Todos somos parques temáticos.
– Tyler, escribiendo con rotulador en billetes (Planeta Champú, Douglas Coupland) -
martes, 6 de octubre de 2009
lunes, 5 de octubre de 2009
domingo, 4 de octubre de 2009
¿Por qué se mata...
¿Por qué se mata un escritor?
La última promesa de la literatura americana, David Foster Wallace, se quitó la vida hace un par de semanas. A partir de este caso, el escritor colombiano analiza qué ha significado el suicidio para muchas otras figuras de las letras.
Se dice, con más razón que sorna, que el único riesgo profesional de los poetas es el suicidio. No sé si hay estadísticas, pero tengo la impresión de que los escritores se suicidan más, proporcionalmente, que los mortales de otras profesiones. Si hago un rápido censo mental, muchos nombres se me vienen a la mente desde la antigüedad hasta hoy, mujeres y hombres: Safo, Lucrecio, Séneca, Silva, Larra, Woolf, Salgari, Trakl, Lugones, Mishima, Pizarnik, Hemingway, Plath, Márai... Y el pasado 12 de septiembre, la gran promesa de la narrativa estadounidense, David Foster Wallace, a quien hallaron ahorcado en su casa; un novelista de 46 años que ya en otras ocasiones había pedido que le protegieran de su propia pulsión de quitarse la vida.
Primo Levi le dedica el sexto capítulo de Los hundidos y los salvados al suicidio de Jean Améry. Dice Levi que "su suicidio, como todos, admite una nebulosa de explicaciones". Esa misma nebulosa se ha empleado después para tratar de explicar el suicidio del mismo Levi, llevado a cabo -al parecer- más para evadir la enfermedad que para huir de las pesadillas memoriosas de Auschwitz. Ocurrió en 1987, aunque con la ambigüedad que muchos suicidas prefieren, de modo que las familias puedan aferrarse a la duda de un accidente: se precipitó por el hueco de las escaleras del edificio donde vivía, en el barrio de La Crocetta, en Turín, sin dejar carta de despedida.
Por estos días se celebró el centenario del nacimiento de Cesare Pavese, otro homicida de sí mismo, en la misma ciudad del norte de Italia. Esto me llevó a releer páginas de su diario. Ahí, al final, y poco antes de que se matara, dejó escrito: "Los suicidas son homicidas tímidos. Masoquismo en vez de sadismo". Maupassant, que se murió por enfermedad un año después de intentar suicidarse, lo definió de un modo casi inverso: "El suicidio es el sublime valor de los vencidos". La última entrada de Pavese, el 18 de agosto, me ha dado siempre escalofríos: "Sin palabras. Un gesto. No volveré a escribir".
Pavese murió en la soledad de un cuarto de hotel, pero hay escritores a los que no les gusta suicidarse solos. Heinrich von Kleist cambió varias veces de novia hasta que al fin una, Henrriette Vogel, aceptó quitarse la vida con él, a orillas del lago Wannsee, cerca de Berlín. El lugar es hoy un sitio de peregrinación. Se trata de un rincón apacible, bucólico, como si los románticos escogieran con gusto incluso el sitio de su muerte. Otros suicidas en compañía fueron Arthur Koestler y Stefan Zweig. El primero se fue del mundo en un pacto con su tercera esposa, Cynthia Jefferies. También Zweig lo hizo con su mujer, Lotte Altmann, en Petrópolis (Brasil), donde se había refugiado de las persecuciones a los judíos durante la II Guerra Mundial. El suicidio de Koestler, otro judío perseguido por los nazis, obedeció más a sus convicciones a favor de la eutanasia: estaba enfermo de párkinson y leucemia.
Albert Camus, que murió en un accidente sin ningún viso de suicidio, dejó escrito lo siguiente al principio de El mito de Sísifo: "No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no la pena de que se la viva es responder a la pregunta fundamental de la filosofía".
Algunos escritores, más que cartas, dejan libros completos sobre su ánimo. Henri Roorda terminó Mi suicidio poco antes de matarse. Allí dejó escrito: "Amo enormemente la vida. Pero para gozar el espectáculo hay que ocupar una buena butaca, y en la tierra la mayoría de las butacas son malas". Antes de matarse, Jean Améry escribió un libro extraordinario sobre el suicidio (Levantar la mano sobre uno mismo) donde explica que la primera lógica de la que escapa el suicida es la del axioma vitalista "la vida es el bien supremo". Si esto se niega -"la vida no es el bien supremo"-, o si en determinadas circunstancias la vida es lo contrario, un gran peso y un gran mal, se entenderá mejor el salto que dan, que deben dar, los suicidas. Su mundo no es nuestro mundo. Así lo dijo Wittgenstein en uno de sus aforismos: "El mundo de quien es feliz es otro distinto al mundo del que es infeliz". El suicida, al darse una muerte libre, voluntaria, quiere hacer cesar ese mundo para él infeliz.
Por no entender este pensamiento elemental (que a veces la vida no es buena), los Estados y las religiones han perseguido durante mucho tiempo el suicidio, calificándolo de delito y de pecado. En algunos países, incluso, se llega al absurdo de castigarlo con la pena de muerte. Toman el cuerpo exánime del suicida, lo cuelgan y lo exponen al escarnio público, para que aprendan.
De alguna manera, la Iglesia, al prohibir que los suicidas fueran "enterrados en sagrado", castigaba con la pena del destierro (del cementerio) a los suicidas, considerados como "discípulos de Judas". Su posición, por suerte, se ha vuelto más compasiva.
Hay quienes se matan tranquilos, planeándolo; otros, en un arranque de autodestrucción. Unos, sobrios; otros, drogados. El poeta Juan Manuel Roca desaconseja que nos matemos borrachos: "Es el problema del alcohol; alguien puede suicidarse y al día siguiente no acordarse de nada". Es un chiste, pero podría no serlo. Un gran experto inglés en suicidios literarios, A. Álvarez, intentó suicidarse, borracho, una noche de Navidad. Se despertó tres días después sin acordarse de nada, pero con la sensación de que ya sería para siempre un suicida frustrado. También él escribió un estudio estupendo, El dios salvaje.
Creo que la raza de los escritores suicidas, pero indecisos, se ha inventado otro tipo de estrategia para no matarse, y para ni siquiera intentarlo. Me refiero a los escritores que, en vez de dar el salto, trasladan el propio suicidio a sus personajes. Así hizo Shakespeare con Ofelia, Romeo y Julieta; Goethe, con el joven Werther; Tolstói, con Anna, y Schnitzler, con el subteniente Gustl. Es raro, pero si uno suicida a alguien en un libro, se experimenta una muerte que de alguna manera sacia la ansiedad por la propia muerte. Lo sé por experiencia propia.
Otros, en cambio, se despiden con ira. Me gusta la furia final de Chatterton: "Adiós, Bristol, inmunda ciudad de ladrillos. / Amantes de la riqueza, adoradores del engaño". Piensa uno en los ladrillos de nuestras ciudades, y lo entiende. Supongo que si el cuerpo no tiene el buen gusto de morirse a tiempo, uno tiene el deber de matarse. Pero mientras llega ese instante de lucidez en las tinieblas habrá que seguir viviendo, aunque tal vez con el mismo sentimiento de culpa que escribió una vez Thomas Bernhard: "Nada he admirado más durante toda mi vida que a los suicidas. Me aventajan en todo. Yo no valgo nada y me agarro a la vida, aunque sea tan horrible y mediocre, tan repulsiva y vil, tan mezquina y abyecta. En lugar de matarme, acepto toda clase de compromisos repugnantes, hago causa común con todos y cada uno, y me refugio en la falta de carácter como en una piel nauseabunda pero cálida, ¡en una supervivencia lastimosa! Me desprecio por seguir viviendo".
- El País -
La última promesa de la literatura americana, David Foster Wallace, se quitó la vida hace un par de semanas. A partir de este caso, el escritor colombiano analiza qué ha significado el suicidio para muchas otras figuras de las letras.
Se dice, con más razón que sorna, que el único riesgo profesional de los poetas es el suicidio. No sé si hay estadísticas, pero tengo la impresión de que los escritores se suicidan más, proporcionalmente, que los mortales de otras profesiones. Si hago un rápido censo mental, muchos nombres se me vienen a la mente desde la antigüedad hasta hoy, mujeres y hombres: Safo, Lucrecio, Séneca, Silva, Larra, Woolf, Salgari, Trakl, Lugones, Mishima, Pizarnik, Hemingway, Plath, Márai... Y el pasado 12 de septiembre, la gran promesa de la narrativa estadounidense, David Foster Wallace, a quien hallaron ahorcado en su casa; un novelista de 46 años que ya en otras ocasiones había pedido que le protegieran de su propia pulsión de quitarse la vida.
Primo Levi le dedica el sexto capítulo de Los hundidos y los salvados al suicidio de Jean Améry. Dice Levi que "su suicidio, como todos, admite una nebulosa de explicaciones". Esa misma nebulosa se ha empleado después para tratar de explicar el suicidio del mismo Levi, llevado a cabo -al parecer- más para evadir la enfermedad que para huir de las pesadillas memoriosas de Auschwitz. Ocurrió en 1987, aunque con la ambigüedad que muchos suicidas prefieren, de modo que las familias puedan aferrarse a la duda de un accidente: se precipitó por el hueco de las escaleras del edificio donde vivía, en el barrio de La Crocetta, en Turín, sin dejar carta de despedida.
Por estos días se celebró el centenario del nacimiento de Cesare Pavese, otro homicida de sí mismo, en la misma ciudad del norte de Italia. Esto me llevó a releer páginas de su diario. Ahí, al final, y poco antes de que se matara, dejó escrito: "Los suicidas son homicidas tímidos. Masoquismo en vez de sadismo". Maupassant, que se murió por enfermedad un año después de intentar suicidarse, lo definió de un modo casi inverso: "El suicidio es el sublime valor de los vencidos". La última entrada de Pavese, el 18 de agosto, me ha dado siempre escalofríos: "Sin palabras. Un gesto. No volveré a escribir".
Pavese murió en la soledad de un cuarto de hotel, pero hay escritores a los que no les gusta suicidarse solos. Heinrich von Kleist cambió varias veces de novia hasta que al fin una, Henrriette Vogel, aceptó quitarse la vida con él, a orillas del lago Wannsee, cerca de Berlín. El lugar es hoy un sitio de peregrinación. Se trata de un rincón apacible, bucólico, como si los románticos escogieran con gusto incluso el sitio de su muerte. Otros suicidas en compañía fueron Arthur Koestler y Stefan Zweig. El primero se fue del mundo en un pacto con su tercera esposa, Cynthia Jefferies. También Zweig lo hizo con su mujer, Lotte Altmann, en Petrópolis (Brasil), donde se había refugiado de las persecuciones a los judíos durante la II Guerra Mundial. El suicidio de Koestler, otro judío perseguido por los nazis, obedeció más a sus convicciones a favor de la eutanasia: estaba enfermo de párkinson y leucemia.
Albert Camus, que murió en un accidente sin ningún viso de suicidio, dejó escrito lo siguiente al principio de El mito de Sísifo: "No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar si la vida vale o no la pena de que se la viva es responder a la pregunta fundamental de la filosofía".
Algunos escritores, más que cartas, dejan libros completos sobre su ánimo. Henri Roorda terminó Mi suicidio poco antes de matarse. Allí dejó escrito: "Amo enormemente la vida. Pero para gozar el espectáculo hay que ocupar una buena butaca, y en la tierra la mayoría de las butacas son malas". Antes de matarse, Jean Améry escribió un libro extraordinario sobre el suicidio (Levantar la mano sobre uno mismo) donde explica que la primera lógica de la que escapa el suicida es la del axioma vitalista "la vida es el bien supremo". Si esto se niega -"la vida no es el bien supremo"-, o si en determinadas circunstancias la vida es lo contrario, un gran peso y un gran mal, se entenderá mejor el salto que dan, que deben dar, los suicidas. Su mundo no es nuestro mundo. Así lo dijo Wittgenstein en uno de sus aforismos: "El mundo de quien es feliz es otro distinto al mundo del que es infeliz". El suicida, al darse una muerte libre, voluntaria, quiere hacer cesar ese mundo para él infeliz.
Por no entender este pensamiento elemental (que a veces la vida no es buena), los Estados y las religiones han perseguido durante mucho tiempo el suicidio, calificándolo de delito y de pecado. En algunos países, incluso, se llega al absurdo de castigarlo con la pena de muerte. Toman el cuerpo exánime del suicida, lo cuelgan y lo exponen al escarnio público, para que aprendan.
De alguna manera, la Iglesia, al prohibir que los suicidas fueran "enterrados en sagrado", castigaba con la pena del destierro (del cementerio) a los suicidas, considerados como "discípulos de Judas". Su posición, por suerte, se ha vuelto más compasiva.
Hay quienes se matan tranquilos, planeándolo; otros, en un arranque de autodestrucción. Unos, sobrios; otros, drogados. El poeta Juan Manuel Roca desaconseja que nos matemos borrachos: "Es el problema del alcohol; alguien puede suicidarse y al día siguiente no acordarse de nada". Es un chiste, pero podría no serlo. Un gran experto inglés en suicidios literarios, A. Álvarez, intentó suicidarse, borracho, una noche de Navidad. Se despertó tres días después sin acordarse de nada, pero con la sensación de que ya sería para siempre un suicida frustrado. También él escribió un estudio estupendo, El dios salvaje.
Creo que la raza de los escritores suicidas, pero indecisos, se ha inventado otro tipo de estrategia para no matarse, y para ni siquiera intentarlo. Me refiero a los escritores que, en vez de dar el salto, trasladan el propio suicidio a sus personajes. Así hizo Shakespeare con Ofelia, Romeo y Julieta; Goethe, con el joven Werther; Tolstói, con Anna, y Schnitzler, con el subteniente Gustl. Es raro, pero si uno suicida a alguien en un libro, se experimenta una muerte que de alguna manera sacia la ansiedad por la propia muerte. Lo sé por experiencia propia.
Otros, en cambio, se despiden con ira. Me gusta la furia final de Chatterton: "Adiós, Bristol, inmunda ciudad de ladrillos. / Amantes de la riqueza, adoradores del engaño". Piensa uno en los ladrillos de nuestras ciudades, y lo entiende. Supongo que si el cuerpo no tiene el buen gusto de morirse a tiempo, uno tiene el deber de matarse. Pero mientras llega ese instante de lucidez en las tinieblas habrá que seguir viviendo, aunque tal vez con el mismo sentimiento de culpa que escribió una vez Thomas Bernhard: "Nada he admirado más durante toda mi vida que a los suicidas. Me aventajan en todo. Yo no valgo nada y me agarro a la vida, aunque sea tan horrible y mediocre, tan repulsiva y vil, tan mezquina y abyecta. En lugar de matarme, acepto toda clase de compromisos repugnantes, hago causa común con todos y cada uno, y me refugio en la falta de carácter como en una piel nauseabunda pero cálida, ¡en una supervivencia lastimosa! Me desprecio por seguir viviendo".
- El País -
sábado, 3 de octubre de 2009
Peligro futuro...
La peligrosidad es intrínseca al futuro. Los más notables avances de la civilización son procesos que casi aniquilan a las sociedades en cuyo seno se producen.
– Alfred North Whitehead, matemático y filósofo -
– Alfred North Whitehead, matemático y filósofo -
viernes, 2 de octubre de 2009
jueves, 1 de octubre de 2009
Cómo hacerse millonario...

Cómo hacerse millonario
El empresario estadounidense Robert Kiyosaki dice tener el secreto para que el dinero se multiplique. Y lo comparte con el mundo en un libro, 'Padre rico, padre pobre', que ha sido un fenómeno en su país. Sus enseñanzas llegan a España en plena crisis.
Todos llevamos un millonario dentro". Desde luego, el autor de esta frase es rico. Y no sólo eso, está empeñado en transmitir el secreto de su piedra filosofal a todo aquel que compre su libro. El gurú de las cuentas corrientes plagadas de ceros se llama Robert Kiyosaki, un americano de origen japonés, criado en Hawai, que ha impartido lecciones en juegos de mesa, libros, conferencias y programas televisivos. Eso sí, unas enseñanzas a medio camino entre la economía y la autoayuda. Asegura que la llave, o al menos parte de ella, está encerrada en las páginas del libro Padre rico, padre pobre (Aguilar), un superventas que resistió entre los cinto títulos más vendidos en Estados Unidos durante cerca de seis años y que ha sido traducido a una veintena de idiomas.
Érase una vez un niño cuyo padre ostentaba un doctorado de la Universidad de Stanford y ocupaba un alto puesto en el área de educación del Gobierno del Estado de Hawai. El niño confiesa que eran "pobres". Él quería ser rico como sus compañeros de clase. Junto a su mejor amigo decidió hacer dinero por su cuenta. La fabricación de monedas fundiendo tubos de pasta de dentífrico, evidentemente, no prosperó. Sin embargo, el padre de su amigo vio en aquella aventura de la pareja de escolares mucho potencial. Tenían carne de millonarios, sólo necesitaban una buena educación. El tipo de formación que no ofrecen las universidades ni las escuelas. Se trataba de ir un paso más allá. Aquel chiquillo era Robert Kiyosaki, y el funcionario pobretón, su padre biológico. El rico, que encabeza la mitad del título del exitoso libro, es su mentor, su héroe, el padre de su amigo. Su identidad es aún una incógnita en la que se ceban los detractores del multimillonario autor.
No cabe duda de que Kiyosaki le ha sacado partido a su primer hit. Ahí está la larga lista de títulos que le han seguido. Entre otros: Padre rico, padre pobre para adolescentes; Padre rico, padre pobre, historias de éxito; Padre rico: ¿quién se llevó mi dinero?; Hermano rico, hermana rica -escrito con su hermana, una monja budista- o Mujer rica, la aportación a la biblioteca de su esposa Kim Kiyosaki. Al verla en vivo, cabe pensar si Barbie fue el modelo que inspiró su obra sobre mujeres con fortuna. El encuentro con ella y su esposo tiene lugar en el hotel Michelangelo de la Calle 51 de Nueva York a principios de invierno. Rubia, con media melena, un bronceado uniforme y una dentadura tan blanca que serviría para un anuncio. El matrimonio Kiyosaki tiene centralizado su negocio en Phoenix, Arizona, donde pasan gran parte de su tiempo. Allí está el cuartel general de Rich Dad (Padre Rico), una empresa en la que trabajan una treintena de personas. Viajaron a Nueva York el pasado diciembre para encontrarse con su socio y amigo, el magnate Donald Trump, coautor junto a Robert del libro Why we want you to be rich (Por qué queremos que te hagas rico), publicado hace un año. Robert mide más de un metro ochenta. Viste vaqueros negros y un jersey en tonos oscuros. Luce, como su esposa, un perfecto bronceado. Y como a ella, le gusta sonreír. "La primera vez que vine a esta ciudad a estudiar aviación traje mis camisas hawaianas. Se pensaron que era gay", comenta divertido.
Apenas un mes después de la victoria de Obama y en pleno tsunami financiero, Kiyosaki plantea su balance del estado de la cuestión y hace gala de su pragmatismo. Vaya por delante que a él la política no le interesa. Por si no ha quedado claro, Kiyosaki insiste en que lo suyo es el dinero. En él concentra su energía. "Para entrar en política necesitas tener un carácter especial. A mí no me gustan los políticos, ni Obama, ni McCain", asegura. "Me gustan los empresarios". Ya. Michael Bloomberg suena a ejemplo perfecto. ¿Y Berlusconi? "Bueno, es que él es italiano", sonríe de nuevo Robert.
Kiyosaki no altera su tono al hablar de la crisis financiera. "La peor de la historia", dice. "No han invertido, han jugado a las apuestas contando dinero que no tenían". Señala la Reserva Federal de Estados Unidos como el punto negro del sistema. "Ése es el verdadero problema. Aquí se imprime tanto dinero como considere necesario la Secretaría del Tesoro y se exporta la deuda. Por eso el sistema se ha colapsado".
Deuda, desempleo, congelación de créditos... Kiyosaki asegura estar a salvo. ¿Su receta? Buscar inversiones que reporten beneficios en efectivo. Sólo le interesan los cheques que llegan a su buzón. No quiere complicaciones. "A mí me gustan las cosas tangibles, terrenales, no los asuntos abstractos. Yo quiero ver y tocar. Soy dueño de mis negocios". ¿Y el mítico espíritu emprendedor americano? "El tema de las compañías es un universo distinto. Mi cuadro mental no está en eso", explica.
Las excentricidades de Kiyosaki, sus caprichos, se reducen a una notable colección de relojes y otra de armas. Le gusta cazar. Habla bravucón de su experiencia en Vietnam como de una cacería de hombres, y ni siquiera este tema quiebra su perenne sonrisa. "Regresé hace dos años con mi mujer", confiesa. "Quería hacer las paces con la historia".
Para escándalo de más de un blogger, la cuantía de su fortuna sigue siendo un misterio. A Kiyosaki no le gustan los pleitos. Tampoco la publicidad de sus cuentas. Asegura que oro, petróleo y mercado inmobiliario son su santa trinidad. Busca las áreas geográficas que mejor se ajustan a su estilo de hacer negocios. "Hay Estados que tienen una legislación que controla las subidas de los alquileres, y en Arizona no es así", asegura. "En Phoenix son muy pronegocio; puedes echar a un inquilino en cinco días, algo impensable en lugares como California, Hawai o Nueva York". A continuación, algunos puntos clave para acercarse a su credo:
1. LA ESCUELA DE LA VIDA. Para Kiyosaki todo es cuestión de educación. O, más bien, de lo que él considera las carencias del sistema educativo. Esto fue lo que inspiró su trabajo. Un buen día decidió rellenar esos flagrantes agujeros.
¿Carrera universitaria? ¿Brillante expediente académico? Craso error, dice. "Los adultos deben enseñar a los niños de otra manera. Los profesores no pueden enseñar lo que no saben. Ellos son pobres, están desvalidos y desesperados", afirma convencido. "Bill Gates y Henry Ford dejaron la universidad. El sistema educativo es bueno para la formación de una persona, pero no lo es tanto para los negocios".
2. LA RUINA ES UN BUEN PRINCIPIO. ¿Arruinado? ¿Desahuciado? Pues, según Kiyosaki, si te pilla a buena edad, éste puede ser el principio de una fulgurante carrera en las finanzas. Él ha estado en la ruina absoluta varias veces. "Lo perdí todo, pero era joven y tuve tiempo de recuperarme y de aprender la lección", dice. Con el paso de los años y el éxito de sus libros, el recuerdo de aquellas crisis es francamente positivo. "Todo el mundo tiene problemas económicos. Yo lo he perdido todo tres veces, pero fueron las mejores experiencias de mi vida". Cuenta que la primera vez contaba con 28 años. "Fue por no declarar. Me costó seis años recuperarme. La segunda vez tardé sólo dos. Me hice más listo", cuenta. ¿Algún consejo para aquellos que afrontan hoy su primera ruina? "Lo único que puedo decir es: 'Ten fe, aguanta, ya sabemos que no es fácil'. Los que salgan adelante: atención, no cometan los mismos errores".
3. LA CARRERA DE LA RATA. ¿Empleo fijo? ¿Nómina mensual? Según Kiyosaki, ese dinero fijo, el contrato de asalariado, es la puerta de entrada de lo que él llama "la carrera de la rata". Quizá en estos tiempos de crisis y de desempleo, para muchos, esta ruta perdida, sea más bien una autopista hacia el cielo. Da igual que se trate de un abogado en un lujoso bufete o de una cajera en un supermercado, Kiyosaki lo deja claro: un sueldo fijo por cuenta ajena es un grave impedimento para hacerse millonario.
Hay que aprender a maximizar las cuentas. El objetivo fundamental es hacer que el dinero trabaje para uno y olvidar la idea de trabajar para obtenerlo. ¿Están los trabajadores de su empresa Rich Dad en esta carrera de la rata también? Kiyosaki sonríe, él se ha preocupado personalmente de que no sea así: "No les doy plan de jubilación, sino directamente el dinero para que lo inviertan ellos mismos. Si te dan las cosas hechas no aprendes, y siempre hay que seguir aprendiendo".
4. EL DINERO, CONTANTE Y SONANTE. Antes de emprender su aventura editorial, Kiyosaki inventó un juego de mesa para explicar sus principios: Cashflow. Sobre el tablero, la carrera de la rata de la que los jugadores deben intentar salir a golpe inversiones. El balance ha de ser positivo y el dinero contante. "Yo soy un inversor de efectivo. Sólo quiero saber cuánto me va a rentar cada día", dice. "Puedes tener un millón de dólares en ahorros, como salario, como valor estimado o como efectivo. La gente que ha sido barrida en esta crisis, que ha perdido un millón de dólares, lo ha perdido en la Bolsa. Yo tengo mis ingresos mensuales de mis inversiones". Reconoce que tiene una pequeña cantidad en Bolsa. El resto, negocios pequeños. "Yo quiero un cheque todos los meses. Sin trabajar. Tiene que haber efectivo. Sólo quiero saber cuánto me va a rentar cada día".
5. DIME CON QUIÉN ANDAS. Una importante y complicada lección que conviene aprender cuanto antes es la relativa al binomio socios-negocios. Una de las experiencias más duras a las que Kiyosaki ha tenido que hacer frente ha sido un largo proceso judicial con Sharon L. Lechter, la coautora de Padre rico, padre pobre. "Ahora soy extremadamente cuidadoso a la hora de seleccionar a la gente con la que quiero hacer negocios. Por ejemplo, mi mujer, que es extremadamente inteligente", dice.
¿Y qué tiene que tener el socio ideal? "Lo primero es ver su historial, ver cuántos negocios ha sacado adelante. Luego, siempre tienes que contratar a un abogado que vigile a tu abogado. Hay que desconfiar de quienes dicen ser honestos y lo subrayan. Probablemente están escondiendo algo, son unos tramposos", concluye.
6. EXPLOTA AL MILLONARIO QUE LLEVAS DENTRO. Él está convencido de que todo el mundo puede hacerse rico: "Cualquiera. Dentro de cada uno de nosotros hay un hombre rico, uno de clase media y uno pobre". ¿Y qué es lo que les diferencia? "El rico quiere que el dinero trabaje para él, el de la clase media dice que el dinero no es tan importante, y el pobre quiere que le den dinero". La ambición es clave. Conviene fijarse objetivos. "Lo más importante es tu cabeza, es tu principal valor. Si no cambias tu manera de pensar siempre serás pobre".
'Padre rico, padre pobre' está editado por Aguilar.
- El País -
miércoles, 30 de septiembre de 2009
Belleza...
Al nivel más fundamental, la naturaleza, por alguna razón desconocida, prefiere lo bello.
– David Gross, físico -
– David Gross, físico -
martes, 29 de septiembre de 2009
lunes, 28 de septiembre de 2009
Dandis, bohemios y otros...
Dandis, bohemios y otros arquetipos de lo literario
Un ciclo de conferencias disecciona la vida intelectual de los últimos siglos
Escritores bohemios y malditos, héroes triviales y marginales, esnobs y hombres que anteponen su razón a cualquier poder o moda. El bohemio, el dandi, el esteta y el librepensador son arquetipos literarios que el tiempo ha desdibujado de diferente manera. Cuatro figuras en manos de cuatro escritores dispuestos a diseccionarlas. Fernando Savater, Félix de Azúa, Luis Antonio de Villena y José Carlos Llop analizan, en un ciclo de cuatro conferencias programadas por la Fundación Juan March de Madrid, cuatro figuras que conforman la vida intelectual de los últimos siglos.
Fernando Savater arrancaba el martes con el ciclo de charlas, que ayer continuó Félix Azúa y que se cerrará la semana próxima con De Villena (día 27) y Llop (29). "Todo pensar que no es libre no debe llamarse pensamiento", afirmó Savater ante una sala entregada a una conferencia sabia y chispeante. ¿Y qué significa hoy ser un librepensador?, se pregunta Savater antes de responderse que, frente al elogio público al librepensador, está el poco aprecio "real" por todo el que cuestiona el mundo que le rodea: "Hay gente que adora a los librepensadores del pasado y detesta a los del presente".
El hombre que nace con la edad moderna, el hombre que se "atreve" a pensar y que entra en la edad adulta de la historia al sacudirse la tutela de las autoridades. Irreverente ("el exceso de reverencia es incompatible con el librepensador") y militante ("uno piensa para algo"), Savater cita a Chesterton y la "tiranía" del futuro: "el verdadero librepensador se enfrenta por igual al pasado que al futuro, sobre todo en un mundo en el que nos preocupa más el qué dirán que el qué dijeron. La pasión por agradar está enfrentada al librepensador". Y, finalmente, "lo más difícil de todo: pensar contra uno mismo".
Si el librepensador mueve sus ideas con dificultad por este siglo, el dandi -según el escritor Félix de Azúa, un asunto en apariencia "trivial" pero en realidad muy profundo- lo hace convertido en un esperpéntico esqueleto. "El dandi es una figura que nos prepara para el origen de una mercancía que hasta entonces no existía y que es la del propio cuerpo", afirma Azúa. Si el embrión lo encontramos en figuras como Baudelaire, su traducción en el mundo presente estaría más cerca de la moda o del mundo del corazón.
¿Sus rasgos? El artificio en el plano estético y la inutilidad en el moral, el yo como principio y fin de todo. El dandi formaba parte de la familia de los héroes triviales, inadaptados al sistema, aferrados a los paraísos artificiales de Baudelaire. Asunto fundamental en la filosofía social del siglo XX, Azúa habla de Walter Benjamin y de Giorgio Agamben para definir el viaje al presente de ese arquetipo ("otra de las múltiples figuras construidas por la burguesía para sustituir los valores de una aristocracia decapitada") hoy fatalmente tocado de muerte.
Para el poeta y novelista mallorquín José Carlos Llop, el esteta es "el más nebuloso" de los cuatro arquetipos escogidos. Dividida en dos partes, su disección de la figura arranca con un "merodeo" histórico para luego detenerse en una figura: la del autor de Bearn, obra cumbre de Llorenç Villalonga. "Esteta es una voz que ni siquiera acepta el María Moliner", afirma Llop, que al definir al esteta ("forma fundamental en el artista adolescente") señala obras que por sí mismas definen esa figura. Del Barry Lindon, de Kubrick, a Muerte en Venecia, de Visconti. "En ellas está la voluntad de retener la belleza porque se frena el paso del tiempo. En el esteta está la voluntad de trasladar el paraíso al presente".
Explica el poeta y ensayista Luis Antonio de Villena que todos los arquetipos que se abordan en este ciclo de la Juan March están de alguna manera conectados entre sí. Él analizará el próximo martes al maldito y al bohemio: "La tradición del malditismo, que empieza en el siglo XIX, es un producto del romanticismo, esa idea de la persona que se sentía contraria al orden establecido". Un hombre antisistema total del que es perfecto ejemplo Lord Byron, guapo, rico y tocando siempre el mal, "que para él significa el bien". Una nómina larga de escritores llena de malditos, "porque no es lo mismo un maldito del simbolismo que uno surrealista que uno actual". Finalmente, la bohemia, o lo que se llamó "la golfemia", se enfrenta al ideal de la sociedad de consumo. Hombres que entre la miseria y la más exquisita elegancia querían construir un mundo más cerca de lo artístico y lo excepcional. "Algo", concluye el poeta, "que hoy tanto se ha olvidado".
- El País -
domingo, 27 de septiembre de 2009
Seres predecibles...
Mientras cada individuo puede ser un enigma insoluble, un conjunto de ellos se comporta con exactitud matemática.
– Sherlock Holmes Matemágicas, de Ignacio Soret Los Santos -
– Sherlock Holmes Matemágicas, de Ignacio Soret Los Santos -
sábado, 26 de septiembre de 2009
viernes, 25 de septiembre de 2009
El 'crash' de...

El 'crash' de Zelda y Scott
Simbolizaron una época de excesos y libertades, pero también el crash que rompió el mundo a finales de los años veinte. El mito de Zelda Sayre y Francis Scott Fitzgerald vuelve al primer plano literario con la novela Alabama Song, del francés Gilles Leroy.
Fueron los símbolos máximos de una época en la que pareció que todo era posible, una era que respiraba alcohol prohibido y foxtrot, en la que se empezó a forjar nuestra libertad, un tiempo de felicidad artificial entre el horror de la Primera Guerra Mundial y la barbarie de la Segunda en la que el mundo creyó que podría conseguirlo. Y también encarnaron el crash del 29, cuando el espejismo se rompió en mil pedazos y el mundo se precipitó al vacío. Pero Zelda Sayre (1900-1948) y Francis Scott Fitzgerald (1896-1940), Scott y Zelda, son mucho más que eso, más que la Generación Perdida; representan el mito de la pasión y del desamor, de la literatura que se funde con la vida, simbolizan el éxito y la tragedia, la decadencia y la caída, el alcoholismo y la locura. Y demuestran, como Rimbaud o como Salinger, que la literatura necesita leyendas.
Ernest Hemingway, fundamental a la hora de crear el mito, aunque fue profundamente injusto con Zelda, escribe al final de París era una fiesta: "Muchos años después, en el bar del Ritz, Georges, que ahora es el jefe del bar y que era un botones cuando Scott vivía en París, me preguntó: 'Papá, ¿quién era ese m onsieur Fitzgerald sobre quien todo el mundo pregunta?". Todavía muchos años más tarde, en otro siglo, en otra era, en otro espejismo seguido de otro crash, seguimos preguntando por Scott y Zelda en las barras de los bares de nuestra imaginación.
"Cuando empecé a escribir este libro no sabía que iban a volver los Fitzgerald y con ellos los años veinte y treinta", señala el autor francés Gilles Leroy, cuya novela Alabama Song (RBA), ganadora del Goncourt en 2007, reconstruye la vida de Zelda en primera persona. Pero este libro, que acaba de ser editado en castellano, no es el único indicio del regreso de la pareja. En febrero se estrenará El curioso caso de Benjamin Button, un filme de David Fincher, protagonizado por Brad Pitt y Cate Blanchett, basado en el cuento del mismo título, que Lumen reeditó a finales de 2008 dentro de una recopilación y Navona acaba de sacar en otra. Además, se están preparando versiones cinematográficas de Hermosos y malditos, protagonizada por Keira Knightley (que es hermosa, pero no maldita), y de El gran Gatsby, dirigida por Baz Luhrmann, el barroco realizador de Moulin Rouge y Australia.
"Tenía muchas ganas de hablar de Zelda, también tenía ganas de hablar de esa época. Los Fitzgerald eran una pareja de ensueño. Es verdad que la crisis se parece a lo que contaron en sus libros, pero lo que no siento es la gran explosión de creatividad que marcó los años veinte, cuando se forjó una nueva pintura, una nueva literatura, se cimentó el lenguaje del cine... Ahora tenemos la crisis; pero no la explosión creadora", prosigue Leroy en una entrevista telefónica. "Se parecen mucho en su forma de utilizar los medios de comunicación a las celebridades actuales, en un momento en que esos medios de masas empiezan a surgir. Su utilización de la celebridad es un poco cínica, pero son modernos en muchos planos, incluso en el plano moral. En su forma de romper las convenciones, de quererse, de enfrentarse a la sociedad, porque estamos hablando de la época anterior a Mayo del 68. Lo que atrae de esta pareja es la precocidad, la velocidad y su capacidad para consumir lo que llegaron a tener: felicidad, éxito, dinero".
La obra de Zelda se ha ido apagando y olvidando con el tiempo. Sus cuentos, su novela (Save me the waltz, "resérvame este baile"), sus artículos, su obra de teatro, sus pinturas tienen momentos brillantes, pero no han pasado el examen del tiempo (su personaje sí). Sin embargo, la obra de Scott no para de crecer, de engarzarse con nuestros días y nuestros sueños. Junto a Alabama Song, RBA va a reeditar un libro que reúne cuentos de ambos, Pizcas de paraíso. Algunos aparecieron firmados por Scott, aunque en realidad son obra de Zelda o de los dos. Los relatos de ella tienen momentos brillantes -"lo primero que llamaba la atención de Gay era su forma de comportarse, como si estuviera disfrazada de sí misma"-, metáforas evocadoras -"sus fortunas se levantaron sobre la insaciabilidad de los cazadores de leones de París" o "anduve con ellos bajo las sombras goteantes de la noche parisina, malva y cuarzo rosado bajo las farolas"-; pero les falta algo, el salto a la genialidad que rezuma en la obra de Scott. "La parrilla del Brix en París es uno de esos lugares en los que ocurren cosas -como el primer banco de la entrada sur de Central Park o Herrin, en Illinois-. Allí he visto romperse matrimonios por una frase irreflexiva e intercambios de bofetadas entre una bailarina profesional y un barón inglés y sé personalmente de al menos dos asesinatos que se hubieran cometido allí, si no fuera porque era julio y no había sitio. Incluso los asesinatos requieren cierto espacio y en julio no hay un sitio libre en la parrilla del Brix", es el arranque, difícilmente superable, de 'Un penique gastado', un cuento poco conocido de Scott que, como una parte importante de su obra, transcurre entre extranjeros en Europa.
A su muerte, Zelda escribió: "No existe que yo sepa ninguna personalidad divorciada de su tiempo. La contribución esencial de Scott es haber conseguido dramatizar la desesperanza y la pena de una época, y haber logrado, gracias a un valor trágico, una nueva razón de ser". En su necrológica, The New York Times ya hablaba de él como escritor pero también como mito. "La vida y la obra de Fitzgerald encarnaron a 'todos los jóvenes tristes' de la generación de la posguerra
[Estados Unidos todavía no había entrado en la Segunda Guerra Mundial]. Con la habilidad de un reportero y el talento de un artista, capturó la esencia de un periodo en el que las flappers [las chicas de los años veinte que Zelda encarnó] y la ginebra, los 'hermosos y malditos' fueron los máximos símbolos de una era sin preocupaciones". Pero esta inmensidad de la leyenda es también su kriptonita. "Los Fitzgerald eran figuras fantasmales que surgían de una era que había desaparecido, pero su impacto en la imaginación de Estados Unidos se ha mantenido", escribe Nancy Milford en Zelda. A biography, publicada por primera vez en 1970 y que, además de convertirse en un best seller y de ser finalista del Pulitzer, rescató la figura de Zelda de la larga sombra de Scott.
"El éxito del mito ha devaluado la estatura del hombre y desvalorizado la obra. F. Scott Fitzgerald creó sus propias leyendas. Su vida domina su obra. Se convirtió en un arquetipo o más bien en un conjunto de arquetipos que se pisan los unos a los otros. Es el escritor alcohólico, el novelista arruinado, el genio derrochado, la encarnación de la Era del Jazz, una víctima sacrificada en el altar de la depresión", afirmó Matthew J. Bruccoli, el mayor estudioso de la obra de Scott y Zelda, fallecido el año pasado ("quiere tanto a sus autores que si encontrara todas sus facturas de la tienda de ultramarinos creo que las publicaría", dijo sobre él la única hija de la pareja, Frances Scott Scottie Fitzgerald (1921-1986), que también se empleó a fondo para tratar de iluminar los rincones que se esconden detrás del mito).
Basta, de nuevo, con un párrafo, en este caso de 'Ecos de la Era del Jazz' (recogido en El Crack-Up), escrito en noviembre de 1931, para comprobar como la voz de Scott Fitzgerald resurge desde el crash y desde las ruidosas orquestas para hablarnos de nuestro tiempo. "Ahora tenemos apretado el cinturón una vez más y ponemos la expresión de horror adecuada cuando volvemos la vista hacia nuestra desperdiciada juventud. A veces, sin embargo, hay un rumor fantasmal entre los tambores, un susurro asmático en los trombones que me devuelve a los primeros años veinte, cuando bebíamos alcohol de madera y cada día, en todos los aspectos, nos hacíamos mejores y mejores, y hubo un primer intento abortado de acortar las faldas y las chicas parecían todas iguales con sus vestidos suéter y personas que uno no quería conocer cantaban: 'Yes, we have no bananas', y parecía sólo una cuestión de unos pocos años que la gente se hiciera a un lado y dejara que el mundo lo manejaran quienes veían las cosas como eran -y todo eso nos parece rosado y romántico, a nosotros, que entonces éramos jóvenes- porque no sentiremos tan intensamente lo que nos rodea nunca más".
¿Cuál es la realidad que se esconde detrás de la leyenda? ¿Quiénes fueron de verdad Scott y Zelda? Llegaron a ser tan famosos que existen cientos de documentos, una parte importante de ellos recopilados en el precioso volumen ilustrado The romantic egoists, coordinado por el omnipresente Bruccoli (también le debemos la edición de las obras completas de Zelda y de Pizcas de paraíso, una gruesa biografía de Scott y decenas y decenas de artículos) y por Scottie y editado por la Universidad de Carolina del Sur. Pero, hasta la irrupción de Nancy Milford, Zelda fue una gran desconocida, a la que Hemingway acusaba prácticamente de arrastrar con su locura a Scott hacia el alcohol.
"Zelda respondía a la tipología de la niña traviesa que pululaba por la literatura infantil de principios de siglo: una chica atractiva pero indómita, que mostraba todos los indicios de rebeldía ante las convenciones del tradicional papel femenino", escribe la crítica Kyra Stromberg en Zelda y Francis Scott Fitzgerald (Muchnik Editores, 2001). Nancy Milford arrancó a un compañero de escuela, en una reunión de antiguos alumnos a la que asistió, una definición que resumía su belleza, su fuerza y su atractivo: "Zelda era una kingmaker", una hacedora de reyes.
Zelda pertenecía a una buena familia de Montgomery, la capital de Alabama, y nació cuando la Guerra Civil (1861-1865) era todavía un recuerdo cercano en esta aletargada ciudad del Viejo Sur, donde estuvo brevemente la capital de la Confederación. De hecho, el único museo dedicado a la pareja se encuentra en el mismo barrio de la familia Sayre, una zona elegante, de mansiones sureñas, olor a magnolias y un cielo que, como describe Gilles Leroy, es "tan azul y tan triste que explica perfectamente por qué el blues se llama blues". El museo, en el 919 de Felder Avenue, está en un piso en una casa de ladrillo rojo mucho más anodina que otras mansiones que parecen sacadas de Lo que el viento se llevó, en la que la pareja vivió unos meses entre 1931 y 1932. "A este lado del paraíso. El único museo del mundo dedicado a Scott y Zelda. Pertenecen al mundo", puede leerse en un cartel cerca de la entrada. Es un barrio plácido, que dormita bajo el calor intenso del Viejo Sur, la temperatura de la historia y del aburrimiento, y es una de las pocas zonas agradables de Montgomery (la ciudad en la que, por otra parte, comenzó el movimiento por los derechos civiles en los cincuenta).
Fitzgerald, un joven católico de provincias, nacido en Minnesota; aunque estudió en la patricia universidad de Princeton, de origen irlandés, guapo y elegante, aunque un poco enclenque, conoció a la bella Zelda en el verano de 1918, cuando estaba en el Ejército, en Camp Sheridan, cerca de Montgomery. Fue un encuentro digno de novela rosa, que parece sacado de uno de los grandes cuentos de Scott, 'La última belleza sureña'. "Mientras bailaban en la pista, los tres músicos de la orquesta tocaban Cuando te hayas ido de una manera imperfecta y conmovedora, que me parece estar oyendo ahora mismo, como si de cada compás brotara un precioso minuto de aquel tiempo. A mi alrededor se fraguaban sin cesar parejas de organdí y verde oliva. Era una época de juventud y de guerra y nunca hubo tanto amor como entonces".
Fue un noviazgo complicado. Se casaron el 3 de abril de 1920 en Nueva York, apenas una semana después de que Scott hubiese publicado su primera novela, A este lado del paraíso, que se convirtió rápidamente en un gran éxito. Se bebieron todo Manhattan y alrededores ("Nueva York tenía toda la iridiscencia del comienzo del mundo", escribe Scott en El Crack-Up). En 1921, viajan por primera vez a Europa mientras su fama va creciendo y Scott comienza a ganar mucho dinero con sus cuentos. En 1925, publica El gran Gatsby, lo más parecido que existe a la mítica Gran Novela Americana, y conoce a Ernest Hemingway en París. "Su talento era tan natural como el dibujo que forma el polvillo en un ala de mariposa. Hubo un tiempo en que él no se entendía a sí mismo como no entiende a la mariposa, y no se daba cuenta cuando su talento estaba magullado o estropeado. Más tarde tomó conciencia de sus vulneradas alas y de cómo estaban hechas, y aprendió a pensar pero no supo ya volar, porque había perdido el amor al vuelo y no sabía hacer más que recordar los tiempos en que volaba sin esfuerzo", escribió el autor de El viejo y el mar.
Sin embargo, como describieron Zelda en Save the waltz y Scott en Suave es la noche, detrás de esta fachada comenzaba a fraguarse la tragedia. Nancy Milford cree que una infidelidad de Zelda con un aviador francés, en el verano de 1924, "había roto la confianza entre ellos en su matrimonio". Leroy, que describe con todo el dolor de Zelda aquel verano en su Alabama Song, cree que la auténtica ruptura fue mucho más profunda y tardó mucho más en fraguarse.
"Muchos lectores, y sobre todo lectoras, enamorados de Fitzgerald han chocado con el libro porque dicen que ofrece una visión demasiado crítica de Scott. Primero, creo que hay mucha gente que confunde a Robert Redford en la versión cinematográfica de El gran Gatsby con el propio autor. Y luego, yo no he inventado nada: son cosas que ocurrieron, es lo que hizo. Fue un hombre, un ser humano", señala el novelista francés, quien cree que la clave del final está precisamente en que ella publicase Save me the waltz antes de que él terminase su novela sobre el mismo tema, Suave es la noche. "Una de las cosas apasionantes de Zelda es que ninguno de los testimonios que hay sobre ella concuerda, cada uno veía a una persona diferente. Lo que encuentro terrible y a la vez apasionante es la rivalidad que acaba por convertirse en un infierno. Zelda es un personaje muy complejo, que trata de escribir, de bailar, pero que luego rechaza el contrato más importante de su vida, que pinta, que luego destruye una parte de su obra, su conducta parece que le lleva voluntariamente hacia el fracaso. Hay muchos elementos que dan la impresión de que ella no quiso triunfar, realizarse".
En 1930, Zelda comenzó su largo viaje hacia la noche de la locura con su primer ingreso en un psiquiátrico. El resto de su vida se convertiría en una larga sucesión de entradas y salidas, aunque siguió escribiendo, pintando. La larga tragedia de los años treinta acabó con Fitzgerald muriendo en 1940 de un ataque al corazón en el apartamento de su pareja, la periodista Sheila Graham, en Hollywood. "Dicen que la locura nos separó. Es justo lo contrario: nuestra locura nos unía. Es la lucidez la que nos separa", señala el personaje de Zelda en Alabama Song. En 1948, un fuego en el psiquiátrico de Asheville (Carolina del Norte), donde estaba ingresada, acaba con la vida de la última Belleza del Sur. Hasta 1975 no serían enterrados en la misma tumba, en Rockville (Maryland). Su epitafio es el final de El gran Gatsby: "Y así seguimos adelante, botes contra la corriente, empujados incesantemente hacia el pasado". También podría haber sido la primera frase de El Crack-Up -"toda vida es un proceso de demolición"- o, por qué no, la última de 'Éxito prematuro', otro artículo autobiográfico que publicó en Squire en 1937: "Nunca he vuelto a ser como durante aquel periodo tan breve en el que él y yo fuimos la misma persona, en que el futuro realizado y el pasado anhelante se fundían en un sólo momento esplendoroso: en que la vida era literalmente un sueño".
Porque al final quedan las palabras de Scott y Zelda, sus sombras, y la triste esperanza de que hubo un momento, en algún rincón perdido de los años veinte, en que la vida fue un sueño. "Piensa en cuánto me quieres. No te voy a pedir que me quieras siempre como ahora, pero sí te pido que lo recuerdes. Pase lo que pase siempre quedará en mí algo de lo que soy esta noche", dice el personaje de Nicole en la más triste de las novelas de Scott, Suave es la noche, en una certera definición de lo que representa un verdadero amor: algo que, ocurra lo que ocurra, se queda con nosotros para siempre. Podemos decir algo parecido de los grandes escritores y de sus leyendas. Tras pasar por la vida y por la obra de Scott y Zelda, siempre quedará algo de ellos en nosotros.
Bibliografía
Francis Scott Fitzgerald ha tenido mucha suerte con las traducciones al castellano. Zelda no ha tenido suerte ni con las traducciones ni con las ediciones, ya que casi toda su obra permanece inédita, salvo los cuentos de Pizcas de paraíso y su correspondencia -Querido Scott, querida Zelda (Lumen) o Cartas de amor y de guerra (Mondadori).
Sin embargo, muchas de las ediciones castellanas de la obra de Scott son un auténtico lujo. Juan Benet sólo tradujo un libro en su vida, A este lado del paraíso (Alianza); Justo Navarro hizo para Alfaguara una insuperable recopilación y traducción de sus cuentos en dos tomos; Mariano Antolín Rato ha traducido El Crack-Up y La historia de Patt Hobby (Anagrama), mientras que Enrique Murillo hizo una versión El crucero de la chatarra rodante para la misma editorial. José Luis López Muñoz ha traducido El gran Gatsby y Hermosos y malditos.
Gilles Leroy. Alabama Song. Traducción de María Teresa Gallego Urrutia. RBA. Barcelona, 2009. 192 páginas. 18 euros. Francis Scott Fitzgerald. Benjamin Button y otros cuentos. Lumen. Barcelona, 2008. 272 páginas. 18,90 euros. Los mejores cuentos de Francis Scott Fitzgerald. Traducción de Vicente Campos y Gemma Martínez. Navona. Barcelona, 2009 (sale en febrero). Zelda y Scott Fitzgerald. Pizcas de paraíso. RBA. Barcelona 2008 (sale en febrero).
- El País -
jueves, 24 de septiembre de 2009
Es el amor...
“Ye l’amor lo que mata, ye lo duel, ye l’amor lo que espero, ye l’amor lo que destrui”
“Es el amor lo que mata, es el amor lo que duele, es el amor lo que espero, es el amor lo que destruye”
“Es el amor lo que mata, es el amor lo que duele, es el amor lo que espero, es el amor lo que destruye”
miércoles, 23 de septiembre de 2009
martes, 22 de septiembre de 2009
Los mejores libros de ciencia-ficción según...
Los 70 mejores libros de ciencia-ficción según Menéame
La lista de los 10 mejores libros de ciencia-ficción según el Times que publicamos esta semana ha llegado a portada de la red menéame, donde ha causado un estupor similar al que nos provocó a nosotros (que se olvidaran de Asimov y Clarke en beneficio de Doris Lessing sólo es imputable a la excentricidad británica). Más de 100 meneadores han contribuido con sus enmiendas a la lista sumando 70 recomendaciones de títulos que como fans de la web 2.0 procedemos a recoger aquí.
Los primeros 25 títulos siguen un orden aproximadamente jerárquico, en función de las veces que los usuarios de menéame los mencionan. A partir de ahí son libros recomendados por un único usuario y la clasificación es aleatoria. En algunos casos se da el título de una saga en lugar de una obra concreta.
1) ‘Fundación’, de Isaac Asimov
2) ‘Dune’ de Frank Herbert
3) ‘Solaris’ de Stanislav Lem
4) ‘Cita con Rama’ de Arthur C. Clarke
5) ‘Fiasco’, de Stanislav Lem
6) ‘Fahrenheit 451’ de Ray Bradbury
7) ‘Contacto’ de Carl Sagan
8) ‘Valis’ de Philip K. Dick
9) ‘Neuromante’ de William Gibson
10) ‘Hyperión’ de Dan Simmons
11) ‘El juego de Ender’ de Orson Scott Card
12) ‘Los propios dioses’ de Isaac Asimov
13) ‘Ciberiada’ de Stanislav Lem
14) ‘El fin de la Infancia’ de Arthur C. Clarke
15) ‘La guía del autoestopista galáctico’ de Douglas Adams
16) ‘Estación de tránsito’ de Clifford D. Simak
17) ‘Mundoanillo’ de Larry Niven
18) ‘El invencible’ de Stanislav Lem
19) ‘Crónicas marcianas’, de Ray Bradbury
20) ‘Huevo de dragón’ de Robert L. Forward
21) ‘Yo, robot’ de Isaac Asimov
22) ‘Ubik’, de Philip K. Dick
23) ‘Sirio’, de Olaf Stapledon
24) ‘20.000 leguas de viaje submarino’, de Julio Verne
25) ‘El Fin de la Eternidad’ de Isaac Asimov
26) ‘El rebaño ciego’, de John Brunner
27) ‘Las estrellas de mi destino’, de Alfred Bester
28) ‘Ciclo de Tschai’ de Jack Vance
29) ‘Diarios de las estrellas’, de Stanislav Lem
30) ‘1984’, de George Orwell
31) ‘El hombre en el castillo ’ de Philip K. Dick
32) ‘Un abismo en el cielo’ de Vernor Vinge
33) ‘Flores para Algernon’ de Daniel Keyes
34) ‘Tropas del espacio’ de Robert A. Heinlein
35) ‘La máquina del tiempo’ de H. G. Wells
36) ‘Gente de Barro’ de David Brin
37) ‘Cánticos de la lejana Tierra’ de Arthur C. Clarke
38) ‘Fábulas de robots’ de Stanislav Lem
39) ‘¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?’ de Philip K. Dick
40) ‘La radio de Darwin’ de Greg Bear
41) ‘Pórtico’ de Frederik Pohl
42) ‘La rueda celeste’ de Ursula K. Le Guin
43) ‘Líneas Muertas’ de Greg Bear
44) ‘La feria de las tinieblas’ de Ray Bradbury
45) ‘Cántico por Leibowitz’ de Walter M. Miller Jr
46) ‘La Saga de Chanur’ de C. J. Cherryh
47) ‘Marciano vete a casa’ de Fredric Brown
48) ‘La naranja mecánica’ de Anthony Burgess
49) ‘La paja en el ojo de dios’ de Larry Niven
50) ‘La voz de los muertos’ de Orson Scott Card
51) ‘La guerra de los mundos’ de H. G. Wells
52) ‘La Cultura’ de Iain Banks
53) ‘Neverness’, de David Zindell
54) ‘Los señores de la instrumentalidad’, de Cordwainer Smith
55) ‘Snowcrash’ de Neal Stephenson
56) ‘Muero por dentro’ de Robert Silverberg
57) ‘Historia del futuro’ de Robert A. Heinlein
58) ‘El libro del día del juicio final’ de Connie Willis
59) ‘Campo de concentración’ de Thomas M. Disch
60) ‘La mano izquierda de la oscuridad’ de Ursula K. Le Guin
61) ‘Forastero en tierra extraña’ de Robert A. Heinlein
62) ‘La guerra interminable’ de Joe Haldeman
63) ‘La luna es una cruel amante’, Robert A. Heinlein
64) ‘La carretera’ de Cormac McCarthy
65) ‘El quinto día’ de Frank Schätzing
66) ‘El Día de los Trífidos’, de John Wyndham
67) ‘Ciudad’ de Clifford D. Simak
68) ‘Los amantes’ de Philip José Farmer
69) ‘Criptonomicon’ de Neal Stephenson
70) ‘Dios emperador de Dune’ de Frank Herbert
Queda claro con esta lista que el autor favorito de los meneadores es Stanislav Lem, seguido a cierta distancia por Isaac Asimov y tras ellos Dick, Clarke, Heinlein y Bradbury. Sería imposible acreditar a todos los usuarios que han contribuido así que remitimos a los comentarios del enlace a menéame.
lunes, 21 de septiembre de 2009
El amor en los hombres...
"El amor en los hombres reflexivos, callados y virtuosos, prende, casi siempre, con fortaleza"
- Armando Palacio Valdés -
- Armando Palacio Valdés -
domingo, 20 de septiembre de 2009
sábado, 19 de septiembre de 2009
El top 20 de...
El top 20 de "literatura geek"
La guía del autoestopista galácticoEl fenómeno de internet ha acarreado invariablemente un movimiento con un término quizá confuso para el común de los mortales pero perfectamente válido en el ámbito en el que se mueven: los denominados “geeks” (no confundir con friki).
No os aburriré con la definición de esta palabreja (puedes ver qué se cuece en la Wikipedia: ¿qué es un geek?). Pero no cabe duda de que el nicho que abarca es amplísimo, y para ello The Guardian organizó una encuesta con tal de sentar las bases de la “literatura geek”: un top 20 repleto de ciencia ficción y las distopías ya clásicas.
Sin más dilación, el top 20 de “literatura geek”:
01. La guía del autoestopista galáctico – Douglas Adams
02. 1984 – George Orwell
03. Un mundo feliz – Aldous Huxley
04. ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? – Philip Dick
05. Neuromante – William Gibson
06. Dune – Frank Herbert
07. Yo, robot – Isaac Asimov
08. Fundación – Isaac Asimov
09. El color de la magia – Terry Pratchett
10. Microsiervos – Douglas Coupland
11. Snow Crash – Neal Stephenson
12. Watchmen – Alan Moore & Dave Gibbons
13. Criptonomicón – Neal Stephenson
14. Pensad en Flebas – Iain M Banks
15. Forastero en tierra extraña – Robert Heinlein
16. El hombre en el castillo – Philip K Dick
17. American Gods – Neil Gaiman
18. La era del diamante – Neal Stephenson
19. The Illuminatus! Trilogy – Robert Shea & Robert Anton Wilson
20. Trouble with Lichen – John Wyndham
- http://www.papelenblanco.com -
viernes, 18 de septiembre de 2009
El fútbol y la prensa de corazón es...
El fútbol y la prensa de corazón es el opio del pueblo.
- Charles Smith -
- Charles Smith -
jueves, 17 de septiembre de 2009
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