Jimmy Massey
¡Váyase usted a la mierda! ¡A la mierda!
Blog de noticias, fotos y citas varias...
viernes, 25 de mayo de 2012
jueves, 24 de mayo de 2012
El espejo atormentado de Schiele...
El espejo atormentado de Schiele
Viena acoge la primera exposición dedicada íntegramente a los retratos y autorretratos de uno de los grandes pintores del expresionismo
Horas más tarde, cruzando la Ringstrasse frente a la mole de la Ópera, sorteando tranvías y bajo una ventisca de dimensiones bíblicas, uno se seguía haciendo preguntas, preguntas baladíes en torno a lo que somos y lo que decimos que somos, lo que pensamos y lo que en realidad decimos que pensamos, lo que deseamos y no somos capaces de revelar... y entonces volvían a aparecer, repetida, obsesivamente, los espejos atormentados de Egon Schiele (Tulln, Austria, 1890-Viena, 1918), sus retratos y autorretratos de angustia y búsqueda, todo ese abanico de interrogantes que uno de los tipos menos clasificables de la historia del arte lanzó al aire en la efervescencia modernista de la Viena de principios del siglo XX. Alguien que hacía preguntas y, desde sus pinturas, trataba de responderlas. Sin rodeos.
Misión condenada al fracaso, horas después de contemplarlos, la de quitarse de la cabeza esos cuerpos dislocados y esas miradas alucinadas, esos pobres diablos desnudos y desafiantes, terribles, esos prohombres de la cultura o las finanzas sabedores de su poder, esos niños en escorzo que posan con ojos de gente mayor, esas mujeres tan plagadas de sexualidad pero tan tristes, esa desolación, toda esa negrura.
Nunca, por increíble que parezca, se había dedicado una exposición a los retratos y autorretratos de Egon Schiele, un pintor que se pintó a sí mismo hasta la extenuación, más de 150 veces, solo superado en tan esforzado ejercicio de narcisismo por Rembrandt. La laguna, evidente e hiriente para los seguidores de Schiele, el monstruo del expresionismo austriaco con permiso de su maestro y mentor Gustav Klimt y de su contemporáneo Oskar Kokoschka, ha sido subsanada en las salas del Museo Belvedere de Viena (www.belvedere.at).
Agnes Husslein-Arco, su directora, y Jane Kallir, máxima especialista mundial en la obra del artista, han reunido un conjunto que apabulla por su cantidad -en torno a un centenar de obras entre óleos, dibujos, acuarelas y gouaches- y que procede de un buen número de museos, galerías y colecciones privadas de Europa y Estados Unidos. Un conjunto que incluye los retratos que Schiele hizo de sus modelos-amantes (como Wally Neuzil), de su esposa Edith, de los prisioneros de guerra rusos que le tocó custodiar durante su etapa de soldado en la I Guerra Mundial, de marchantes de arte, de editores, de banqueros... y del niño Erich Lederer, una de sus obsesiones, quién sabe si tan solo artística...
Se trata, sin asomo de duda, de uno de los grandes acontecimientos artísticos del año a nivel europeo, y su visita tiene un obligado complemento no solo en la colección permanente del Belvedere (15 schieles) sino también, y sobre todo, en el Museo Leopold de Viena, un adusto receptáculo de hormigón y cristal que alberga el mayor conjunto de obras de Schiele en el mundo: la colección de Rudolph y Elisabeth Leopold. Y se trata de uno de los acontecimientos artísticos del año (la muestra permanecerá abierta hasta el 13 de junio) a pesar de que Schiele nunca perteneció, digamos, a la reducida estirpe de las superestrellas del gran circuito como otros contemporáneos suyos y compañeros de viaje en el movimiento expresionista como Kandinsky o Klee. Y a pesar también, es de justicia reconocerlo, de la muy extendida ignorancia que sobre la existencia misma de un pintor llamado Schiele vive instalada en España.
Estamos ante un artista que murió con 28 años víctima de la gripe española, que pasó 24 días en la cárcel por pintar niñas y niños desnudos, que evolucionó pictóricamente a velocidades de vértigo, que desconcertó e indignó a la muy biempensante y muy conservadora sociedad vienesa de la época y que dejó tras de sí, pese a su insultante juventud, una obra enorme y la impronta indescifrable de los genios sin etiqueta. Un pintor de culto y de trazo poderoso que, casi un siglo después de su muerte, cuenta con legiones de apasionados seguidores que rastrean y olisquean las páginas de sus biografías y de sus catálogos como si buscaran a uno de esos escasos autores que, con su existencia y sus creaciones, rompieron el molde e hicieron saltar en mil pedazos cualquier posibilidad de encasillamiento.
Porque Egon Schiele se zambulló conscientemente, sí, en las aguas turbulentas del expresionismo, donde tras la bendición de Klimt abrazó la obra de otros artistas de la Secesión vienesa como su amigo Max Oppenheimer y Oskar Kokoschka, pero solo hay que ver esta galería en el Belvedere o buscar sus otros rastros desperdigados por Viena para darse cuenta de una evidencia: como Van Gogh, como Munch, como Goya o como otros electrones libres de la historia del arte... a ver en qué carpetas, en qué categorías o en qué capillas artísticas conseguimos meter a Schiele.
"Él pensaba que para poder adentrarse a fondo en los entresijos del alma humana, tenía que conocer primero a la perfección la suya, y por eso se pintó a sí mismo tantas veces... Schiele sentía una gran ansiedad ante la vida, ante la sexualidad, ante los misterios del hombre, su vocación irrefrenable era la exploración de la psyche, y al mismo tiempo creía con mucha fe en la capacidad del arte de trascenderlo todo", explica pausadamente y en voz baja Jane Kallir ante un buen plato de apfelstrudel en la cafetería del Museo del Belvedere, donde reconoce que ha contado con casi todas las obras que persiguió para la exposición... "Casi todas, hay dos o tres que no he podido conseguir de sus propietarios".
Arrogante, orgulloso, melancólico, oscuro, triste, iracundo, solitario... así se muestra Schiele en sus autorretratos, donde parece presentarse a sí mismo como el emisario de otro mundo, como alguien que se ha asomado a algún lugar horrible y ha visto cosas, cosas que los demás hombres no han visto. Pero no las puede contar, solo su mirada y su cuerpo pueden servir de mensaje... es la angustia hecha arte, que tanto descalabró las conciencias de los puristas, quienes en 1910 debieron de ver en Egon Schiele un trasunto del diablo, aunque él explicara a quien le quisiera escuchar que era como un sacerdote encargado de transmitir un mensaje. También dijo: "El arte no puede ser moderno, lo que tiene que ser es eterno". Y con ese aviso a navegantes y aspirantes de la modernez -que no modernidad- por parte de alguien que murió hace 93 años queda todo dicho.
miércoles, 23 de mayo de 2012
Razones por las que Europa se resquebraja...
Cinco razones por las que Europa se resquebraja
La crisis de los valores, la confianza, el euro, la política exterior y el liderazgo: pocas veces en su historia el proyecto europeo ha estado tan en entredicho. | Read this article in English: Five reasons why Europe is cracking
Dinamarca reintroduce los controles fronterizos con la excusa de una criminalidad inexistente. Con ello, el país que fue un modelo de democracia, tolerancia y justicia social se sitúa en la avanzadilla de la rendición europea ante el miedo y la xenofobia. Grecia lleva más de un año al borde del precipicio sin que parezca que haya muchos Gobiernos que lamentaran su eventual salida de la zona euro; algunos incluso azuzan secretamente a los mercados contra Atenas. Finlandia se resiste hasta el último minuto, a la zaga de Eslovaquia, a financiar el rescate de Portugal. Francia e Italia aprovechan la crisis tunecina para, en periodo electoral, limitar la libertad de circulación dentro de la Unión Europea. Y qué decir de Alemania, que no contenta con gestionar la crisis del euro a golpe de elecciones regionales, rompe filas con Francia y Reino Unido en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, se desentiende de la crisis libia y revienta diez años de política de seguridad europea.
Con el futuro del euro en entredicho y el mundo árabe en erupción, los líderes europeos gobiernan a golpe de encuestas y procesos electorales, aferrándose al poder por cualquier vía, aunque para ello tengan que deshacer la Europa que tanto tiempo y sacrificios ha costado construir. Pocas veces el proyecto europeo ha estado tan en entredicho y sus vergüenzas tan públicamente expuestas. Pareciera que en esta Europa de hoy, tener un gran partido xenófobo fuera obligado. El hecho es que Europa se resquebraja. De no mediar un cambio radical, el proceso de integración podría colapsarse, dejando en el aire el futuro de Europa como entidad económica y políticamente relevante.
1. Un proyecto sin fuelle
Esta crisis no es coyuntural ni pasajera: no estamos ante una mala racha, ni somos víctimas de un pesimismo infundado. Para darnos cuenta de hasta qué punto el proyecto de integración está en peligro no hace falta más que rebobinar una década. Si lo hiciéramos, el contraste con la situación actual no podría ser más revelador. Después de lanzar el euro el 1 de enero de 1999, la Unión Europea aprobaba la Estrategia de Lisboa, que prometía convertir a la UE en la economía más dinámica, competitiva y sostenible del mundo. También se comprometía a ampliar el espacio de libertad, seguridad y justicia, llevando la integración europea a los ámbitos policiales, judiciales y de inmigración, que hasta entonces habían quedado al margen de la construcción europea. Y para culminar ese proceso y darse a sí misma una verdadera unión política que le permitiera ser un actor globalmente relevante en el mundo del siglo XXI, ponía en marcha el proceso de elaboración de la Constitución Europea.
Pero la UE no se completaba solo hacia dentro, sino también hacia fuera: lanzaba el proceso de ampliación más ambicioso de la historia, que incorporaría en su seno a 10 países de Europa Central y Oriental además de Chipre y Malta y, en un acto repleto de visión estratégica y de futuro, se comprometía a abrir negociaciones de adhesión con Turquía, tendiendo así unos puentes de máximo valor con el mundo árabe y musulmán. Al mismo tiempo, asentaba los pilares de una auténtica política exterior y de seguridad: después de años de impotencia y humillaciones en la pequeña Bosnia, franceses y británicos acordaban coordinar su defensa de forma más estrecha. Mientras, los europeos se unían, Alemania incluida, para parar en seco los intentos de Milosevic de limpiar étnicamente Kosovo y se comprometían a poner en marcha una fuerza de reacción rápida de 60.000 soldados que fuera capaz de desplegarse fuera del territorio europeo para actuar en misiones de gestión de crisis y mantenimiento de la paz. Acostumbrados hoy al ninguneo de las grandes potencias sorprende recordar cómo, por entonces, con el euro en la mano, las ampliaciones en marcha, una Constitución a la vuelta de la esquina y una política exterior y de seguridad rebosante del liderazgo provisto por Javier Solana, Europa no provocaba hastío ni indiferencia, sino admiración, e incluso, en Washington, Pekín o Moscú, indisimulados recelos.
Una década más tarde, esa brillante lista de logros y optimistas promesas se encuentra más que en entredicho: en lugar de esa Europa exitosa y abierta al mundo que nos prometimos, nos encontramos con una Europa que pese a las ampliaciones se ha empequeñecido; que a pesar del euro se ha vuelto egoísta e insolidaria y que ha dejado de creer y practicar sus valores para encerrarse en el miedo al extranjero y el temor a la pérdida de identidad. Muchos se arrepienten de haber hecho las ampliaciones y no quieren volver a oír hablar de ellas; ni se plantean cumplir las promesas de adhesión a Turquía y ni siquiera son capaces de vislumbrar la adhesión de los países de los Balcanes. Los más de veinte años transcurridos desde la caída del muro de Berlín suponen un margen de tiempo más que razonable para que Europa se hubiera completado, hacia dentro y hacia fuera. Pero la realidad es bien distinta: tras las ampliaciones, hablamos de fatiga de ampliación; tras el fallido proceso constitucional, de fatiga de integración política; tras la crisis del euro, de fatiga económica y financiera. Tras diez años de reformas institucionales y de introspección institucional, el Tratado de Lisboa, que iba a salvar a Europa de la parálisis e introducirla en el siglo veintiuno, es un perfecto desconocido y sus logros, invisibles.
2. Crisis de valoresy miopía política
La gravedad de la actual crisis europea se origina en la confluencia de varias fuerzas centrífugas: el auge de la xenofobia, la crisis del euro, el déficit de la política exterior y la ausencia de liderazgo. Sus temáticas son paralelas, pero se entrecruzan peligrosamente bajo un mismo denominador común: la ausencia de una visión a largo plazo. La consecuencia de ello es que cada diferencia entre los socios, sea del carácter que sea, se convierte en un juego de suma cero, en una feroz pelea donde todo vale con tal de obtener una victoria con la que presumir una vez de vuelta en la capital nacional, por pequeña y dañina para el proyecto común que sea.
Hace ahora casi tres años que el humo de los campamentos gitanos que ardieron en Italia nos puso sobre aviso de lo que se avecinaba. Desde entonces, elección tras elección, los xenófobos han ido ganando fuerza en nuevos países (Suecia, Finlandia, Reino Unido, Hungría) y consolidándose en los sitios donde ya contaban con una presencia significativa (Italia, Francia, Países Bajos, Dinamarca). Como un cáncer, han capturado el discurso y la agenda política en todos los Estados, endureciendo los controles fronterizos, imponiendo restricciones a la inmigración, dificultando la reunificación familiar y restringiendo el acceso a los servicios sociales, sanitarios y educativos. Lo que es peor, como en el caso de Thilo Sarrazin en Alemania, algunos ya han cruzado la línea de la xenofobia para adentrarse plenamente en un discurso racista sobre la inferioridad de la inteligencia de los musulmanes, algo que recuerda peligrosamente a la caracterización que los nazis hicieron de judíos, negros y eslavos como "untermenschen" (seres humanos inferiores). El resultado es que, hoy en día, en medio de la crisis económica, los valores de tolerancia y apertura, que constituyen el patrimonio más importante del que disponemos, están en cuestión o se baten en retirada.
Toda esta aversión al extranjero sorprende en una Europa cuyos problemas en absoluto pueden ser atribuidos a los inmigrantes. Más bien al contrario, de no mediar un cambio en las tendencias demográficas, además del suicido moral que suponen las actitudes hacia la inmigración dominantes hoy en día en casi toda Europa, los europeos se dirigen hacia el suicidio económico, pues con las actuales tasas de natalidad su población en edad de trabajar será cada vez menor y tendrán que hacer frente a mayores gastos sociales para sostener a una población dependiente y envejecida. Europa debería mirarse en el espejo estadounidense, capaz de integrar a inmigrantes de todas partes del mundo y conseguir que contribuyan al bienestar común a la vez que al propio, pero en lugar de eso prefiere crear un falso problema y, en torno a él, construir soluciones que no harán sino acelerar su declive.
A mucha gente de bien, las bufonadas y simplezas mentales de los racistas y xenófobos les impide tomárselos en serio. Sin embargo, su capacidad de condicionar a los partidos tradicionales es más que notable y va en aumento. Cada vez que uno de ellos captura el Gobierno de algún Estado miembro, su agenda deslegitimadora, racista y antieuropea impacta de lleno en las instituciones europeas y se las lleva por delante. Para impedirlo, al igual que se quiere sancionar a los que incumplan los criterios de déficit, el resto de Gobiernos debería atreverse a recurrir a los Tratados y sancionar a los xenófobos y a los autoritarios. Pero desgraciadamente, la tibia respuesta de las instituciones y Gobiernos europeos ante la expulsión de gitanos rumanos en Francia, frente a los excesos con la libertad de prensa de la Constitución húngara o en relación con el acoso a los inmigrantes irregulares en Italia anticipan cuán poco debemos esperar de ellos cuando se trata de enfrentarse a otros Gobiernos.
3. El fin de la solidaridad
Se dice que la crisis económica es la culpable, pero no es del todo cierto. El principal riesgo de ruptura del proyecto europeo no proviene de la crisis en sí misma: al fin y al cabo, Europa ya ha estado en crisis en otras ocasiones y ha salido reforzada de ellas. Ante la crisis de los años ochenta, presionados por la pujanza tecnológica de Estados Unidos y Japón, los Gobiernos europeos decidieron dar un salto cualitativo en la integración. Entonces, los líderes europeos visualizaron de forma clara lo que entonces se denominó "el coste de la no-Europa", es decir, la riqueza y bienestar que se podría crear eliminando el conjunto de trabas que ralentizaban el crecimiento económico.
Hoy, con todo lo serios y difíciles de solucionar que son los desafíos que penden sobre la economía europea (especialmente en cuanto al envejecimiento de la población y la pérdida de competitividad), existe un amplio consenso sobre cómo superar dichos problemas. La cuestión debe entonces buscarse en otro sitio: en la existencia de lecturas irreconciliables sobre cómo entramos en la crisis del euro y, en consecuencia, cómo saldremos de ella. Para unos, liderados por Alemania, estamos ante una crisis que se origina en la irresponsabilidad fiscal de algunos Estados. Ello supone que para salir de la crisis, dichos Estados simplemente tienen que cumplir las reglas de austeridad que estaban en vigor y que ahora han sido reforzadas. Todo ello se acompaña de un sermoneo moralizante y condescendiente, como si el déficit o el superávit de un país reflejara la superioridad o inferioridad moral de todo un colectivo humano. Muchos desean una Europa a dos velocidades, pero no basada en el mérito, sino en los estereotipos culturales y religiosos: en la primera clase, los virtuosos ahorradores de religión protestante; en la segunda, católicos gastosos de los cuales uno no se puede fiar y a los que hay que mantener a raya o, incluso, si es necesario, poner de patitas en la calle.
Esa narrativa de la crisis, que va camino de acabar con Europa, debe ser contestada. Que países tan diferentes como la pobre Grecia y la rica Irlanda, la primera campeona del dirigismo corporativista y la segunda del neoliberalismo y la desregulación, se encuentren en situaciones parecidas obliga a explicaciones algo más sofisticadas. Estamos ante una crisis de crecimiento, lógica en un proceso de construcción de una unión monetaria donde la existencia de una única política monetaria, no complementada adecuadamente por políticas fiscales y de regulación del sector financiero, va generando desequilibrios que se van acumulando hasta provocar los problemas que vemos actualmente. Ante esa tesitura, dado que la unión monetaria se diseñó sin tener en cuenta los mecanismos necesarios para que pudiera capear crisis como la actual, lo lógico parecería discutir cómo perfeccionar dicha unión para que funcionara de forma equilibrada y, como parece necesario, mejorar su gobernanza dotándola de nuevos instrumentos y reforzando la autoridad de sus instituciones.
Pero en lugar de tomar el camino de la profundización de la unión, lo que estamos viendo es la aplicación de una lógica de vencedores y vencidos en la que unos aprovechan la coyuntura para imponer a otros su modelo económico, como si todos los países tuvieran las mismas condiciones y pudieran funcionar bajo los mismos supuestos. La consecuencia de todo ello es que, en ausencia de medidas más ambiciosas, nos instalaremos en un sistema de crisis permanente. Mientras tanto, los ajustes y recortes asociados a los actuales planes de rescate agravarán la crisis que sufren algunos países en lugar de ayudarles a salir de ella. Por esa senda, el deterioro será inevitable, pues si el crecimiento y el empleo no aparecen pronto, las sociedades se rebelarán contra los ajustes y la excesiva carga de la deuda o, alternativamente, los mercados y Gobiernos acreedores se coordinarán para expulsar de la zona euro o poner en cuarentena a los países con problemas de insolvencia. De seguir así, la Unión Europea acabará siendo para muchos europeos lo que el Fondo Monetario Internacional fue para muchos países asiáticos y latinoamericanos en los años ochenta y noventa: un instrumento para la imposición de una ideología económica que carecerá de legitimidad alguna, pero al que se obedecerá en ausencia de otra alternativa. Puede incluso que funcione, pero esa Europa no será un proyecto político, económico o social, sino simplemente una agencia reguladora encargada de velar por la estabilidad macroeconómica que, con toda razón, sufrirá un grave déficit democrático y de identidad.
4. Ausente del mundo
Tan grave como la ruptura de los consensos internos es la incapacidad europea de hablar y actuar con una sola voz en el mundo del siglo veintiuno. A pesar de ser el primer bloque económico y comercial del mundo, el mayor donante de ayuda al desarrollo del mundo, e incluso, pese a los recortes, de seguir disponiendo de un muy considerable aparato militar y de seguridad, Europa sigue ejerciendo su poder de forma fragmentada y, en consecuencia, como vemos todos los días, desde las relaciones con Estados Unidos, Rusia o China hasta su actuación en la más inmediata vecindad mediterránea, de una forma sumamente inefectiva. Claro está que ni el poder de Europa es comparable al de una gran potencia ni esta quiere ejercerlo de la manera que lo hacen ellas. El problema está en que Europa no es capaz de actuar unida y ser decisiva ni siquiera en aquellas áreas geográficas más próximas, como el Mediterráneo, donde su peso es o debería ser abrumador, y que tampoco sea influyente ni efectiva en instituciones como la ONU, el G-20, el FMI donde su peso político y económico es enorme. En todas esas instituciones multilaterales, hay muchos europeos, pero poca Europa, y lo que es peor, muy pocas políticas que coincidan con sus intereses.
Transcurrido más de un año de la entrada en vigor del Tratado de Lisboa, que nos prometió una nueva y más efectiva política exterior, la parálisis de la acción exterior europea es completa. La respuesta a las revoluciones árabes ha sido sin duda la gota que ha colmado el vaso. Durante décadas, a cambio de poner a salvo sus intereses migratorios, energéticos y de seguridad, Europa ha apoyado la perpetuación de una serie de regímenes autoritarios y corruptos, obviando de buen grado la promoción de los valores democráticos y el respeto a los derechos humanos. Pero cuando, por fin, sin ningún apoyo exterior, los pueblos de la región han tomado su destino en sus manos, la respuesta de Europa ha sido lenta, tímida y rácana, mostrándose mucho más preocupados los líderes por salvaguardar sus intereses económicos y controlar los flujos migratorios que por apoyar el cambio democrático. Aquí también se ha impuesto la miopía, pues en caso de triunfar las revoluciones árabes, el dividendo económico de la democratización será tan inmenso que oscurecerá cualquier cálculo sobre los costes de la turbulencia.
Cierto que Europa ha evitado el abismo que hubiera supuesto dejar que Gadafi asaltara Bengasi. Ello hubiera hecho retroceder el reloj europeo a los tiempos de Sbrenica y provocado una crisis moral y política irreparable. Pero no nos engañemos, en la crisis libia, como en la crisis del euro, después de evitar el abismo queda absolutamente todo por hacer: además de lograr una paz que no sea una rendición fáctica que perpetúe el régimen de Gadafi, Europa debe restaurar la credibilidad de su capacidad militar, que ha quedado en entredicho, así como sus instituciones de seguridad y política exterior, que han quedado maltrechas. La frustración con esas nuevas instituciones de política exterior, en especial con el papel del presidente permanente del Consejo, Herman Van Rompuy, la Alta Representante para la Política Exterior, Catherine Ashton, y el nuevo Servicio de Acción Exterior Europeo (SEAE), es tan completa que las capitales europeas han comenzado a desengancharse de esas instituciones y a coordinarse y a trabajar por su cuenta. Paradójicamente, donde esperábamos una fusión de los intereses europeos y los nacionales, de Bruselas y las capitales, ahora tenemos una fractura cada vez más completa: por un lado, una política exterior europea meramente declaratoria y sin ninguna fuerza; por otro, una serie de políticas que funcionan a trompicones sobre la base de coaliciones de voluntarios y con recursos exclusivamente nacionales.
Si la primavera árabe hubiera concluido de forma rápida y feliz, las carencias de Europa hubieran terminado por ser invisibles. Pero si lo que tenemos por delante, como parece que es el caso, es un camino hacia la democracia sumamente bacheado, con victorias y derrotas parciales, idas y vueltas y bastante inestabilidad e incertidumbre, esta Europa se dividirá, será incapaz de influir y quedará abocada a la irrelevancia exterior. Con un nulo papel en Oriente Próximo, una Turquía humillada por el bloqueo de su adhesión y un Mediterráneo abandonado a su suerte, Europa dejará de ser un actor de política exterior creíble.
5. La rebelión de las élites
Durante años, el proyecto europeo ha avanzado sobre la base de un consenso implícito entre ciudadanos y élites acerca de las bondades del proceso de integración. Ese consenso se ha roto por los dos lados. Por un lado, los ciudadanos han retirado el cheque en blanco que habían concedido a las instituciones europeas para que gobernaran, a la manera del despotismo ilustrado, "para el pueblo pero sin el pueblo". Con el tiempo, el proceso de integración ha tocado las fibras más sensibles de la identidad nacional, especialmente en lo referido al Estado de bienestar y las políticas sociales. El sesgo económico, liberal y desregulador de la construcción europea ha terminado por politizar e ideologizar un proceso que antes se consideraba que debía estar en manos de expertos y burócratas. Pero de forma más sorprendente e inesperada, a esta rebelión de las masas se ha añadido lo que podríamos denominar como "la rebelión de las élites".
Alemania es quizá el ejemplo más claro de este fenómeno. Según las últimas encuestas, un 63% de los alemanes ha dejado de confiar en Europa y un 53% no ve el futuro de Alemania vinculada a ella. Pero del lado de la élite, las cosas no son muy distintas: mientras que las exportaciones a China están a punto de superar las exportaciones a Francia, el sur de Europa es visto como una rémora que lastra su crecimiento. La memoria del compromiso europeo se desvanece con el cambio generacional: solo 38 de los 662 miembros del Parlamento ocupaban sus escaños en 1989. Sin duda alguna, estamos ante una nueva Alemania. Dado su peso e importancia, cualquier cambio en Alemania tiene un profundísimo impacto sobre construcción europea. Sin embargo, como la característica clave de la nueva Alemania es la desconfianza hacia la Unión Europea, en lugar de, como hizo en el pasado, exportar su confianza a los demás, lo que está haciendo es exportar su desconfianza. Una pieza esencial del motor europeo está pues gripada, sin que exista ninguna otra alternativa para sustituirlo. Francia puede sobrevivir económicamente a la falta de fe alemana, e incluso tapar con Reino Unido los agujeros que Alemania deje en materia de política exterior, pero es evidente que Europa no avanzará sin una Alemania plenamente comprometida con la integración europea.
En ausencia de liderazgo alemán y de alternativas a este, el proceso de integración se deshilacha. Los presidentes de la Comisión, José Manuel Barroso; del Consejo, Herman Van Rompuy, y la Alta Representante para la Política Exterior, Catherine Ashton, vagan perdidos entre la bruma europea, incapaces de articular un mínimo discurso que les ponga en contacto con los europeístas que todavía creen en este proyecto. Solo el Parlamento Europeo se erige ocasionalmente en conciencia moral, levanta diques contra los excesos populistas y xenófobos e intenta hacer avanzar el proceso de integración. Sin embargo, solo unos pocos eurodiputados tienen una voz propia y están dispuestos a volverse contra sus Gobiernos y partidos nacionales cuando es necesario. En Alemania, Francia e Italia, pero también en otros muchos sitios, nos encontramos ante la generación de líderes más miope y entregada al electoralismo: entre ellos, ninguno habla por Europa ni para Europa.
EPÍLOGO: ¿Se puede romper Europa?
Cada día que pasa, la sensación de que Europa se resquebraja es más real y está más justificada. ¿Se puede romper Europa? La respuesta es evidente: sí, por supuesto que puede. Al fin y al cabo, la Unión Europea es una construcción humana, no un cuerpo celestial. Que sea necesaria y beneficiosa justifica su existencia, pero no impedirá que desaparezca. Igual que un conjunto de circunstancias favorables llevaron de forma bastante azarosa a la puesta en marcha de este gran proyecto, el encadenamiento de una serie de circunstancias adversas muy bien pudiera hacerla desaparecer, especialmente si aquellos que tienen la responsabilidad de defenderla dejan de ejercer sus responsabilidades. Muchos europeístas comprometidos son conscientes de que el peligro de que Europa se deshaga es real, y están sumamente preocupados por el rumbo de los acontecimientos. Sin embargo, al mismo tiempo, temen que alimentar el pesimismo con advertencias de este tipo pudiera acelerar el proceso de ruptura. Pero cuando día tras día vemos cómo las líneas rojas de la decencia y de los valores que Europa encarna son cruzadas por políticos chovinistas que alientan sin escrúpulos los miedos de los ciudadanos, es imposible seguir mirando hacia otro lado. Viendo la claridad de ideas y la determinación con la que los antieuropeos persiguen sus objetivos, cuesta pensar que el mero optimismo será suficiente por sí solo para salvar a Europa de los fantasmas de la cerrazón, el egoísmo, la solidaridad y la xenofobia que la acechan estos días. Sin una determinación y claridad de ideas equivalente de este lado, Europa fracasará. -
martes, 22 de mayo de 2012
Lo que nos une de los animales y de los humanos..01
lunes, 21 de mayo de 2012
domingo, 20 de mayo de 2012
Islandia enjaula a sus banqueros...
Islandia enjaula a sus banqueros
La primera víctima de la crisis financiera hace un valiente intento de pedir responsabilidades
Se busca. Hombre, 48 años, 1,80 metros, 114 kilos. Calvo, ojos azules. La Interpol acompaña esa descripción de una foto en la que aparece un tipo bien afeitado embutido en uno de esos trajes oscuros de 2.000 euros y tocado con un impecable nudo de corbata. Se ve a la legua que se trata de un banquero: este no es uno de esos carteles del salvaje Oeste. La delincuencia ha cambiado mucho con la globalización financiera. Y sin embargo, esta historia tiene ribetes de western de Sam Peckinpah ambientado en el Ártico. Esto es Islandia, el lugar donde los bancos quiebran y sus directivos pueden ir a la cárcel sin que el cielo se desplome sobre nuestras cabezas; la isla donde apenas medio millar de personas armadas con peligrosas cacerolas pueden derrocar un Gobierno. Esto es Islandia, el pedazo de hielo y roca volcánica que un día fue el país más feliz del mundo (así, como suena) y donde ahora los taxistas lanzan las mismas miradas furibundas que en todas partes cuando se les pregunta si están más cabreados con los banqueros o con los políticos. En fin, Esto es Islandia: paraíso sobrenatural, reza el cartel que se divisa desde el avión, antes incluso de desembarcar.
El tipo de la foto se llama Sigurdur Einarsson. Era el presidente ejecutivo de uno de los grandes bancos de Islandia y el más temerario de todos ellos, Kaupthing (literalmente, "la plaza del mercado"; los islandeses tienen un extraño sentido del humor, además de una lengua milenaria e impenetrable). Einarsson ya no está en la lista de la Interpol. Fue detenido hace unos días en su mansión de Londres. Y es uno de los protagonistas del libro más leído de Islandia: nueve volúmenes y 2.400 páginas para una especie de saga delirante sobre los desmanes que puede llegar a perpetrar la industria financiera cuando está totalmente fuera de control.
Nueve volúmenes: prácticamente unos episodios nacionales en los que se demuestra que nada de eso fue un accidente. Islandia fue saqueada por no más de 20 o 30 personas. Una docena de banqueros, unos pocos empresarios y un puñado de políticos formaron un grupo salvaje que llevó al país entero a la ruina: 10 de los 63 parlamentarios islandeses, incluidos los dos líderes del partido que ha gobernado casi ininterrumpidamente desde 1944, tenían concedidos préstamos personales por un valor de casi 10 millones de euros por cabeza. Está por demostrar que eso sea delito (aunque parece que parte de ese dinero servía para comprar acciones de los propios bancos: para hinchar las cotizaciones), pero al menos es un escándalo mayúsculo.
Islandia es una excepción, una singularidad; una rareza. Y no solo por dejar quebrar sus bancos y perseguir a sus banqueros. La isla es un paisaje lunar con apenas 320.000 habitantes a medio camino entre Europa, EE UU y el círculo polar, con un clima y una geografía extremos, con una de las tradiciones democráticas más antiguas de Europa y, fin de los tópicos, con una gente de indomable carácter y una forma de ser y hacer de lo más peculiar. Un lugar donde uno de esos taxistas furibundos, tras dejar atrás la capital, Reikiavik, se adentra en una lengua de tierra rodeada de agua y deja al periodista al pie de la distinguida residencia presidencial, con el mismísimo presidente esperando en el quicio de la puerta: cualquiera puede acercarse sin problemas, no hay medidas de seguridad ni un solo policía. Solo el detalle exótico de una enorme piel de oso polar en lo alto de una escalera saca del pasmo a quien en su primera entrevista con un presidente de un país se topa con un mandatario, Ólagur Grímsson, que considera "una locura" que sus conciudadanos "tengan que pagar la factura de su banca sin que se les consulte".
Y del presidente al ciudadano de a pie: de la anécdota a la categoría. Arnar Arinbjarnarsson es capaz de resumir el apocalipsis de Islandia con estupefaciente impavidez, frente a un humeante capuchino en el céntrico Café París, a dos pasos del Althing, el Parlamento. Arnar tiene 33 años y estudió ingeniería en la universidad, pero, al acabar, ni siquiera se le pasó por la cabeza diseñar puentes: uno de los bancos le contrató, pese a carecer de formación financiera. "La banca estaba experimentando un crecimiento explosivo, y para un ingeniero es relativamente sencillo aprender matemática financiera, sobre todo si el sueldo es estratosférico", alega.
Islandia venía de ser el país más pobre de Europa a principios del siglo XX. En los años ochenta, el Gobierno privatizó la pesca: la dividió en cuotas e hizo millonarios a unos cuantos pescadores. A partir de ahí, bajo el influjo de Ronald Reagan y Margaret Thatcher, el país se convirtió en la quintaesencia del modelo liberal, con una política económica de bajos impuestos, privatizaciones, desregulaciones y demás: la sombra de Milton Friedman, que viajó durante esa época a Reikiavik, es alargada. Aquello funcionó. La renta per cápita se situó entre las más altas del mundo, el paro se estabilizó en el 1% y el país invirtió en energía verde, plantas de aluminio y tecnología. El culmen llegó con el nuevo siglo: el Estado privatizó la banca y los banqueros iniciaron una carrera desaforada por la expansión dentro y fuera del país, ayudados por las manos libres que les dejaba la falta de regulación y por unos tipos de interés en torno al 15% que atraían los ahorros de los dentistas austriacos, los jubilados alemanes y los comerciantes holandeses. Una economía sana, asentada sobre sólidas bases, se convirtió en una mesa de black jack. Ni siquiera faltó una campaña nacionalista a favor de la supremacía racial de la casta empresarial, lo que tal vez demuestra lo peligroso que es meter en la cabeza de la gente ese tipo de memeces, ya sea "las casas nunca bajan de precio" o "los islandeses controlan mejor el riesgo por su pasado vikingo".
La fiesta se desbocó: los activos de los bancos llegaron a multiplicar por 12 el PIB. Solo Irlanda, otro ejemplo de modelo liberal, se acerca a esas cifras. Hasta que de la noche a la mañana -con el colapso de Lehman Brothers y el petardazo financiero mundial- todo se desmoronó, en lo que ha sido "el shock más brutal y fulminante de la crisis internacional", asegura Jon Danielsson, de la London School of Economics.
Pero volvamos a Arnar y su relato: "La banca empezó a derrochar dinero en juergas con champán y estrellas del rock; se compró o ayudó a comprar medio Oxford Street, varios clubes de fútbol de la liga inglesa, bancos en Dinamarca, empresas en toda Escandinavia: todo lo que estuviera en venta, y todo a crédito". Los ejecutivos se concedían créditos millonarios a sí mismos, a sus familiares, a sus amigos y a los políticos cercanos, a menudo, sin garantías. La Bolsa multiplicó su valor por nueve entre 2003 y 2007. Los precios de los pisos se triplicaron. "Los bancos levantaron un obsceno castillo de naipes que se lo llevó todo por delante", cuenta Arnar, que conserva su empleo, pero con la mitad de sueldo. Acaba de comprarse un barco a medias con su padre con la intención de cambiar de vida: quiere dedicarse a la pesca.
La fábula de una isla de pescadores que se convirtió en un país de banqueros tiene moraleja: "Tal vez sea hora de volver al comienzo", reflexiona el ingeniero. "Tal vez todo ese dinero y ese talento que absorbe la banca cuando crece demasiado no solo se convierte en un foco de inestabilidad, sino que detrae recursos de otros sectores y puede llegar a ser nocivo, al impedir que una economía desarrolle todo su potencial", dice el presidente Grímsson.
La magnitud de la catástrofe fue espectacular. La inflación se desbocó, la corona se desplomó, el paro creció a toda velocidad, el PIB ha caído el 15%, los bancos perdieron unos 100.000 millones de dólares (pasará mucho tiempo antes de que haya cifras definitivas) y los islandeses siguieron siendo ricos, más o menos: la mita de ricos que antes. ¿De quién fue la culpa? De los bancos y los banqueros, por supuesto. De sus excesos, de aquella barra libre de crédito, de su desmesurada codicia. Los bancos son el monstruo, la culpa es de ellos y, en todo caso, de los políticos, que les permitieron todo eso. OK. No hay duda. ¿Solamente de los bancos?
"El país entero se vio atrapado en una burbuja. La banca experimentó un desarrollo repentino, algo que ahora vemos como algo estúpido e irresponsable. Pero la gente hizo algo parecido. Las reglas normales de las finanzas quedaron suspendidas y entramos en la era del todo vale: dos casas, tres casas por familia, un Range Rover, una moto de nieve. Los salarios subían, la riqueza parecía salir de la nada, las tarjetas de crédito echaban humo", explica Ásgeir Jonsson, ex economista jefe de Kaupthing. El también economista Magnus Skulasson asume que esa locura colectiva llevó a un país entero a parecer dominado por los valores de Wall Street, de la banca de inversión más especulativa. "Los islandeses hemos contribuido decisivamente a que pasara lo que pasó, por permitir que el Gobierno y la banca hicieran lo que hicieron, pero también participamos de esa combinación de codicia y estupidez. Los bancos merecen sentarse en el banquillo y nosotros nos merecemos una parte del castigo: pero solo una parte", afirma en el restaurante de un céntrico hotel.
Una cosa salva a los islandeses, de alguna manera les redime de parte de esos pecados. En su incisivo ¡Indignaos!, Stephane Hessel describe cómo en Europa y EE UU los financieros, culpables indiscutibles de la crisis, han salvado el bache y prosiguen su vida como siempre: han vuelto los beneficios, los bonus, esas cosas. En cambio, sus víctimas no han recuperado el nivel de ingresos, ni mucho menos el empleo. "El poder del dinero nunca había sido tan grande, insolente, egoísta con todos", acusa, y, sin embargo, "los banqueros apenas han soportado las consecuencias de sus desafueros", añade en el prólogo del libro el escritor José Luis Sampedro.
Así es: salvo tal vez en el Ártico. Islandia ha hecho un valiente intento de pedir responsabilidades. "Dejar quebrar los bancos y decirles a los acreedores que no van a cobrar todo lo que se les debe ha ayudado a mitigar algunas de las consecuencias de las locuras de sus banqueros", asegura por teléfono desde Tejas el economista James K. Galbraith.
Contada así, la versión islandesa de la crisis tiene un toque romántico. Pero la economía es siempre más prosaica de lo que parece. Hay quien relata una historia distinta: "Simplemente, no había dinero para rescatar a los bancos: de lo contrario, el Estado los habría salvado: ¡Llegamos a pedírselo a Rusia!", critica el politólogo Eirikur Bergmann. "Fue un accidente: no queríamos, pero tuvimos que dejarlos quebrar y ahora los políticos tratan de vender esa leyenda de que Islandia ha dado otra respuesta".
Sea como sea, la crisis ha dejado una cicatriz enorme que sigue bien visible: hay controles de capitales, un delicioso eufemismo de lo que en el hemisferio Sur (y más concretamente en Argentina) suele llamarse corralito. El paro sigue por encima del 8%, tasas desconocidas por estos lares. El desplome de la corona ha empobrecido a todo el país, excepto a las empresas exportadoras. Cuatro de cada diez hogares se endeudaron en divisas o con créditos vinculados a la inflación (parece que, por lo general, para comprar segundas residencias y coches de lujo), lo que ha dejado un agujero considerable en el bolsillo de la gente. Tras dejar quebrar el sistema bancario, el Estado lo nacionalizó y acabó inyectando montones de dinero -el equivalente a una cuarta parte del PIB- para que la banca no dejara de funcionar, y ahora empieza a reprivatizarlo: la vida, de algún modo, sigue igual.
Todo eso ha elevado la deuda pública por encima del 100% del PIB, y para controlar el déficit tampoco los islandeses se han librado de la oleada de austeridad que recorre Europa desde el Estrecho de Gibraltar hasta la costa de Groenlandia: más impuestos y menos gasto público. Al cabo, Islandia tuvo que pedir un rescate al FMI, y el Fondo ha aplicado las recetas habituales: se han elevado el IRPF y el IVA islandeses y se han creado nuevos impuestos, y por el lado del gasto se han bajado salarios y beneficios sociales y se están cerrando escuelas; se ha reducido el Estado del bienestar. Que es lo que suele suceder cuando de repente un país es menos rico de lo que creía.
"Hemos recorrido una década hacia atrás", cierra Bergman. Y aun así, el Gobierno y el FMI aseguran que Islandia crecerá este año un 3%: el desplome de la corona ha permitido un despegue de las exportaciones, hay sectores punteros -como el aluminio- que están teniendo una crisis muy provechosa, y, al fin y al cabo, Islandia es un país joven con un nivel educativo sobresaliente. Entre la docena de fuentes consultadas para este reportaje, sin embargo, no abunda el optimismo. Uno de los economistas más brillantes de Islandia, Gylfi Zoega, dibuja un panorama preocupante: "Los bancos aún no son operativos, los balances de las empresas están dañados, el acceso al mercado de capitales está cerrado, el Gobierno muestra una debilidad alarmante. No hay consenso sobre qué lugar deben ocupar Islandia y su economía en el mundo. Vamos a la deriva... No se engañe: ni siquiera el colapso de los bancos fue una elección; no había alternativa. Islandia no puede ser un modelo de nada".
Hay quien duda incluso de que los banqueros den finalmente con sus huesos en la cárcel: "Los ejecutivos han sido detenidos varias veces, y después, puestos en libertad: como tantas otras veces, eso es más un jugueteo con la opinión pública que otra cosa", asegura Jon Danielsson. Hannes Guissurasson, asesor del anterior Gobierno y conocido por su férrea defensa de postulados neoliberales, incluso traza una fina línea entre el delito y algunas de las prácticas bancarias de los últimos años. "Muy pocos banqueros van a ir a la prisión, si es que va alguno: ¿qué ley vulnera la excesiva toma de riesgos?", se pregunta.
Pero los mitos son los mitos (y un periodista debe defender su reportaje hasta el último párrafo) e Islandia deja varias lecciones fundamentales. Una: no está claro si dejar caer un banco es un acto reaccionario o libertario, pero el coste, al menos para Islandia, es sorprendentemente bajo; el PIB de Irlanda (cuyo Gobierno garantizó toda la deuda bancaria) ha caído lo mismo y sus perspectivas de recuperación son peores. Dos: tener moneda propia no es un mal negocio. En caso de apuro se devalúa y santas Pascuas; eso permite salir de la crisis con exportaciones, algo que ni Grecia ni Irlanda (ni España) pueden hacer.
La última y definitiva enseñanza viene de la mano del grupo salvaje, a quien nadie vio venir: ni las agencias de calificación ni los auditores anticiparon los problemas (aunque lo que no descubre una buena auditoría lo destapa una buena crisis: Pricewaterhousecoopers está acusada de negligencia). Pero los problemas estaban ahí: la prueba es que la inmensa mayoría de los ejecutivos de banca están de patitas en la calle y algunos esperan juicio. Nuestro Sigurdur Einarsson, el banquero más buscado, se compró una mansión en Chelsea, uno de los barrios más exclusivos de Londres, por 12 millones de euros. La mayoría de los banqueros que tienen problemas con la justicia hicieron lo mismo durante los años del boom, y menos mal que lo hicieron: la gente les abucheaba en el teatro, les tiraba bolas de nieve en plena calle, les lanzaba piropos en los restaurantes o les dejaba ocurrentes pintadas en sus domicilios. Salieron pitando de Islandia. El caso es que Einarsson no tuvo que marcharse: vivía en su estupenda mansión londinense desde 2005. La hipoteca no era problema: Einarsson decidió alquilársela al banco mientras vivía en la casa; al fin y al cabo, un presidente es un presidente, y ese es el tipo de demostraciones de talento financiero que solo traen sorpresas en el improbable caso de que la justicia se meta por medio. Islandia parece el lugar adecuado para que sucedan cosas improbables: según las estadísticas, más de la mitad de los islandeses cree en los elfos. En el avión de vuelta se entiende mejor la publicidad del aeropuerto, sobre todo porque las fuentes consultadas descartan que, si finalmente hay condena a los banqueros, el Gobierno islandés vaya a conceder un solo indulto. Esto es Islandia: paraíso sobrenatural. ¡Vaya si lo es! -
El 'caso Icesave' (y otras rarezas)
El tiburón putrefacto es uno de los platos típicos de Islandia, que tiene una noche inacabable (no solo por las horas de oscuridad), una de las pocas primeras ministras del mundo (Johana Sigurdardottir, abiertamente lesbiana) y un museo de penes (y esto no es una errata). La lista de rarezas es inacabable: es más fácil entrevistar al presidente de Islandia que al alcalde de Reikiavik, Jon Gnarr, célebre por pactar solo con quienes hayan visto las cuatro temporadas de The Wire. Con la crisis, las singularidades han alcanzado incluso al siempre aburrido sector financiero: en Londres han llegado a aplicarle métodos antiterroristas.
Landsbanki, uno de los tres grandes bancos islandeses, abrió una filial por Internet con una cuenta de ahorro a altos tipos de interés, Icesave, que hizo furor entre británicos y holandeses. Cuando las cosas empezaron a torcerse y el Gobierno británico detectó que el banco estaba repatriando capitales, le aplicó la ley antiterrorista para congelar sus fondos. Ese fue el detonante de toda la crisis: provocó la quiebra en cadena de toda la banca. Y sigue dando tremendos dolores de cabeza a Islandia.
Holanda y Reino Unido devolvieron a sus ciudadanos el 100% de los depósitos y ahora exigen ese dinero: 4.000 millones de euros, un tercio del PIB islandés, nada menos. El Gobierno llegó a un acuerdo para que los ciudadanos pagaran en 15 años y al 5,5% de interés: la gente se organizó para echarlo abajo en un referéndum, tras el veto del presidente. Así llegó un segundo pacto, más ventajoso (tipos del 3%, a pagar en 37 años), y de nuevo la gente decidirá en abril en referéndum si paga o no por los desmanes de sus bancos. Agni Asgeirsson, ex ejecutivo que fue despedido de Kaupthing y ahora trabaja como ingeniero en Río Tinto, es tajante al respecto: "El primer acuerdo era claramente un fraude. Este es más discutible. No queremos pagar, pero eso añadiría incertidumbre legal sobre el futuro del país. Pero lo interesante es cómo ha reaccionado la gente". Ese es quizá el mayor atractivo de la respuesta islandesa: la parlamentaria y ex magistrada francesa Eva Joly (a quien se encargó el inicio de la investigación sobre la banca) asegura que lo más llamativo de Islandia es que en un país "que se consideraba a sí mismo un milagro neoliberal, y donde se había perdido gradualmente todo interés por la política, ahora la gente quiere tener su destino en sus propias manos".
"Eso sí: la fe en los políticos y los banqueros tardará en volver, pero que mucho, mucho, tiempo", cierra el cónsul de España, Fridrik S. Kristjánsson. -
sábado, 19 de mayo de 2012
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viernes, 18 de mayo de 2012
jueves, 17 de mayo de 2012
Kate Moss, la obsesión del milenio...
Kate Moss, la obsesión del milenio
El mito nómada, transgresor y transformable. Agente catalítico de los cambios de la moda en estos 20 años. Un libro analiza la incombustible fascinación por una modelo que, sin quererlo, se convirtió en icono de una época.
Es 1990. Tras unas semanas recopilando baratijas en los mercadillos de Portobello y Camden, una fotógrafa y una estilista se llevan a una quinceañera a una playa de East Sussex, al sur de Londres, para realizar un editorial de moda para la revista The Face. El concepto y la modelo, tan desconocida como ellas dos, son exactamente lo opuesto al glamour hipervitaminado y aeróbico de Cindy Crawford, icono de la década que acaba de concluir. Cero maquillaje, cero producción, la idea es insuflar "un poco de realidad en un mundo de sueños". La fotógrafa, una antigua modelo que se crió con un padre ausente y una madre prostituta, ha visto en su joven musa el reflejo de su propia biografía. Y el de su propia generación. Las imágenes muestran a una niña de aspecto abandonado, con el pecho descubierto y unas plumas indias como todo atrezo. Sonríe, frunce la nariz y se desliza despreocupada por una playa desértica. Hoy me he saltado las clases, parece decir con sus ojos achinados. En vez de eso, estoy cambiando el curso de la historia de la moda.
La fotógrafa es Corinne Day, desde aquel instante, madre oficial del grunge; la estilista, Melanie Ward, futura mano derecha del diseñador Helmut Lang, rey del minimalismo de los noventa. El titular que acompañará a la foto de portada de la revista, El tercer verano del amor, pretende equiparar la eclosión del éxtasis, el house y las raves que inunda Inglaterra con la revolución hippy de 1967. Se acabó el glamour sobreproducido de los ochenta, han decidido entre todos. Kate Moss, la chica de portada, pasará automáticamente a convertirse en el rostro de lo que venga después. Sea lo que sea. Grunge, generación X, realismo sucio, heroin chic
Es una de las escenas sobre las que se sustenta Kate Moss Machine (Ediciones Península), un ensayo de Christian Salmon (Marsella, 1951) que reflexiona sobre el cambio de paradigma que ha sufrido la moda estos últimos 20 años. En él, la modelo británica, sin intención aparente -"Sublimes son esas vidas que se escriben sin que tengamos la impresión de que sus autores suden sangre y agua, casi a su pesar", describe Françoise-Marie Santucci, su biógrafa francesa-, es el agente catalítico de todos los cambios. "Ella representa el triunfo de la revolución neoliberal de Thatcher y Reagan", asegura el autor, "así como del relanzamiento de la Cool Britannia que Tony Blair orquestó en 1997 para ganar las elecciones. En el nuevo imaginario laborista, la factory de Andy Warhol ha eclipsado a la fábrica de Karl Marx". Del mismo modo que no hay Marilyn warholiana sin fotocopiadora Xerox, no hay Kate Moss sin Internet, el medio que ha amplificado hasta el paroxismo cada una de sus reinvenciones. "El estatus de modelo se transforma; de simple modelo a imitar, se convierte en modelo de simulación. Su cuerpo delgado, reducido al espesor de una letra o de un código, ya no pertenece al terreno de la anatomía, sino del léxico del branding y la técnica del morphing".
Con 16 años, Moss se estrena en la Semana de la Moda de París. Naomi Campbell, Linda Evangelista y Christy Turlington le sacan una cabeza, pero John Galliano quiere incluir a una mortal entre las diosas de su desfile de primavera-verano de 1990, inspirado en la huida de Anastasia, la hija pequeña del zar Nicolás II. "Vale, Kate, te persiguen los lobos", le indica. La modelo arranca a correr desesperada sobre la pasarela. "¡Nunca se había visto una crinolina volar así en una pasarela! Era absolutamente descarada. Y todo el mundo se levantó. Fue un momento mágico", relatará el diseñador gibraltareño a The Guardian. La irrupción de Moss desata la locura. Sus formas (o la ausencia de ellas) envejecerán los cánones de voluptuosidad imperantes a una velocidad que sólo tolera una industria como la de la moda. La leyenda relatará a partir de entonces la fábula de éxito de una adolescente criada en un entorno marginal que sin esfuerzo se convertirá en la modelo más importante del cambio de milenio. Sólo que, como recuerda Salmon, Moss tuvo una infancia más bien fácil, una educación un poco hippy con una madre en casa aficionada a las faldas de flores que escuchaba a los Rolling Stones, y un padre agente de viajes que se pasaba el tiempo buscando gangas para las vacaciones de los niños. Pero que la realidad no estropee un buen titular.
La edición británica de Vogue se hace eco por primera vez de la corriente realista y desglamourizada que catequizan las revistas de tendencias underground (The Face, i-D, Dazed & Confused) y su nueva camada de fotógrafos (Corinne Day, Juergen Teller, David Sims), inscritos en lo que más tarde se dará a conocer como La Escuela de Londres. En junio de 1993, la cabecera de Condé Nast publica un editorial de lencería de ocho páginas firmado por Day bajo el nombre de Underexposure. En él, Moss muestra prendas íntimas en el interior de su casa. No parece una modelo, podría pasar por cualquier adolescente británica mona. Sentada inocentemente sobre un radiador, rodeada de guirnaldas, un mobiliario mínimo, una cinta de Lou Reed en el suelo -una alusión clarísima, ironiza Salmon, al mundo de la droga-. La repercusión que obtiene, desde la perspectiva actual, se antoja surrealista: la prensa acusa a Moss de dar forma a una fantasía machista, hostigadora de la heroína. "Si tuviera una hija que se pareciera a eso, la llevaría al médico", resume elocuentemente la entonces directora de Cosmopolitan, Marcelle d'Argy Smith. La indignación, amplificada por los tabloides, eleva el grunge a la categoría de lacra social a erradicar. Y catapulta a Moss a mito mártir de la modernidad. "La ironía hastiada, un total-para-qué decoroso, rasgos propios de la generación X y que Kate Moss recicla a su manera, son los signos distintivos de un distanciamiento respecto de todo modelo. Si el papel de la moda es ofrecer modelos de identificación, Kate Moss es la antimodelo, representa la indiferencia por los códigos, el rechazo a imitar", explica Salmon.
El escándalo sólo estaba a punto de multiplicarse. Calvin Klein había elegido a la modelo para protagonizar el lanzamiento de su perfume Obsession. Después de trabajar con Richard Avedon y David Lynch, el diseñador estadounidense sorprende encargándole la campaña mundial a un perfecto aficionado de 21 años, el ex modelo reciclado en fotógrafo Mario Sorrenti. Es el novio de Moss. En la primavera de 1993 deja caer a la pareja en Jost Van Dyke, una minúscula isla del Caribe. Sin maquilladores, sin equipo, a la manera de Day. Sorrenti jugaría allí el doble papel de enamorado y de realizador. Una obsesión auténtica, la de él por ella, que se escenificará posteriormente en revistas, marquesinas y autobuses. "Lo notable de esas fotos era el efecto de real simulado. Lo que miramos en los carteles y en las pantallas no es sólo una imagen publicitaria que se supone nos llevará a comprar el perfume, es una experiencia que no es ni real ni ficticia, sino simulada y que se deja leer como tal", escribe Salmon. Era la verdadera revolución que, una vez más, anticipaba involuntariamente Moss: la de los reality shows, la de la realidad aplicada a un espectáculo comercial. Pero el mundo se quedó con otra lectura: la de su extrema delgadez.
"¡Aliméntame!". "¡Dame una hamburguesa!". "¡Anorexia!". Varios fueron lo eslóganes que aparecieron grafiteados sobre los carteles que mostraban el cuerpo desnudo de la modelo sobre un sofá. La revista People tituló: La piel y los huesos. Sarah Doukas, la agente de Moss, prohíbe a la modelo volver a trabajar con Corinne Day, que, desterrada de Vogue, abandona la moda para dedicarse a la fotografía artística y el documental. Aparece un cirujano plástico que asegura haber recibido a 100 pacientes blandiendo una foto de Moss. Hasta Bill Clinton llama a la concienciación. En el libro, Salmon asegura que la modelo "es más bien de buen comer" y achaca el revuelo a una maniobra de editores, diseñadores y minoristas que, como en una novela de Agatha Christie, se reunieron enigmáticamente para acabar con "la niña de la calle". Un look molesto que entorpecía el mercado y que no vendía complementos, ni productos de maquillaje, ni revistas de moda. La leyenda añade que fue la directora de Vogue USA, Anna Wintour, quien borró definitivamente el grunge de las pasarelas el día que concertó a los diseñadores más relevantes del orbe para advertirles de que si seguían negando el glamour en sus colecciones dejarían de aparecer en las páginas de su todopoderosa publicación.
Como en una huida hacia adelante, el matrimonio de Moss con Jefferson Hack, director de la revista Dazed & Confused, acercará a la modelo al mundo del arte contemporáneo, que la abrazará como musa y consolidará su estatus de mito pop warholiano. "Kate Moss es completamente ordinaria. Es lo que la hace extraordinaria", declaró el artista Alex Katz. "No da demasiado miedo, está casi a nuestro alcance. El tipo de chica que nos gustaría tener como vecina, sólo que nunca será nuestra vecina", describió el fotógrafo David Bailey. El más importante de los pintores vivos del Reino Unido, Lucian Freud, le dedica un retrato que da la vuelta al mundo. Le seguirán Tracey Emin, Jake y Dinos Chapman y Sam Taylor-Wood, en un porfolio especial para la revista W. Marc Quinn esculpe en 2000 una escultura de hielo de la modelo a tamaño natural que se expone en un refrigerador destinado a fundirla en el plazo de unos meses, "una metáfora perfecta de la manera en que consumimos su belleza. Kate se evaporará en la galería y la gente podrá literalmente respirarla", explicó el escultor. The Guardian cuestiona este empeño por reivindicar una figura tan "hueca" y proclama "la muerte del arte británico". Según Salmon, Moss ha dado forma a un nuevo tipo de sujeto, adaptable a cualquier circunstancia, capaz de reinventarse continuamente. Una sustancia fungible y mutante.
Cuando en septiembre de 2005, coincidiendo con la Semana de la Moda de Nueva York, el tabloide británico Daily Mirror publica las fotos ultrapixeladas de la modelo cortando rayas de cocaína bajo el titular contundente de Cocaine Kate, la ficción de un icono que transita por encima del bien y el mal parece evaporarse. Pero tras la alarma inicial, el gremio cierra filas en torno a ella. François-Henri Pinault, presidente del grupo PPR (que controla, entre otras, las firmas Gucci e Yves Saint-Laurent), denuncia la hipocresía de la industria en unas declaraciones que recoge The Guardian: "Si utilizamos a Kate como un símbolo de libertad, de transgresión, debemos ser honestos, no podemos utilizar su imagen para hacer pasar estos mensajes y luego extrañarnos de que sea transgresiva en su vida privada". A su vez, Galliano ironiza sobre el asunto en Vogue Paris, pidiendo a las grandes cadenas de ropa que se preocupan por la salud de la juventud que "extendieran esta nueva preocupación a las fábricas de los países en vías de desarrollo donde se producen muchos de sus artículos y que, en muchos casos, utilizan mano de obra infantil".
"Moss no encarna una deriva del sistema, sino su ideal-tipo. Es la rebelde integrada. El exceso asumido. No la transgresión de los códigos, sino un nuevo código contradictorio que hace de la transgresión una norma social", escribe Salmon. La modelo no sólo salió del atolladero, sino que mantuvo -cuando no aumentó- la mayoría de sus contratos publicitarios. El eslogan de L'Oréal, Porque yo lo valgo, es, según el autor, la expresión lapidaria de esta nueva cultura de la performance, una en la que el valor ha perdido todo referente y sólo se demuestra afirmándose. Moss podría haber salido de su clínica de desintoxicación reinventándose como nuevo rostro de una ONG, haciéndose fotos con los desprotegidos para expiar públicamente sus pecados. En vez de eso, en 2006, su amigo Alexander McQueen la convocó en la Semana de la Moda de París bajo la forma de un holograma, cubierta de cintas blancas en medio de una corte de mujeres mariposa, girando sobre ella misma como una aparición. Una resurrección simbólica. Según Salmon, más efectiva que cualquier proeza tecnológica.
El mito de Kate Moss ha evolucionado y madurado en sus 20 años de vida. Ha sido un peculiar espejo para la sociedad de su tiempo. Cuando ésta encara una nueva década y varias revoluciones paralelas, ¿cuál será el papel que el icono Moss jugará en el futuro?, ¿cómo envejecerá? "Ella va a sobrevivir como una marca, lleva años transformándose en una", opina Salmon. "Su colaboración con Top Shop o Longchamp son una prueba de ello. Pero va a desaparecer como personaje real. La era de Kate Moss ya se acabó, aunque es algo que no he creído necesario escribir en el libro. Siempre existe la posibilidad de que una tragedia, como la de Marilyn, alimente de nuevo el mito. Pero ése no es el deseo de nadie". Seguramente, Kate Moss también encontrará la forma de escapar de esos lobos.
Kate Moss Machine (Ediciones Península) sale a la venta el 8 de abril.
miércoles, 16 de mayo de 2012
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martes, 15 de mayo de 2012
lunes, 14 de mayo de 2012
Invitados a la fiesta de Scott Fitzgerald...
Invitados a la fiesta de Scott Fitzgerald
"De la casa de mi vecino brotaba la música durante las noches de aquel verano. En sus jardines azules, y entre los susurros, el champán y las estrellas, los hombres y muchachas iban y venían como mariposas. (...) Al menos una vez cada quince días hacía su aparición un ejército de especialistas con cientos de metros de lona y suficientes lámparas de colores para convertir el enorme jardín de Gatsby en un árbol de Navidad...".
Y es esa ilusión alegre de destellos y luminosidad que describe Francis Scott Fitzgerald (Estados Unidos 1896-1940) en El gran Gatsby la que suele irradiar parte de nuestras vidas. Viene de las fiestas veraniegas vistas desde niños, como cándidos observadores esperando crecer para estar en ellas. Paraísos pasajeros envueltos en música, baile, conversación, una copa en la mano y ¡brindar!, Sí, y si se pasea con ella en la mano ir brindando con los amigos que salen al paso: ¡clink! ¡clink! ¡clink!... y, claro, miradas discretas que se cuelan por todos lados en busca de coincidir con otra igual. Miles de historias literarias han salido de las fiestas y en ellas se ha empezado a tejer el destino que aguardará a muchos de los personajes, como en la vida misma. Que mejor, entonces, que recordar y evocar las inolvidables fiestas de Gatsby en este fin de semana, dentro del homenaje que Papeles perdidos rinde a los diferentes elementos del verano de la mano de grandes escritores. Lo mejor es que no hagamos esperar al anfitrión, y aceptemos la invitación de Fitzgerald a su espléndida fiesta literaria en su casa de West Egg:
"Creo que la primera noche que fui a casa de Gatsby era uno de los pocos huéspedes que habían sido realmente invitados. La gente no estaba invitada: iba. Se montaban en automóviles que los llevaban hasta Long Island, y de una manera u otra terminaban ante la puerta de Gatsby. Una vez allí, alguien que conocía al dueño, les presentaba, y después se comportaban de acuerdo con las reglas de conducta asociadas con los parques de atracciones. A veces, incluso, llegaban y se marchaban sin conocer a Gatsby, pero en realidad no necesitaban más entrada que la sencillez de corazón con que acudían a la fiesta. (...)
Grangatsby Las luces se hacen más brillantes a medida que la tierra se aleja del sol dando tumbos; ahora la orquesta toca una suave música de fondo, y la ópera de las voces se sitúa en un tono más alto. La risa se hace más fácil minuto a minuto, se vierte con prodigalidad y se vuelca con una palabra alegre. Los grupos cambian más de prisa, crecen con nuevos recién llegados, se disuelven y se forman en un instante; ya existen nómadas, muchachas seguras de sí mismas, que zigzaguean de aquí para allá entre las personas más sólidas y más estables, se convierten por un intenso y feliz momento en centro de un grupo, y luego, con la emcoción del triunfo, se deslizan por el cambiante mar de rostros, de voces y de colores bajo las luces en constante transformación".
domingo, 13 de mayo de 2012
Lo que nos une de los animales y de los humanos..01
sábado, 12 de mayo de 2012
viernes, 11 de mayo de 2012
Joaquin Phoenix, trolero genial...
Joaquin Phoenix, trolero genial
El actor nunca tuvo intención de dejar el cine para dedicarse al 'hip-hop', como contaba de forma extraordinaria en la película 'I'm still here', de Casey Affleck
Se supone que uno no va a un festival de cine a mentir. También se supone que uno no dirá una cosa un día y una totalmente distinta la semana siguiente, a menos que sea un político. De hecho, se suponen muchas cosas, pero lo cierto es que el mundo del cine es proclive a este tipo de sorpresas, de "donde dije digo digo Diego". La última y flagrante prueba son las declaraciones de Casey Affleck a The New York Times respecto de su documental I'm still here: "Es falso".
Así, sin más, se va al garete el griterío que ha rodeado a esta película (ahora que ya se la puede llamar así sin tener que pensarlo dos veces) desde que pudo verse hace tan solo unos días en la última edición del festival de cine de Venecia. En el Lido, Casey Affleck contestó a las preguntas de la prensa internacional como el que dice unas palabras en el funeral de un amigo fallecido en trágicas circunstancias: que si "todo es verdad", que si "debe ser muy duro verse en pantalla de esa manera", que si "creo que ahora está mejor, ha sufrido un gran cambio". Con eso, y la cara de tipo afligido que lucía en la presentación de la película (no por casualidad Affleck es también actor, y de primera clase), algunos ingenuos llegaron a dar pábulo a la idea de que quizás había algo de verdad en algo como I'm still here.
El presunto documental retrataba la caída -sin paracaídas- del actor Joaquin Phoenix, no por casualidad cuñado de Affleck e intérprete al que se recuerda por su participación en películas como Gladiator, La noche es nuestra, En la cuerda floja o Two lovers. Precisamente después de esta última, el intérprete decidió que no quería actuar más y que, en lugar de eso, iba a dedicarse al hip-hop. Ahí empezaba la aventura de Phoenix, que le llevaría de los hoteles más lujosos de Hollywood a los antros más tirados de Nueva York. En teoría, todo esto se debía a la frustración del actor en el mundo del cine y, en teoría también, Affleck tendría permiso para filmar el proceso.
La desintegración se iniciaba cuando el público descubría (al mismo tiempo que el actor, o esa era la teoría hasta que Affleck ha abierto la boca, tan solo una semana después de jurar y perjurar que todo aquello era de verdad de la buena) que Phoenix tenía las mismas posibilidades de convertirse en una figura del hip-hop que un papagayo de cantar en la ópera. Su desesperación psíquica acababa contagiando a su cuerpo, y del tipo de mirada sexy y perdida que volvía locas a muchas (y a muchos) se pasaba a un señor con sobrepeso y de barba mal cuidada, que apenas podía balbucear sus intenciones por culpa de sus pasotes con las drogas y el alcohol.
Phoenix aparecía esnifando cocaína del escote de una prostituta, gritando sandeces a sus amigos o conversando con Ben Stiller sobre un proyecto que este le ofrecía y que el otro declinaba con un rebuzno disfrazado de "no". Lo más humillante se guardaba para el final, cuando uno de sus asistentes se vengaba de sus malos tratos defecando en la cara del actor.
Ayer la carpa del circo se caía y el payaso se tapaba las vergüenzas justificando la proeza con una noble coartada artística: "[Lo de Joaquin Phoenix] Es una interpretación tremenda, la interpretación de su vida", decía Affleck al rotativo neoyorquino. Así se abre oficialmente la veda para el Oscar, un premio que deberían darle directamente al actor, ahorrándose tiempo y dinero. Porque pasado el interés sobre si la performance de Phoenix era real o solo la boutade de un loco, queda la descomunal capacidad del actor para meterse en los zapatos de su propio yo y hundirse en el barro hasta el cuello en un tour-de-force interpretativo que no se recordaba desde los tiempos de Marlon Brando.
En este tiempo, su estatus en Hollywood se ha ido al garete y muchos/as de los que forman parte de ese ente tan maleable y de gustos cambiantes llamado "audiencia" le han olvidado. A pesar de ello y según su agente, Patrick Whitesell, las ofertas vuelven a llegar a su mesa y es muy posible que la anunciada entrevista con David Letterman (el presentador del show donde empezó todo, con aquella famosa entrevista a la que el actor contestaba con monosílabos o muecas y en la que, ni corto ni perezoso, se sacó el chicle de la boca y lo pegó debajo de la mesa) dispare el interés por resucitar cuanto antes a Phoenix, ahora que ha demostrado que está lo suficientemente chiflado como para trabajar en Hollywood sin problemas durante unas cuantas décadas más. Nunca una estafa tan notoria acabó saliendo tan bien: cuestión de talento... probablemente.
Mentiras y gordas
Otras estafas en forma de película (o de programas de radio):
- Tanner 88. Robert Altman se inventó un candidato para las primarias demócratas de 1988 y a punto estuvo de llevarse el gato al agua con él, un tipo -de ficción- llamado Jack Tanner. Política ficción de primera clase para la ya entonces atrevida HBO.
- Dark side of the moon. Un mockumentary (un falso documental, a veces con un pie en la comedia) sobre la no-llegada del hombre a la Luna. Según su director, William Karel, lo de la Luna lo filmó Stanley Kubrick para la CIA. Genial.
- This is spinal Tap. Dirigida por Rob Reiner y escrita por Christopher Guest, el creador del mockumentaries más célebre de la historia. En este caso se narra la historia de una falsa banda de rock. Desternillante.
- La guerra de los mundos. En 1938, Orson Welles realizó su famosa lectura radiofónica del libro de H.G. Wells causando el pánico en la población (se cree que más de un millón de personas se tragaron la invasión marciana) y dejando en la historia la estafa en audio más recordada de todos los tiempos.
jueves, 10 de mayo de 2012
miércoles, 9 de mayo de 2012
martes, 8 de mayo de 2012
La cinefilia 2.0 es... otra película

La cinefilia 2.0 es... otra película
La explosión incesante de nuevas tecnologías, lenguajes y hábitos de consumo influye directamente en las relaciones entre los cineastas, la crítica y el público
Pongamos que el cinéfilo es un surfero y que el cine es la ola. Una imagen ya utilizada por el filósofo Gilles Deleuze a la hora de ilustrar su concepto de mediadores pero que entre las sacudidas digitales del nuevo milenio viene al caso para hablar de la interacción entre esa ola y ese surfero: la cinefilia. Una comunidad que idolatra al cine por encima de cualquier divinidad y que armada de gafas de pasta, libros de André Bazin y abonos a la Filmoteca transitó por la cresta del siglo XX entre los cambios tecnológicos, estéticos, o industriales de este arte que, en su génesis, empezó popular para convertirse, mediante su acción, en el séptimo arte.
Hoy en día, la cinefilia se maneja mejor con los torrents y las cuentas de Twitter que con la filmografía de Ingmar Bergman. El cinéfilo 2.0 consume mucha más cantidad de cine pero cada vez menos en salas y más en su ordenador, en el salón de casa o en su dispositivo de telefonía móvil.
Este cinéfilo puede tener tanta influencia desde su página web -salvando las diferencias- como un crítico desde un periódico de tirada nacional o como el responsable de publicity de una major de Hollywood. Este cinéfilo puede cambiar la forma en la que entendemos, consumimos y, sobre todo, vivimos el cine.
El interrogante, en un principio alarmante pero pertinente al fin y al cabo en los tiempos que corren, sería: ¿se trata del fin del cine tal y cómo lo conocemos? EL PAÍS ha preguntado a periodistas, críticos, blogueros y académicos sobre los vértices que articulan la nueva relación entre el cine y su público.
ACCESIBILIDAD El 'modelo disco duro'
"Ahora, gracias a Internet, disponemos de toda la historia del cine ya sea por vía legal o paralegal". Al habla Carlos F. Heredero, veterano crítico cinematográfico, director de la versión española de la revista francesa Cahiers du Cinéma y observador desde su medio-institución de la transición del modelo Filmoteca al modelo disco duro.
Y es que hoy en día, el cinéfilo dispone vía descarga de pago o pirata, los infames torrents, pero también los canales P2P o los blogs de descarga directa, vía DVD nacionales o de importación, con cuidadas ediciones de cine sin distribución en salas o reediciones y, últimamente, también vía web con contenidos en streaming como Filmin o Mubi, el cinéfilo puede disfrutar de casi todo el cine que se produce pasando, o no, por caja pero, sobre todo, no pasando por sala.
PARTICIPACIÓN Comunidades virtuales
Si la web 2.0 trajo consigo los blogs y las redes sociales haciendo del usuario el centro gravitacional de la Red, la cinefilia ha integrado estas herramientas para desarrollar su actividad principal después de la de ingerir cine, hablar de cine, haciendo del cinéfilo el centro gravitacional de... el cine. El resultado es una comunidad que ha transmutado la tertulia en bares o revistas a discusiones en blogs o web especializadas haciendo de la experiencia de consumir cine menos gregaria pero sí más social con la proliferación de comunidades virtuales en torno a, por ejemplo, el cine de terror (aullidos.com), el cine cutre (cinecutre.com) o cortometrajes (tucorto.net). "Ahora el cine es mucho más promiscuo. Se puede compartir", comenta José Manual López, fundador de Cinexilio, uno de los foros más activos sobre cine en la Red. ¿La consecuencia? "Ya no se puede hablar de un tipo de espectador y un tipo de cine. Ahora son espectadores y cines", asegura Ángel Sala, director del Festival de Cine de Cataluña-Sitges.
CINE (S) Un arte popular y diverso
O, hablando en plata, la explosión del canon. Si antes parecía que el cine formaba parte del capital cultural de una minoría urbana y de clase media alta que decidía lo que valía y lo que no, lo que se veía y lo que no, hoy, por su accesibilidad e interactividad pero también por la democratización de sus medios de producción, el cine es más popular y diverso que nunca. "La cinefilia digital es cada vez menos independiente y está más interconectada", opina el catedrático Román Gubern en referencia a la creciente infección entre cinefilias de todo el mundo a través de Internet que explicarían, por ejemplo, la Palma de Oro en el pasado Festival de Cannes para el realizador tailandés Apichatpong Weerasethakul o el creciente interés en Occidente por las cinematografías de países como Nigeria o India.
Aunque si las sensibilidades están en plena ebullición, también lo está la naturaleza misma de lo que se entiende por cine. En su número de Julio-Agosto, Cahiers du Cinéma en su edición francesa daba su portada a la serie de televisión Mad Men, y en el pasado Festival de Cannes el realizador Olivier Assayas se presentaba en la sección oficial con una serie para Canal + sobre el terrorista Carlos. Películas como Origen, de Christopher Nolan, triunfan en taquilla bebiendo descaradamente de la narrativa de los videojuegos... son síntomas de que si en el siglo XX el cine fue el hijo de la alta cultura, en el siglo XXI el cine será el padre del arte audiovisual.
CRÍTICA ¿Guerra entre papel y Red?
La prestigiosa revista Film Comment del Lincoln Center de Nueva York iniciaba en su anterior número un debate sobre la relación entre la crítica en Internet y la de los medios impresos. ¿Guerra encubierta? Web como Rottentomatoes.com o Metacritic.com se han convertido en referencia mundial al elaborar con las críticas de los medios más influyentes un índice por película que bien puede salvar o hundir su carrera comercial. Eso, mientras la Web está poblada de blogs de mayor o menor calidad en la que se argumenta el interés, o no, de películas de estreno, clásicos o rarezas. Todo, mientras la relación entre cine y palabra impresa se desvanece a favor de otros canales de expresión más participativos, abiertos y globales. ¿Qué papel ocuparía entonces la crítica dentro de la cinefilia? "En estos momentos, no tiene ninguna relevancia. Ahora lo que funciona es el boca a oreja", comenta Román Gubern. "El cinéfilo conoce el 1% de la crítica digital que se realiza. Pero si conoces un crítico que te da confianza, lo sigues", asegura Diego Battle, crítico argentino y responsable de la web OtrosCines.com.
"Se trataría de la democratización de la crítica y eso no puede ser más que interesante", comenta Carlos Heredero. "Los medios tradicionales piden una renovación a gritos. Es verdad que la gente los lee y esos medios crean los referentes. Pero hay que ajustarse a los nuevos medios y a los nuevos tiempos." Dice David López, responsable de la web de cine y ocio inteligente, SeptimoVicio.com.
Lo menos que puede decirse es que el debate está abierto. Y el cine, más que nunca, también.
lunes, 7 de mayo de 2012
Lo que nos une de los animales y de los humanos..03
domingo, 6 de mayo de 2012
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