viernes, 10 de octubre de 2014

El Señor de los 'Moscas'...


El Señor de los 'Moscas'

Me senté entre el polvo al borde de la pista del olvidado aeródromo para soñar con los viejos pilotos. Los hombres que se alzaron desde aquí hacia el cielo encendidos de luz y de coraje sostenidos con la tenue esperanza de no caer. Los imaginé en el firmamento furiosamente azul del verano envueltos en su excitante aventura de aire y libertad, y durante unos instantes me sentí parte de su mundo fulgurante de horizontes ilimitados, donde solo cuentan las certezas y la belleza adquiere una calidad diáfana con la omnipresencia del peligro.

"Este campo, Santa Oliva, fue hace 72 años la base de varias escuadrillas de caza del Grupo 21", me explicaba el miércoles entre un calor sofocante Ramón Arnabat, director del Centro de Investigación y Documentación sobre la Aviación Republicana y la Guerra Civil. Bajo los expertos ojos de Arnabat, el terreno de sembrados y viñas del Penedès recupera su antigua fisonomía, el campo de aviación vuelve a la vida y los aeroplanos Mosca y Chato de nuevo ruedan en las pistas. "Una de las tres pistas seguía exactamente la orientación de esa carretera entre las dos hileras de olivos; en esa masía, Cal Sereno, se instaló el personal del campo y en aquella caseta estaba el mando operativo". Caminamos hasta la pequeña construcción medio escondida en una pineda en los límites del aeródromo. Entro en la caseta en ruinas en la que cabía justo una mesa y un teléfono y desde la que el jefe del campo ordenaba el despegue de las escuadrillas. Asomado a la ventana alargada imagino la febril actividad, el ruido, el enjambre de los letales aparatos. El techo bajo está lleno de nidos de avispa.

El paisaje carece hoy de dramatismo pero los aeródromos (Pacs, Sabanell, Els Monjos) se regaron con sangre: accidentes -cinco pilotos muertos al estrellarse en Santa Oliva, alguno al llegar muy tocado (y los cazas Mosca, magníficos en el aire, ¡eran muy puñeteros para aterrizarlos!), ametrallamientos y bombardeos-. He venido hasta aquí en este final de agosto achicharrante siguiendo el rastro de un aviador, Juan Ramoneda Vilardaga, piloto de monoplazas Polikarpov I-16 Mosca, que voló desde Santa Oliva en misiones de caza. De Ramoneda (Ripoll, 1916-Barcelona, 2005) se acaban de editar sus extraordinarias memorias inéditas de guerra ¡Muera la muerte!, España 1936-1939 (Lectio Ediciones), por las que merece pasar a formar parte de la selecta escuadrilla de nuestros aviadores favoritos. No muy literarias -Ramoneda no es un Saint-Exupéry (al que admiraba), ni un Richard Hillary, ni un James Salter- y más bien políticamente incorrectas (considera que los franquistas recalcitrantes son "tan fusilables" hoy como el 18 de julio de 1936), las memorias resultan sin embargo apasionantes, son singularmente antibelicistas y no están exentas de emotividad y poesía al describir la belleza del vuelo. Para Ramoneda, déjenme recalcarlo, valor es simplemente aguantarse el miedo.

Nuestro hombre, un valiente que se creía antihéroe, que tenía un envidiable porte chulesco a lo Brando y le daba a la ratafía, fue piloto de la legendaria 1ª escuadrilla de moscas cuyo emblema era Betty Boop. "La vida es para vivirla y para gozarla en toda su intensidad", escribe el aviador comunista, que califica la Guerra Civil de "maldita guerra española". De lo insólito de su tono da fe el que al hablar de sus victorias lo hace sin regodearse: "Pude contemplar en diez ocasiones (con bastante seguridad) cómo un avión enemigo caía incendiado a causa de las ráfagas que yo le había disparado". Y sin hurtar ni un ápice de lo terrible del asunto: "A los pilotos que tripulaban aquellos diez aviones no sé, al final, qué les ocurrió. Desearía, de verdad, que todavía vivieran los diez pero por desgracia creo que la mayor parte de aquellos infelices murieron de la manera más horrible que quepa imaginar... quemados vivos". Ex alumno de los Hermanos de las Escuelas Cristianas de Manlleu, Ramoneda se alistó en el arma de aviación en 1937 con 21 años y realizó el curso para pilotos en la URSS, en Kirovabad. No crean que tenía una visión idealizada de la guerra aérea, peliculera, de pañuelitos en el cuello, barones rojos (bueno, rojos sí), arrebatadoras antiparras y caballerosidad. No: los combates en el cielo son "una bestialidad", una mezcla de odio, ira y sadismo, y atracción por el peligro.

Cuando recuerda el destino de los pilotos abatidos, Ramoneda me hace pensar en los más célebres abrasados: Steinhoff, ardiendo en su reactor, su atractivo rostro masculino de míster Luftwaffe devenido cera derretida; Hillary, espantosamente quemado en su Spitfire y que, fundidos los párpados solo podía dormir poniendo los ojos en blanco... Ramoneda cuenta la ocasión en que vio a un camarada de veinte años que desde la barbilla a los ojos tenía un agujero monstruoso. "Me dije a mí mismo que nunca volvería a visitar a un compañero en un hospital con la cara quemada. De lo contrario no sé si hubiera tenido los cojones suficientes para volver a coger un avión e ir al frente".

Pero el señor de los moscas también experimentó el lado más maligno de la caza aérea: sentir "la transformación del ser civilizado en bestia incontrolada" que dispara con saña las cuatro ametralladoras de su avión rociando mortalmente el fuselaje del aparato enemigo; la "alegría de contemplar su lento descenso", el "morbo" de observar que el rival no salta en paracaídas, que "se va a dar el batacazo". Un relámpago de fuego: "El final de tu enemigo, que se joda".

Con Ramoneda he conocido el "pipí del miedo", el que se hace antes de subir a la carlinga para despegar; la forma en que un instructor ruso te llamaba gilipollas, el afán de pillar a un rutilante Messerschmitt 109 (tumbó cuatro, y seis Fiats), y lo que es participar en una batalla de cazas: aviones que caen trazando estelas de humo como el cabello al viento de una mujer, otros entrando en barrenas rapidísimas, paracaídas que se abren "como una gran flor con su brillante seda bajo los rayos solares". La guerra aérea en España era a menudo un asunto de glándulas. Ramoneda explica cómo al regresar de un servicio en el que habían optado por no atacar a unos bombarderos enemigos, el jefe de la caza republicana le espetó al de la escuadrilla que no tenían los atributos bien puestos y que lo que debían hacer era "ponerse bragas". Así que al día siguiente el agraviado, faltaría más, lanzó su grupo de siete moscas contra medio centenar de cazas franquistas... ¡toma bragas, comandante!

Ramoneda, aunque rudo, escribe en su libro cosas como: "Todo lo que incluía el hecho de volar era bello". Y recuerda con aérea felicidad las locas acrobacias y la manera en que en Kirovabad las avutardas les seguían durante los vuelos de entrenamiento y jugaban con los aviones como delfines del cielo.

Tras visitar los viejos aeródromos, Arnabat me llevó a la sede que poseen en Santa Margarida i els Monjos. Allí tienen una serie de cosas maravillosas que se exhibirán en el futuro centro de interpretación de los espacios de la aviación republicana: modelos de cazas, carteles, una bomba alemana de 250 kilos y el chaquetón de cuero auténtico de un piloto de moscas, que bien podría haber vestido Ramoneda y que me quedé con fetichistas ganas de probarme.

Luego conduje de nuevo hasta el campo de aviación de Santa Oliva. Volví a sentarme al borde de la pista y, sumido en el vuelo de las golondrinas, me puse a esperar pacientemente el retorno de los viejos pilotos, y el regreso de la aventura.

jueves, 9 de octubre de 2014

Instantáneamente... 12


Joan Fontcuberta, Untitled, 1981. Polaroid tipo 665, impresión en gelatinobromuro de plata

miércoles, 8 de octubre de 2014

martes, 7 de octubre de 2014

La fuerza del arte callejero


La fuerza del arte callejero

Esto es un Banksy El artista urbano más famoso de todos los tiempos realiza en exclusiva esta imagen para 'El País Semanal'. Nadie sabe quién es, dónde vive ni cómo trabaja. Ni siquiera si es una persona o un colectivo. Pero su obra ha conquistado las ciudades. Desde que saltara a la fama en la década de los noventa, su trabajo y el de otros grafiteros ha buscado recuperar el espacio callejero. Sus creaciones han llegado a los museos y han despertado el deseo de los coleccionistas. Estas páginas retratan los trabajos de otros artistas que, como Banksy, hacen historia.

Ha pasado mucho tiempo desde que los chavales del Bronx decidieran arrancar el barrio de sus bisagras y llevárselo a dar una vuelta por Nueva York, para que incluso los que nunca hubieran tenido previsto pasar por allí tuvieran que tragárselo, con sus virtudes y sus defectos. El método escogido era obvio para los cabezas pensantes de aquel movimiento y absolutamente insólito para el resto del mundo: el grafiti. En realidad, el nombre no tenía nada de estadounidense, ni por supuesto de rebelde: era la palabra latina que definía el dibujo realizado normalmente en una superficie dura, como una piedra. Además, no solo acabó llegando a los atónitos ojos de los neoyorquinos y a los del resto de estadounidenses, sino que se esparció por el mundo en el tiempo que uno tarda en contar hasta dos.

Para Carlo McCormick, autor del excelente libro Trespass (Editorial Taschen, 2010), el uso de un concepto como este (el grafiti) tenía mucho que ver con la relación de los artistas con el adoquín, con las paredes, con el metal que les rodeaba. Para McCormick, el arte urbano tiene que ver con la conquista del espacio callejero, la necesidad de apoderarse de un entorno que nos ha sido robado por la publicidad, las grandes marcas y el mobiliario urbano. Las calles han sido tomadas por multinacionales que transmiten sus mensajes regularmente y por medio de automatismos. El grafitero rompe ese circulo vicioso utilizando métodos tan rústicos como un spray y reclama la pertenencia de ese universo de cemento a un colectivo distinto, al que le importan un pito los mensajes emitidos por el gran hermano: es finalmente un folio en blanco que puede ser usado hasta la extenuación sin repetirse nunca, en perpetua reivindicación.

No ha sido hasta mucho después, a principios de la década de los noventa, cuando el artista urbano (trascendido ya el mundo del grafiti para reinventarse constantemente en busca de una huella más profunda y duradera) ha empezado a convertirse en parte de ese -odiado mundo exterior, canibalizado por un sistema capaz de utilizar la rebeldía como una parte más de su engranaje.

Así pues, lo que un día fue un subsuelo hermético e irreconocible, solo frecuentado por aquellos que lo practicaban y no apto para curiosos, es ahora carne de colección, y muchos de los que fueron pioneros en el arte de apropiarse de paredes, calles y callejones disputan ahora una batalla absolutamente distinta en las paredes de los museos. "El street-art no es como otros movimientos artísticos, no recibe subvenciones, ni está patrocinado por ricos. Por eso sería una vergüenza que acabara como cualquier otro arte: atrapado en las vitrinas de un museo o en las paredes de las casas de los que nunca tendrán problemas de dinero". El que se expresa de esa manera no es un cualquiera, se trata del mismísimo Banksy, que tras meses de persecuciones ha accedido a responder algunas preguntas para El País Semanal. El artista de Bristol, faltaría más, no permitió que ningún periodista viajara hasta el Reino Unido para hablar con él, sino que respondió vía correo electrónico a las preguntas. Sus reflexiones llegaron semanas después a través del ciberespacio y usando la dirección de su agente, todo sea por preservar el mito.

El inglés es -sin ninguna duda el rey del arte urbano y el secreto mejor guardado de un mundillo que genera millones de dólares gracias a la obsesión de un buen número de coleccionistas que pasan de Damien Hirst a Banksy sin solución de continuidad.

"No creo que el arte sea nada especial, es, simplemente, una parte más de la industria del entretenimiento. Además, demasiado arte es exclusivo y deliberadamente difícil de comprender, ya sea expresionismo abstracto o grafiti ilegible al estilo salvaje", reflexiona el británico.

Banksy se hizo famoso por sus stencils (plantillas), que empezaron a aparecer como moscas a principios de los noventa. La historia dice que el artista se unió a algunos colegas en el Londres de finales de los años ochenta para bombardear la ciudad desde sus entrañas, dejando el metro forrado de pintadas que reivindicaban un mundo distinto, menos encorsetado... o al menos esa era la idea. Banksy pronto optó por la rama más política del arte urbano, un arte en constante interacción con la sociedad que trata de establecer un diálogo con la misma. De hecho, sus acciones más salvajes han tenido que ver con sus asaltos a la Tate Modern de Londres, donde colgaba sus propios cuadros en galerías sumando al visitante en el desconcierto, o su publicitado incidente en Disneylandia, donde dejó un muñeco ataviado como un prisionero de Guantánamo en uno de los lugares más transitados por los visitantes.

En 2005 se atrevió con uno de los últimos símbolos del encarnizamiento de la situación en Gaza y Cisjordania: el famoso muro de la vergüenza, una gigantesca estructura que envuelve a palestinos con paredes de hasta ocho metros de altura. Banksy dejó su marca en el muro con un sinfín de pintadas de carácter militante donde no dejaba títere con cabeza y que algunos radicales en Israel consideraron casi una declaración de guerra: "No sé si es posible ser 'un artista político', el arte requiere tanto ego y egoísmo, que, finalmente, se convierte en una carrera que a los que realmente atrae es a los gilipollas. Quizá yo pueda ser más político que otros artistas, pero no es mucho decir, la verdad", remacha el grafitero más mediático.

Las ditirámbicas reflexiones de Banksy sobre el arte le han convertido en un tipo incómodo, rico, pero incómodo. Lo curioso es que su invisibilidad -nadie sabe realmente si su biografía es un invento, si realmente nació en Bristol o si es uno o son varios tipos ha conseguido que su reputación sea del tamaño de la India. Su primera exposición en Los Ángeles, sin ir más lejos, se convirtió en la mayor concentración de famosos jamás vista en un evento en un barrio de clase media de la ciudad californiana: Brad Pitt, Angelina Jolie, Jude Law o Robert Downey Jr. se dejaron caer por allí con la chequera y el bolígrafo, y Banksy se trajo un elefante customizado (uno de verdad, se entiende). Todo fue cubierto por algunos de los medios de comunicación más grandes del mundo, a los que hasta hace 30 segundos les importaba bien poco el arte urbano y cuyos espectadores consideraban a los integrantes del movimiento grafitero como simples degenerados, enemigos del orden y la limpieza. Todo eso se acabó... al menos en la gama alta del sector.

Ahora, no hay artista callejero de prestigio que no desee ser visto colgado de la pared de una institución museística o de una galería (Kaws, Futura, Stash, Ron English, Jeremy Fish, Shepard Fairey -el mítico Obey, una leyenda del género después de su famoso Hope, con el rostro de Barack Obama- Space Invader, Dave White o Os Gemeos, la lista es infinita), y no son pocos los que afirman que el arte urbano está totalmente desvirtuado, que esa descontextualización es tóxica, que lo urbano no puede ser mediatizado sin perder su razón de ser.

De todo eso y más habla el último proyecto de Banksy, que ha despertado no poca controversia a uno y otro lado del Atlántico. Se trata de Exit through the gift shop, un documental (aunque, como veremos, también en la definición de la pieza se esconde la controversia) que reflexiona con flema y toneladas de mala baba sobre el mercado del arte en general y del urbano en particular. Exit through the gift shop no cuenta absolutamente nada de Banksy, no es una película autobiográfica, ni tiene ninguna intención de revelar detalles sobre el de Bristol. Lo que sí posee es una segunda lectura, cruel como la vida misma, sobre la volatilidad del mercado del arte y cómo este puede ser manipulado a voluntad si uno conoce las teclas correctas.

El documental cuenta la historia de Thierry Guetta, una especie de obseso francés que graba todo lo que hace (por pura necesidad, sin ninguna finalidad artística) hasta que entra en contacto con el arte urbano a través de su primo, el célebre Space Invader. Eso le conduce de genio en genio hasta Banksy, quien le sugiere tomar un camino distinto y convertirse en artista, quizá para quitárselo de encima, quizá para ejercer de doctor Frankenstein.

Exit throught the gift shop (una referencia poco velada a esta táctica de los museos de hacer salir al visitante por su tienda de regalos, una táctica que podría parecer correcta para un supermercado, pero que resulta de dudosa ética para un refugio del arte) respira a un ritmo extraño, y uno no sabe muy bien a que atenerse con ella: parece que todo es real, pero a un tiempo es imposible no sentir que el espectador está siendo manipulado y recordar aquella frase de Truman Capote: "La diferencia entre realidad y ficción es que la ficción debe ser coherente". De hecho, en la Red circulan multitud de relatos en virtud de los cuales el personaje de Guetta es en realidad un invento del propio Banksy, una inmensa tomadura de pelo que le sirve al británico para desmontar el mundo del arte y enseñar las vergüenzas. Naturalmente, el artista lo niega todo, ¿qué si no? "La película es cien por cien verdad y no contiene marionetas. Me alegra que hubiera cámaras cuando todo esto estaba pasando, porque pensé: 'Habría sido imposible inventarse algo así'. Sin embargo, eso es lo que la gente piensa que he estado haciendo", replica Banksy sin que el interlocutor pueda interpretar el tono de su respuesta (es lo que tienen los correos electrónicos). Lo que parece difícil es que la alargada mano de Banksy no haya intervenido ni un poco en el desgobierno que preside la pieza: tanto caos no puede ser casual.

Sea como fuere, la situación del street-art hoy en día tiene pocas diferencias con lo que se vive en otras manifestaciones artísticas: la tentación vive arriba. Lo que en otros tiempos se consideraba transgresor se vigila ahora con lupa por parte de los grandes agentes del mercado. Todas las agencias de publicidad del mundo saben que trabajar con un artista de calle significa ganar notoriedad y prestigio, y a los voluntarios (con buena paga, que quede claro) no les falta trabajo. Para aquellos que viven al margen de recompensas y lealtades ficticias, la historia es totalmente distinta: algunos han empezado a mostrar su rabia tachando a Banksy y compañía de vendidos y reivindicando una vuelta a los orígenes, al trabajo de pico y pala. El de Bristol, por su lado, responde a su manera: "¿Sabes? Pintar grafiti es una actividad muy peligrosa, trabajas de noche, rodeado de borrachos, guardias de seguridad y el constante pensamiento de no saber lo que estará haciendo tu novia en aquel momento... es peligroso, muy peligroso".

El documental 'Exit through the gift shop', dirigido por Banksy, se estrenó en el pasado Festival de Cine de San Sebastián y se proyecta en cines de toda España desde el día 8 de octubre. Las imágenes que ilustran este reportaje pertenecen (a excepción de la obra exclusiva de Banksy) al libro 'Trespass. Historia del arte urbano no oficial', editado por Taschen.
EL PAIS

lunes, 6 de octubre de 2014

Instantáneamente... 11


Ansel Adams
Ansel Adams, Window, 1973. Bear Valley (California). Polaroid tipo 55, impresión en gelatinobromuro de plata. Adams fue uno de los artistas que colaboraron habitual e intensivamente desde el principio con Edwin Land, el inventor de la Polaroid.

domingo, 5 de octubre de 2014

Hay un viejo chiste...

Hay un viejo chiste, Dos mujeres de edad en un hotel de alta montaña comenta una a la otra, "¡Vaya, aquí la comida es realmente terrible!", y contesta la otra: "¡Y además las raciones son tan pequeñas!". Pues básicamente así es como me parece la vida, llena de soledad, histeria, sufrimiento, tristeza y sin embargo se acaba demasiado deprisa. 
 - Woody Allen

sábado, 4 de octubre de 2014

Los 50 libros...


Los 50 libros que todos los niños deberían leer (o que todos nosotros deberíamos haber leído)

Michael Gove, secretario de Educación del Reino Unido, afirmó que los niños de 11 años deberían leer 50 libros al año para mejorar sus niveles de alfabetización. A ojo cubero, eso supone un libro por semana.

Así que el periódico británico The Independent solicitaron a tres de los principales autores para niños del país y dos expertos más que seleccionaran individualmente 10 títulos imprescindibles.

La lista que quedó tras juntar la selección de los 5 seleccionados fue la siguiente:

“Alicia en el país de las maravillas” y “A través del espejo y lo que Alicia encontró allí” de Lewis Carroll.
“Pinocho” de Carlo Collodi.
“Las joyas de la Castafiore” de Hergé.
“Canción de Navidad o Un cuento de Navidad” de Charles Dickens.
“El príncipe feliz” de Oscar Wilde.
“La isla del tesoro” de R.L. Stevenson.
“El viejo y el mar” de Ernest Hemingway.
“El jardín secreto” de Frances Hodgson-Burnett.
“El diario de Greg” de Jeff Kinney.
“El Hobbit y El señor de los anillos” de JRR Tolkein.
“Imágenes en Acción” de Terry Pratchett.
“Las aventuras de Sherlock Holmes” de Arthur Conan Doyle.
“El curioso incidente del perro a medianoche” de Mark Haddon.
“Rebelión en la granja” de George Orwell.

Podéis leer el resto de la lista aquí.

El artículo procede de un diario británico, así que la mayoría de recomendaciones son de autores ingleses. ¿Dónde está El Principito, por ejemplo?

Si tiro del hilo de la memoria, las obras que más me impactaron fueron algunas del maestro Jordi Sierra i Fabra, sobre todo su Ciclo de las Tierras: la primera vez que leía ciencia ficción con trasfondo moral. Y no menos importantes fueron para mí aquellos librillos de Elige tu propia aventura. ¿Y vosotros? ¿Qué libro creéis que falta en la lista?

viernes, 3 de octubre de 2014

Instantáneamente... 10


Ulay, Untitled, 1969
Polaroid Tipo 665. 3. Patrick Nagatani, Cinema II, detail from the image Alamogordo Blues, 1986. Polaroid Spectra.

jueves, 2 de octubre de 2014

Cómo quieres que te olvide...

Cómo quieres que te olvide si cuando comienzo a olvidarte me olvido de olvidarte y comienzo a recordarte. 
 - Woody Allen

miércoles, 1 de octubre de 2014

La ley de transparencia informativa...

La ley de transparencia informativa

Una ley regulará el 'derecho a saber' de los ciudadanos ante la Administración. Las demandas de información deberán ser resueltas en un plazo de 30 días. La falta de respuesta en el tiempo previsto supondrá que la petición se acepta.

La información es poder. Y el poder se resiste a compartirla, como si fuera de su propiedad y no perteneciera al conjunto de los ciudadanos, que la sufragan con sus impuestos. El caso de los diputados valencianos que han llegado hasta el Constitucional ante la negativa del PP a informarles sobre los contratos del Gobierno de Camps con la trama Gürtel no es una excepción. Los poderes públicos suelen reaccionar con incomodidad ante la demanda de información. En el peor de los casos, la ven como una intromisión y, en el mejor, como un engorro. Cualquier pretexto sirve para dar largas al ciudadano, cuando no la callada por respuesta. Esta situación cambiará radicalmente cuando el año próximo entre en vigor la Ley de Transparencia y Acceso de los Ciudadanos a la Información Pública, cuyo anteproyecto se propone aprobar el viernes el Gobierno, en su primera reunión tras las vacaciones.

Por vez primera en España, una norma legal de carácter general reconoce "el derecho de los ciudadanos a acceder a la información pública". El texto, cuya elaboración ha sido coordinada por la vicepresidenta primera, María Teresa Fernández de la Vega, parte del reconocimiento del derecho constitucional a saber. Por tanto, no es el ciudadano quien debe justificar su interés en conocer un dato, sino que es la Administración la que debe explicar su negativa a facilitárselo.

El anteproyecto, al que ha tenido acceso EL PAÍS, considera información pública toda aquella que haya sido "elaborada o adquirida por los poderes públicos en el ejercicio de sus funciones y que obre en su poder". Es decir, no solo la que tienen las distintas administraciones (central, autonómica o local), sino también la que posean "otras entidades o sujetos que presten servicios públicos o ejerzan potestades administrativas [desde empresas de recogida de basuras a universidades], siempre que haya sido obtenida o generada en el ejercicio de su actividad pública". Y no se trata únicamente de documentos, sino de la información en sí, cualquiera que sea su soporte.

Para que el derecho de acceso sea efectivo y la información no pierda actualidad, el anteproyecto fija plazos taxativos a la hora de responder a los ciudadanos. El órgano al que se dirija la demanda deberá responder en un máximo de 30 días. Solo "cuando el volumen o complejidad de la información solicitada hagan imposible cumplir dicho plazo", este se podrá ampliar 30 días más, de lo que se advertirá al demandante en los 10 días siguientes a la presentación de su solicitud.

La resolución se comunicará por escrito al solicitante, al que se indicará cómo acceder a la información. En caso de que se rechace, parcial o totalmente, el acceso, habrá que explicar la razón.

Las administraciones deberán abandonar su habitual pasividad pues, una vez agotado el plazo para dictar resolución -30 o 60 días, según el caso- sin que esta se haya producido, el solicitante tendrá 10 para confirmar su demanda. Si 30 días después de dicha confirmación sigue sin haber respuesta, la petición se considerará aceptada. Se aplica así el silencio positivo, en vez del negativo, como sucede hasta ahora.

El ciudadano que vea rechazada su solicitud puede, lógicamente, interponer ante los tribunales un recurso contencioso-administrativo pero, consciente de que se trata de una vía lenta y costosa, el anteproyecto prevé la figura de un árbitro que resuelva con agilidad y prontitud las discrepancias.

Este papel corresponderá a la Agencia Española de Protección de Datos, que alargará su nombre con la coletilla "y Acceso a la Información". El organismo, que vela porque los ficheros de datos respeten la intimidad de los ciudadanos, se encargará también de garantizar el derecho de acceso a la información pública.

El texto prevé que, en los 30 días siguientes a la notificación de la resolución, se pueda formular una reclamación ante dicha agencia. En un máximo de dos meses, y tras recabar las alegaciones de las partes, el director de la agencia -actualmente, Artemi Rallo, catedrático de Derecho Constitucional- dictará una resolución. El Gobierno ha querido curarse en salud, y en este trámite no se aplica el silencio positivo, sino el negativo. Además, sus resoluciones solo afectarán a la Administración central, no a la autonómica o a la local.

Esta última, en virtud de una modificación de la Ley de Régimen Local, deberá entregar a los ciudadanos que lo pidan "copias y certificaciones de los acuerdos de las corporaciones locales y sus antecedentes" y permitirles consultar sus archivos y registros.

Las administraciones no se limitarán a contestar las demandas de información, sino que deben adelantarse a difundirla. "Los poderes públicos facilitarán la información cuya divulgación resulte de mayor relevancia para garantizar la transparencia de su actividad", dice el texto. Y en la era de Internet lo harán "preferentemente por medios electrónicos".

Se publicarán "las directivas, circulares, instrucciones, notas o respuestas que tengan incidencia en la interpretación o aplicación del Derecho". Y también, en la Administración central, "los presupuestos ministeriales y de sus organismos públicos, con descripción de las partidas presupuestarias y los datos pertinentes para el seguimiento de su ejecución", así como la "información económica y estadística más relevante".

El Gobierno reconoce que el nivel de transparencia y la facilidad de acceso a la información pública se consideran internacionalmente como un "indicador de la calidad de los sistemas democráticos". No solo sirve para combatir la corrupción, sino también la mala gestión y la ineficacia. Pese a ello, ha tardado seis años en cumplir una promesa que ya figuraba en el programa electoral de 2004. En este campo, al contrario que en otros como la igualdad de género o el matrimonio homosexual, España no está en la vanguardia sino en el furgón de cola. La mayoría de los países europeos tienen una ley de transparencia y el Consejo de Europa aprobó en noviembre de 2008 el Convenio para el Acceso a Documentos Oficiales en el que, en buena medida, se inspira el anteproyecto.

martes, 30 de septiembre de 2014

lunes, 29 de septiembre de 2014

domingo, 28 de septiembre de 2014

Encontrar la calma en la ciudad...


Encontrar la calma en la ciudad

No es necesario encerrarse en un monasterio para gozar de la espiritualidad. También el estrés de la ciudad nos procura oportunidades para crecer y cultivar la paz interior.

Existe la creencia estereotipada de que la espiritualidad solo puede encontrarse en medio del campo, en una casa aislada frente al mar o entre los muros de un monasterio. Lo cierto es que la inmensa mayoría vivimos y trabajamos en medio del bullicio, por lo que si aspiramos a la armonía tendremos que aprender a hallar la serenidad en medio del caos.

Lo que podría llamarse el zen del asfalto es una invitación a buscar la paz y la lucidez, en medio de una metrópoli ruidosa o de un suburbio gris. Supone el reto de mantener el propio centro mientras los vecinos se pelean, el jefe nos convoca para una reunión absurda o nos encontramos atrapados en un atasco mientras dan malas noticias por la radio.

Antes de abordar cómo cultivar la calma, revisemos algunos tópicos sobre la espiritualidad.

El tópico de Oriente: “No puedes vivir en el reino de Dios por mucho tiempo. No hay restaurantes ni lavabos” (Suzuki Roshi)
En su hilarante libro de memorias El espejo vacío, el escritor de novelas policiacas Janwillem van de Wetering explicaba sus peripecias y calamidades en un monasterio zen japonés de la década de los sesenta, donde este holandés permaneció año y medio.

Lo que tenía que ser una experiencia serena e iluminadora se convierte en una tortura, porque el discípulo se ve obligado a unos madrugones de órdago, a interminables horas de incómoda y tediosa meditación, mientras se ve enfrentado a los enigmáticos koans, las preguntas disparatadas con las que el maestro de zen tortura a sus alumnos. Hacia el final de su relato, Janwillem acaba huyendo del monasterio y se interroga sobre la espiritualidad con una cerveza en la mano. El autor holandés ironiza sobre esta cuestión a través de una pequeña fábula: un hombre cada mañana antes de desayunar saca a su perro al patio delantero, lo coge por el rabo y le da unas cuantas vueltas en volandas. Un vecino le pregunta por qué trata a su perro con tanta crueldad, a lo que el dueño responde: “No tiene ni idea de lo contento que se pone el perro cuando lo dejo en el suelo”.

La pregunta es: ¿no hay otros caminos a la espiritualidad? ¿Cómo podemos purificar la mente en medio del caos?

Un profesor de yoga de Los Ángeles, Arthur Jeon, aborda este tema en su manual Dharma urbano, que se centra en los desafíos de la vida cosmopolita para los que aspiran a la espiritualidad.

Este autor plantea estrategias para mantener la calma sin sucumbir a las tensiones diarias o a las continuas fricciones que supone moverse por una ciudad, tener vecinos y relacionarse con jefes y compañeros de trabajo:

No hay ninguna duda sobre el hecho de que la mayor parte de las dificultades de la vida, excepto la enfermedad, vienen causadas por las relaciones entre la gente. Asumimos que la gente es la causa de nuestra tristeza, la fuente de nuestro “infierno”. Cuando miramos a nuestro alrededor existen muchas razones para pensar así. Los demás nos vuelven locos e infelices. Tendemos a pensar: no soy una persona enfadada; ellos me hacen enfadar”. A lo largo de su libro, Arthur Jeon da numerosos consejos para sobrevivir espiritualmente a nuestra jungla de personas y problemas:

• Observe sus pensamientos con distancia y no los confunda con la realidad. Así será capaz de distinguir lo neurótico de lo útil.

• Sea consciente de que cualquier cosa que suceda, buena o mala, cambiará.

• Evite atribuir la culpa de su infelicidad a los demás. Pensamientos como “mi vida es horrible” o “si fuera rico, mis problemas desaparecerían” son solo falacias para no tomar el mando de nuestra vida.

• En lugar de impacientarse, lea o escuche música mientras espera el tren o el autobús.

• Trate de sonreír a la gente irritada que encuentre. Nunca menosprecie a los demás.

• Tómese los contratiempos con sentido del humor.

• No alimente lo que le irrita, ni le dé más importancia de la que tiene.

• Huya de la idea de que, en la ciudad, vive amenazado por las personas y las situaciones. Jamás se autocompadezca.

Puesto que la serenidad es un estado mental, este autor californiano sostiene que podemos alcanzar una relajación plena cuando queramos, sea en la cima de una montaña o en Times Square. El sufrimiento no lo generan las personas que nos rodean ni el lugar en el que nos encontramos, sino la lectura que hacemos de lo que nos sucede.

Otra fuente de padecimiento, vivamos en la ciudad o en el campo, es nuestra adicción a proyectarnos al pasado (traumas) o al futuro (miedos). Para practicar el zen del asfalto hay que tomar conciencia del momento presente, aprendiendo y disfrutando de lo que nos brinda cada instante.

Por ejemplo, el transporte público es un desafío porque borra las fronteras entre los demás y uno mismo. En medio del atasco, en lugar de maldecir el tráfico, podemos convertir la cabina de nuestro vehículo en un zendo minúsculo donde escuchar nuestra música favorita, relajarnos a través de la respiración o pasar revista a los aspectos positivos de nuestra vida, dejando fuera las prisas.

‘Zensaciones’: “Llama experiencias a tus dificultades y recuerda que cada una de ellas te ayuda a madurar” (Henry Miller)

Es innegable que en la rutina diaria nos enfrentamos a situaciones monótonas o desagradables que nos ponen a prueba, pero todas ellas son oportunidades de crecimiento personal. Veamos cómo convertir algunos episodios estresantes en zensaciones equiparables al trabajo que realizaríamos en un monasterio:

• Zensación 1. Tenemos un encontronazo con un conductor colérico. Ejercicio: no nos contagiamos por su furia y guardamos el noble silencio del que hablaba Buda y compadecemos a esta persona que está teniendo un mal día.

• Zensación 2. Un vecino nos increpa porque hemos faltado a una obligación. Ejercicio: le agradecemos que nos lo recuerde y cambiamos su discurso preguntándole por algún aspecto agradable de su vida personal.

• Zensación 3. Se han iniciado unas obras al lado de casa que hacen un ruido ensordecedor. Ejercicio: nos fijamos el reto de meditar, utilizando el estruendo como centro de atención para vaciar nuestra mente.

• Zensación 4. Nuestro trabajo ha llegado a unas cotas de monotonía que nos resulta insufrible. Ejercicio: para motivarnos, nos centramos en operaciones muy pequeñas y nos proponemos alcanzar la excelencia en esa actividad como prueba espiritual.

• Zensación 5. Las noticias informan de más robos y violencia en nuestro barrio. Ejercicio: decidimos compensar la oleada de negatividad con más empatía hacia los demás y más implicación en la felicidad de nuestra comunidad.

Si practicamos de esta manera, entenderemos que un entorno urbano es perfectamente válido para ir más allá de nuestros horizontes mentales, con la ventaja de que contiene tantos mundos y situaciones diferentes que hay mil ocasiones para mejorar.

Terminaremos con la respuesta que dio el maestro Soyen Shaku a su discípulo Senzaki cuando este le consultó sobre los peligros de trasladarse a una cosmópolis. La respuesta fue: “Simplemente, enfréntate a la gran ciudad y comprueba si ella te conquista o si tú la conquistas a ella”.

ILUMINARSE EN LA CIUDAD

1. Libros
– ‘Dharma urbano’, de Arthur Jeon (Ediciones B).
– ‘El espejo vacío’, de Janwillem van de Wetering (Kairós).

2. Películas
– ‘Sabiduría garantizada’, de Doris Dörrie (Cameo).

3. Discos
– ‘Everything and nothing’, de David Sylvian (Virgin).
– ‘The long journey of wolves’, de Nikosia (Warner).

viernes, 26 de septiembre de 2014

jueves, 25 de septiembre de 2014

Vivir sin máscaras...


Vivir sin máscaras

Estamos tan condicionados para pensar y comportarnos de una determinada manera que en la sociedad actual ser auténtico es un acto casi revolucionario.

Se cuenta que un reconocido y anciano catedrático de psicología llevaba décadas investigando acerca de la epidemia de vacío existencial y de sinsentido vital que padecían la mayoría de seres humanos. Si bien solía proyectar ante los demás una imagen de seriedad y seguridad, en soledad reconocía sentirse triste y confundido. No acababa de comprender por qué, a pesar de seguir al pie de la letra todo lo que el sistema le decía que tenía que hacer para lograr éxitos y riquezas materiales, en el fondo de su corazón se sentía tan pobre y vacío.

Y así siguió hasta que una mañana entró en una concurrida cafetería y pidió una manzanilla. Seguidamente, la joven camarera cogió una bolsita prefabricada con una mano y un cuenco lleno de ramitas y hojas secas con la otra. Y muy amablemente le preguntó: "¿Cómo la quiere: normal o natural?".

Sorprendido, el catedrático señaló el cuenco con hojas secas. Y mientras se estaba tomando la infusión, obtuvo la revelación que llevaba décadas buscando. Se abalanzó sobre la camarera y le dio un sonoro beso de agradecimiento. Entusiasmado, le dijo: "¡En esta sociedad lo normal no tiene nada que ver con lo natural!". Y salió con una sonrisa de oreja a oreja, como si hubiera encontrado un tesoro.

La sociedad contemporánea se ha convertido en un gran teatro. Al haber sido educados para comportarnos y actuar de una determinada manera, en vez de mostrarnos auténticos, honestos y libres -siendo coherentes con lo que en realidad somos y sentimos-, solemos llevar una máscara puesta y con ella interpretamos a un personaje que es del agrado de los demás. Si bien vivir bajo una careta nos permite sentirnos más cómodos y seguros, con el tiempo conlleva un precio muy alto: la desconexión de nuestra verdadera esencia. Y en algunos casos, de tanto llevar una máscara puesta, nos olvidamos de quiénes éramos antes de ponérnosla.

Lo cierto es que algunos sociólogos coinciden en que en nuestra sociedad ha triunfado el denominado "pensamiento único". Es decir, "la manera normal y común que tenemos la mayoría de pensar, comportarnos y relacionarnos". Así, al entrar en la edad adulta solemos ser víctimas de "la patología de la normalidad". Esta sutil enfermedad -descrita por el psicoterapeuta alemán Erich Fromm- consiste en creer que lo que la sociedad considera "normal" es lo "bueno" y lo "correcto" para cada uno de nosotros, por más que vaya en contra de nuestra verdadera naturaleza.

LA ELOCUENCIA DE LA VANIDAD: Dime de qué presumes y te diré de qué careces" (refrán popular)
A pesar del malestar generalizado, solemos priorizar el "cómo nos ven" al "cómo nos sentimos". Tanto es así que para muchos la pregunta de cortesía "¿cómo estás?" supone todo un incordio. La mayoría nos limitamos a contestar mecánicamente: "Bien, gracias". Y en caso de no poder escaquearnos, enseguida redirigimos la conversación hacia cualquier "charla banal". Es decir, la utilizamos para fingir que nos estamos comunicando, cuando en realidad lo único que estamos haciendo es llenar con palabras un potencial silencio incómodo.

En este contexto social, algunos individuos ocultan sus miserias y frustraciones tras una fachada artificial que seduzca e impresione a los demás. La paradoja es que cuanto más intentamos aparentar y deslumbrar, más revelamos nuestras carencias, inseguridades y complejos ocultos. De hecho, la vanidad no es más que una capa falsa que utilizamos para proyectar una imagen de triunfo y de éxito. Es decir, la máscara con la que en ocasiones cubrimos nuestra sensación de fracaso y vacío. Si lo pensamos detenidamente, ¿qué es la "respetabilidad"? ¿Qué es el "prestigio"? ¿Qué es el "estatus"? ¿Qué tipo de personas lo necesitan? En el fondo no son más que etiquetas con las que cubrir la desnudez que sentimos cuando no nos valoramos por lo que somos.

En este sentido, ¿qué más da lo que piense la gente? De hecho, ¿quién es la gente? Nuestra red de relaciones es en realidad un espejismo. En cada ser humano vemos reflejada nuestra propia humanidad. Por eso se dice que los demás no nos dan ni nos quitan nada; son espejos que nos muestran lo que tenemos y lo que nos falta. La gente no nos ve tal y como somos, sino como la gente es. O como dijo el filósofo Immanuel Kant, "no vemos a los demás como son, sino como somos nosotros". De ahí que la opinión de otras personas solo tiene importancia si nosotros se la concedemos.

DEJAR DE FINGIR: "La verdad que nos libera suele ser la que menos queremos escuchar" (Anthony de Mello)
Un leoncito apenas recién nacido se quedó rezagado y se perdió, pero un grupo de ovejas se cruzó en su camino y le adoptó como un miembro más de su rebaño. El animal creció convencido de que era una oveja, aunque, por más que tratara de balar, solo lograba emitir débiles y extraños rugidos; y por más que se alimentara de hierba, cada vez que veía a otros animales sentía el deseo de devorar su carne. Y por ello, a diferencia del resto de ovejas, que pastaban plácidamente, el felino solía estar angustiado y triste.

Los años pasaron y el animal se convirtió en un león corpulento y fiero. Y una mañana, mientras el rebaño descansaba a orillas de un lago, apareció un león adulto. Todas las ovejas huyeron despavoridas. Y lo mismo hizo el león que creía ser una oveja, que enseguida quedó a merced del león adulto. Nada más verlo, el león cazador no pudo evitar su sorpresa al reconocer a uno de los suyos. Y sorprendido, le preguntó: "¿Qué haces tú aquí?". Y el otro, aterrorizado, le contestó: "Por favor, ten piedad de mí. No me comas, te lo suplico. Solo soy una simple oveja". "¿Una oveja? Pero ¿qué dices?". El león adulto arrastró a su camarada a orillas del lago y le dijo: "¡Mira!". El león que creía ser una oveja miró, y por primera vez en toda su vida se vio a sí mismo tal como era. Sus ojos se empaparon en lágrimas y soltó un poderoso rugido. Acababa de comprender quién era verdaderamente. Y nunca más volvió a sentirse triste.

SEGUIR NUESTRA VOZ INTERIOR: "No dejéis que el ruido ahogue vuestra propia voz interior. Ella ya sabe lo que vosotros realmente queréis ser" (Steve Jobs)
No importa quiénes seamos, qué decisiones tomemos o cómo nos comportemos. Hagamos lo que hagamos con nuestra vida, siempre tendremos admiradores, detractores y gente a quien resultemos indiferentes. Pero entonces, si nuestras relaciones se sustentan sobre este juego de espejos y proyecciones, ¿por qué fingimos? Seguramente por nuestra falta de confianza y autoestima.

Para cultivar una sana relación de amistad con nosotros mismos, lo único que necesitamos es modificar la manera en la que nos comunicamos con nosotros a través de nuestros pensamientos. Solo así podremos aceptarnos, respetarnos y amarnos por el ser humano que somos, con nuestras cualidades, virtudes, defectos y debilidades. Lo demás son comentarios, ruido que hace la gente para no escuchar su propio vacío. Lo que está en juego es nuestra libertad para ser "auténticos"; convertirnos en quienes verdaderamente somos, siguiendo los dictados de nuestra propia voz interior. Eso sí, debido a las múltiples capas de cebolla con las que hemos sido condicionados, hoy día ser uno mismo es un acto revolucionario.


Para llegar a ser natural

1. LIBRO
'El retrato de Dorian Gray', de Oscar Wilde (Alianza). Un novela provocadora que cuestiona y desenmascara la hipocresía inherente en nuestras relaciones, poniendo de manifiesto -tal como afirmó el filósofo alemán Friedrich Nietzsche- que "la mentira más común es la que nos contamos a nosotros mismos".

2. PELÍCULA
'American beauty', de Sam Mendes. Protagonizada por Kevin Spacey y Annette Bening, esta película muestra la importancia que la sociedad occidental concede a la imagen, el estatus y el éxito, lo que a su vez genera la construcción de identidades falsas y relaciones distorsionadas, marcadas por el conflicto, la lucha y el sufrimiento.

3. CANCIÓN
'Firework', de Katy Perry. Esta canción es una invitación a descubrir y reconectar con "la luz, la autenticidad y la grandeza" que anidan en nuestro interior, de manera que nos atrevamos a desplegar todo nuestro potencial.
EL PAIS

miércoles, 24 de septiembre de 2014

martes, 23 de septiembre de 2014

Cuando era alumno...

Cuando era alumno, me echaron del colegio por copiar en la prueba de Metafísica. Miré en el alma de mi compañero de pupitre. 
 - Woody Allen

lunes, 22 de septiembre de 2014

¿Indignado o resignado?


¿Indignado o resignado?

Romain Monnery no tiene pasaporte. Su DNI caducó hace ya tiempo, pero no cayó hasta hace un par de días, cuando fue a coger el avión a Barcelona desde París con el fin de promocionar su debut dietario, Libre, solo y sin pasta (Grijalbo/Rosa dels Vents). No podía salir de su país por avión y tuvo que coger el tren. Al llegar, y sintiéndose culpable por los problemas que le causó a su editorial, se ofreció a sufragarse él mismo el billete de vuelta. Con toda la buena voluntad del mundo, el escritor, de 31 años, sacó la cartera para pagar el tique. Solo llevaba cinco euros. "En Francia me presentaban como una cobaya, un espécimen", comenta el autor de esta hilarante mezcla de libro de denuncia pasiva y comedia posadolescente protagonizada por Trasto, un joven que, terminada la carrera universitaria, es arrollado por el sistema sin apenas oponer resistencia. "Un día, los del telediario se plantaron en mi casa con la cámara. Querían mostrar mi precariedad, la que se retrata en el libro. El cámara hizo un barrido del minipiso, mostrando mis calcetines secándose y culminando en un primer plano de mi gesto abatido. Abrieron la nevera, vieron que estaba vacía y me preguntaron: 'Está vacía porque no tienes dinero, ¿verdad?'. En horario de máxima audiencia, ante millones de espectadores. Es un recuerdo doloroso. En Francia estaban obsesionados por el libro como manifiesto. La prensa se decepcionó mucho al saber que era una novela".

Si en su país la historia de Trasto ha sido entendida como el retrato de una generación fabricada por un sistema que, cuando ya la ha perfilado, decide que no le sirve para nada, Monnery está descubriendo estos días que en España el interés se centra en otros aspectos. "Aquí os interesa qué parte de mí hay en el protagonista. Compartimos la tendencia a la vagancia y cierto desengaño. Hay aspectos de mí en el protagonista y en Bruno, su amigo", explica. En el libro, los chicos son vagos y descastados; las chicas son activas y están, más o menos, integradas, tanto la guapa como la fea. Monnery es democrático. Como Trasto y Bruno, el escritor estudió periodismo y fue becario puteado. Intentó sin demasiada insistencia introducirse en el sistema y, con una mezcla de resignación y alivio, cayó en las manos artríticas del Estado de bienestar. "En Francia, mucha gente aprovecha ese año de paro que te dan para escribir un libro. Yo escribí para probarme que podía terminar algo, aunque me costó. Solo puedo escribir en la cama. Lo he intentado en un escritorio e incluso fui un día a una biblioteca, pero no hay manera. Solo funciono en cama y solo tras haber perdido el tiempo durante horas en Internet", comenta el autor. En la actualidad, Monnery solo trabaja los fines de semana. Con el sueldo cubre sus necesidades mínimas.

"Lo que menos le gustó a mi madre del libro es la importancia que se le da a la masturbación. Ella cree que no hacía falta, pero para mí es bueno y gratuito. Pero en los libros de Zola nadie se la casca. En la época en que está situado el libro, la masturbación es de lo mejor que había en mi vida", recuerda Monnery. Piensa el autor que la inclusión de situaciones cotidianas puede ayudar a que muchos jóvenes se acerquen a la lectura de una novela generacional que teme que solo están leyendo los padres. "Así se enteran de qué hacen sus hijos. Me siento un chivato". Además de la masturbación, otro aspecto determinante en el desarrollo personal del autor han sido los mundiales de fútbol. Monnery se sirve de la derrota de Francia en la final del Mundial de 2006 y la escenificación del final de la carrera de Zidane con el cabezazo al villano Materazzi como ejemplo de ese momento en la vida en que te das cuenta de que las cosas deben cambiar. "Tu crecimiento personal se desarrolla en etapas de cuatro años que coinciden con la disputa de los mundiales de fútbol. Vivimos nuestra vida a través de la carrera de nuestros héroes, en este caso futbolistas. La derrota de Francia en esa final posee un efecto catártico en Bruno, el amigo de Trasto. Cuando el héroe admirado cae, Bruno ve cómo acaba su adolescencia. Deja de compartir piso, se muda y empieza a buscar trabajo", recuerda el autor. "¿Sabes qué otro elemento diferencia a franceses y españoles con respecto a la forma de entender el libro", pregunta Monnery. "Aquí me preguntáis mucho por el movimiento de los indignados. Me parece muy interesante y siento cierta envidia. En Francia no sucede porque vamos cada uno muy a lo nuestro". ¿Se uniría Trasto? "No nos pasemos... Digamos que se sentiría feliz y acompañado".

domingo, 21 de septiembre de 2014