde siempre: follar".

Estética, música y cultura 'hipsters'

Cuando anunciamos que parte del libro provendría de un debate en la New School de Nueva York, recibimos muchos e-mails. Un chico pedía las conclusiones, pues podrían ayudarle en la vida; pero la mayoría se quejaba de que la sagrada Universidad acogiera un debate sobre los hipsters". Así recuerda Mark Greif la génesis de What was the hipster?, donde se recogen su ensayo y los de Curtis Lorentzen (editor del New York Observer) o DJ /rupture. Aquí, otras inspiraciones del libro.

1. "El bigote de pederasta, tomado de Terry Richardson, refleja una aproximación irónica a lo decadente, desde la pornografía hasta fumar puros. Pero siempre desde una óptica irónica. Quieren acabar con la corrección, pero caen en el racismo o el sexismo, como en la revista Vice. No olvidemos que el movimiento es blanco y, esencialmente, masculino", apunta Greif. "¿Racista yo? No me importa ni una pizca de negrata lo que una lesbiana judía pueda pensar sobre mis bromas a costa de los pakis", responde McInnes.

2. Las conexiones culturales del movimiento hipster arrancan con las novelas de Dave Eggers y los discos de Johnny Cash producidos por Rick Rubin. Mutan hacia el rock de los Strokes y abrazan la ensoñación retro y la ironía con Wes Anderson. Luego se abandonan a los ochenta, para caer en el ardillismo, Fleet Foxes y las bicicletas sin marchas. "Con respecto a la época Strokes, hay menos heroína y más colores vivos. Los chicos comen mejor y por eso pueden conducir bicicletas sin marchas", apunta McInnes.

3. "American Apparel ha estado en el epicentro del movimiento hipster", dice Greif. No solo por la estética de la firma, también por su activismo social, adosado a causas cool. No olvidemos que el movimiento hizo turismo en los disturbios de Seattle o Génova y en las manifestaciones antiguerra de Iraq. Dov Charney, fundador de la marca, es como un ejemplar de Vice con patas. "No debemos olvidar que en sus tiendas trabajan muchos hipsters. Los empleados tienen hasta su intelectual de cabecera: Slavoj �i�ek". n

lunes, 29 de julio de 2013

Nada que esté fuera de ti...

Nada que esté fuera de ti podrá nunca proporcionarte lo que estás buscando
 - Byron Katie

domingo, 28 de julio de 2013

El héroe que escribió un 'best seller'


El héroe que escribió un 'best seller'

Stéphane Hessel, antiguo miembro de la Resistencia, vende más de 850.000 copias de '¡Indignaos!'. Su panfleto político, de 32 páginas, es el número uno en Francia

El actual fenómeno literario en Francia se llama Stéphane Hessel y es un hombre delgado, con el pelo rapado, simpático, atento y lúcido. Tiene 93 años, se dirige a su mujer, de parecida edad, llamándola "amor mío", ha vivido una vida de aventuras, coraje y determinación que no cabría en varias películas y reside en un piso discreto y acogedor en un barrio del sur de París.

Canturrea al pasearse por el apartamento. Recibe muchas llamadas que no contesta. Su fax temblequea constantemente. Su librito, un panfleto político de 32 páginas titulado Indignez vous! (¡Indignaos!) ya ha sido comprado por 850.000 franceses, va a sobrepasar el millón, se encuentra en las listas de los libros más buscados en Francia y se va a traducir a una veintena de lenguas. Editado de forma casi artesanal por Indigène, empresa perteneciente a un matrimonio de editores militante y comprometido de Montpellier, se vende a tres euros. Al principio imprimieron 8.000 ejemplares pensando que no iría más allá. Pero el librito, que salió en plena tormenta social en Francia por el retraso de las jubilaciones, cobró vida propia.

Nacido en Berlín, Hessel llegó a París en 1924, a los siete años. Sus padres fueron unos alemanes cultos y curiosos, escritor y pintora respectivamente, amigos de Duchamp y Picasso y su relación amorosa sirvió de modelo para la película Jules et Jim, de François Truffaut. "Conocí a Walter Benjamin a los 15 años. Toda esa gente era mi familia. Por eso, cuando el nazismo calificó esa cultura de degenerada, tuve que rebelarme. Por cierto, a mi madre le gustó mucho la película. Y escribió a Truffaut para decírselo".

Hessel estudió en la Escuela Normal Superior, donde conoció a Sartre: "Era un tipo influyente, que te convencía de cómo había que ser y cómo debía uno actuar". Tras el armisticio, se levantó contra Pétain, luchó en la Resistencia, fue hecho prisionero por la Gestapo y estuvo en un campo de concentración, entre otras vivencias. Pero su libro no habla de eso.

"Mi obra exhorta a los jóvenes a indignarse, dice que todo buen ciudadano debe indignarse actualmente porque el mundo va mal, gobernado por unos poderes financieros que lo acaparan todo". Y prosigue: "En nuestra época teníamos un adversario claro: Hitler, Stalin. Y dijimos 'no'. Ahora, el enemigo es más difícil de encontrar. Pero es igual de importante decir 'no'. Hay que resistir otra vez. Nosotros nos jugábamos la vida. Pero los jóvenes de ahora se juegan la libertad y los valores más importantes de la humanidad".



Sabe de lo que habla. En junio de 1940, se levantó contra el régimen colaboracionista de Vichy. "Muchos franceses pensaban que la guerra había terminado ya y no querían saber nada del llamamiento de De Gaulle desde Londres. Otros nos negábamos a que todo acabara así". El joven subteniente Hessel saltó al norte de África. De ahí a Lisboa, antes de llegar a Londres, donde se puso a las órdenes del general. "De Gaulle era muy alto, muy cortés. Entonces éramos muy pocos a su alrededor. Cuando llegué, me invitó a comer: a mí, a un subteniente. Supe entonces que era el hombre al que debíamos seguir". Trabajó tres años en la capital británica como organizador de la red de espionaje en Francia. Después, harto del despacho, fue enviado a Francia como jefe de espías. "Trabajábamos enviando información a Londres por radio. Pero no se imagine las radios de ahora. Eran aparatos que funcionaban muy mal, y no podíamos emitir más de 20 minutos porque nos interceptaban los alemanes".

Un camarada, tras ser torturado por la Gestapo, le traicionó: "Me citó ahí cerca, en el cruce entre la calle de Edgar Quinet y la avenue Raspail. Era el 10 de julio de 1944 y los aliados ya estaban en Caen. Quienes me esperaban de verdad eran los de la Gestapo". Le trasladaron al campo de concentración de Buchenwald. "Allí a los espías o los fusilaban o los ahorcaban. Me libré de la muerte gracias a que, a última hora, pude hacerme con la identidad de un francés que había muerto de tifus", explica. Volvió a ser apresado. Retornó a un campo de concentración. Se escapó otra vez. Alcanzó París, ya liberada.

Se reunió con su esposa Vitia y sus tres hijos. Se convirtió en diplomático. En 1948 participó en la elaboración de la Declaración Universal de los Derechos Humanos , redactada en el Palacio de Chaillot, en París. Trabajó en Nueva York, en Viena y en París, viajó por todo el mundo, siempre fiel a los valores de la Resistencia y a los Derechos Humanos, escribió un libro de memorias de hermoso título Dance avec le siecle (Baile con el siglo) y aunque anima a la gente a indignarse, aboga por la no violencia, aparentemente no guarda ninguna amargura y sonríe incluso cuando recuerda los peores momentos, como cuando le torturó la Gestapo en un calabozo de la Avenue Foch, en París: "Yo les hablaba en alemán. Muchos camaradas me dijeron después que había cometido una locura, que era mejor fingir que no les entendía. Pero yo les hablé. Me metían la cabeza en una bañera llena de agua hasta que estaba a punto de ahogarme, y luego me levantaban y me preguntaban. Yo les dije en alemán que la guerra estaba terminándose y que la iban a perder, que no les convenía torturarme mucho porque les podría denunciar yo luego. Quién sabe. Tal vez eso me salvó la vida. Y lo de la bañera era muy desagradable, sí, pero se sobrevivía. La prueba soy yo".

viernes, 26 de julio de 2013

Lo que nos hace ricos o pobres...

Lo que nos hace ricos o pobres no es nuestro dinero, sino nuestra capacidad de disfrutar
 Víctor Gay Zaragoza

jueves, 25 de julio de 2013

Chronic City...


Chronic City – Jonathan Lethem

La utopía desopilante y caótica que es Chronic City puede llegar a obnubilar al lector, pero no oculta el hecho de que esta novela de Jontahan Lethem no está a la altura de otras de sus obras y, desde luego, no marcará ningún hito reseñable.

No hay duda, no obstante, de que el escritor estadounidense mantiene un pulso firme a la hora de afrontar la narración y de que su talento como contador de historias es muy grande. Las desventuras de Chase Insteadman en un Nueva York fantástico y aterradoramente similar al actual son divertidas, frescas, ingeniosas y, por momentos, soberbias. El desparpajo narrativo de Lethem convierte una clásica aventura de iniciación en un descenso surrealista hacia lo más recóndito de la personalidad humana. El protagonista pasa por ser un reflejo (el juego de palabras con su apellido así lo insinúa) del ciudadano occidental de hogaño: solipsista y egocéntrico, desconocedor de lo que le rodea y va más allá de su reducido campo de acción.

En este sentido, el trabajo del autor es encomiable. Manhattan, el lugar donde se mueven Chase y sus acompañantes en el libro, aparece como una isla rodeada de niebla que parece imposible abandonar. No es que en algún momento los personajes quieran marcharse, pero la historia concentra toda su pulsión dramática en ese pequeño enclave geográfico: más allá de sus fronteras físicas sólo hay una guerra de la que apenas se habla y un mundo desordenado que no tiene mayor relevancia en las vidas de los protagonistas. La ciudad crónica a la que hace referencia el título (que en la novela designa a una variedad de marihuana) puede aludir al estado enfermizo y apático de sus habitantes: un mal endémico que imposibilita la comunicación real.

De hecho, la modernidad o el acelerado ritmo de esta sociedad parecen constituirse en un eje del libro, ya que se muestran como elementos que impiden al protagonista acceder a un conocimiento que se le escapa. Una tuneladora que horada el subsuelo de la ciudad y que parece desbocarse se convierte, merced a la imaginativa narración de Lethem, en un símbolo del progreso violento que atemoriza en lugar de contribuir a mejorar la calidad de vida, ya que se habla de ella como un tigre mecánico de proporciones gigantescas. Sólo Perkus Tooth, el otro gran protagonista y verdadero eje de la novela, se sustrae de esa inacción y de esa ignorancia: sus teorías y su mente abierta a todo tipo de relaciones le convierten en un personaje sabio, aunque peligroso, como el último tramo de la obra pone de relieve.

En general se puede afirmar que Chronic City es una novela bien urdida y sólida. Sin embargo, a pesar de que el planteamiento de Jonathan Lethem sea ingenioso y sus personajes hagan gala de un encanto encomiable, la verdad es que el libro no termina de funcionar. La enorme metáfora del texto y su obvia representación formal hacen de la novela un artefacto imaginativo, aunque demasiado evidente. La fantasía que desbordan sus páginas no es suficiente para camuflar el hecho de que el autor apunta muy alto, pero se queda en una narración cuya apariencia de reflexividad desactiva cualquier propósito de tejer algo coherente y profundo. Un texto rutilante y unos protagonistas vivaces no consiguen que el libro pase de ser mero entretenimiento, ya que la seriedad que parece querer imprimir el escritor se diluye en una amalgama de escenas delirantes y en ocasiones confusas.

Chronic City no es una mala novela, pero el talento de Lethem da para mucho más que esto. No pierdan el tiempo con ella.

martes, 23 de julio de 2013

La riqueza material es como...

La riqueza material es como el agua salada; cuanto más se bebe, más sed da...
 - Arthur Schopenhauer

lunes, 22 de julio de 2013

En la juventud está el placer...


En la juventud está el placer – Denton Welch

En la juventud está el placer - Denton WelchCon En la juventud está el placer inicia la editorial Alpha Decay la edición de la obra en prosa del escritor inglés Denton Welch, un autor conocido por la crítica pero cuyo nombre suena poco entre el público. Admirado por alguno de los escritores más conocidos de su tiempo, Welch no tuvo ocasión de dejar una extensa producción literaria al morir con poco más de treinta años, como consecuencia de las secuelas provocadas por un accidente de bicicleta ocurrido diez años antes de su muerte.

Pero al leer En la juventud está el placer, un estudio sobre la adolescencia, es fácil comprender la fascinación que su escritura provocó entre los artistas de su tiempo. Sencillo, introspectivo, sensitivo, el estilo de Welch atrapa al lector en una atmósfera por momentos onírica, por momentos mundana. Y en ese extraño ambiente queda atrapado un personaje sensible, desorientado, pero anhelante de libertad.

Ese personaje es Orvil Pym, un adolescente de quince años que disfruta junto con su padre y hermanos mayores de sus vacaciones de verano en un hotel en la campiña inglesa. Huérfano de madre, interno durante el curso escolar en un colegio para jóvenes, Orvil se siente extraño en su propia familia. Su extraordinaria sensibilidad le distancia de las personas de su entorno, y su enorme imaginación le lleva a alejarse hacia fabulosos mundos que únicamente existen en su cabeza.

Orvil se considera a sí mismo “sensiblero”, tal vez por sentirse tan diferente de los hombres (jóvenes o no) que le rodean. Por eso elige casi siempre estar solo, alejarse de la monótona vida social del hotel para entregarse a extraños ritos, fantasías y representaciones. Los gestos de la vida cotidiana le asustan, pero también le decepcionan por su vulgaridad. Así, continuamente se impone extrañas pruebas sin finalidad, realiza actos inocentes que él cree profanaciones, se abandona a impulsos extraños sin un ápice de vergüenza, solo buscando acumular experiencias que vayan más allá de la trivialidad en la que le encierra su existencia de joven estudiante de familia acomodada.

El muchacho es un esteta, también un asceta, precoz que todavía no sabe de qué manera dar cauce a los extraños apasionamientos que bullen en él: ahora se azota la espalda con una correa, después roba un lápiz de labios y se dibuja todo el cuerpo. Primero sueña vivir en una diminuta habitación, del tamaño de un cuarto de aseo, pero decorada con suelos de teselas y paredes de brocado; luego se imagina torturado y metido en una caja donde se viera obligado a estar en cuclillas, sin poder estirarse jamás.

Su imaginación le aísla de la realidad prosaica y le permite fabricarse un delirante mundo a la medida de sus deseos. Y su imaginación es consecuencia de una sensibilidad casi enfermiza, que tamiza cuanto sucede a su alrededor. Los sabores, los olores, las imágenes, las escenas que interpretan sus conocidos, las dependencias y jardines del hotel, los recuerdos o las proyecciones mentales de cómo será su futuro son figuras simples que, alumbradas por la linterna de su imaginación, provocan sombras chinescas en la pantalla de su mente, entre las que puede pasear y fascinarse, ajeno a los convencionalismos.

De esta manera, Denton Welch da una vuelta de tuerca al —tantas veces usado con fines literarios— tema de la adolescencia. Alejándose de los clichés al uso, presenta ese mágico, doloroso y extraño momento en que el ser humano ha abandonado la niñez sin entrar en el mundo adulto; y lo hace sirviéndose de un personaje magistralmente construido. Un personaje cuyo comportamiento tiene validez precisamente, y ese es el quid de la novela, por ser un adolescente, pues de otra manera sería o un loco, o un personaje ridículo. Anímense a conocer a Orvil Pym y, con él, a Denton Welch.

Ficha del libro