lunes, 22 de septiembre de 2008

El chico malo...


El chico malo de Saint-Germain


Frédéric Beigbeder escribe desde la cólera. El novelista francés, de 43 años, es también creativo publicitario y televisivo, dj, actor... y un fenómeno mediático. Sus libros son collages de frases magnéticas. Ahora publica Socorro, perdón, un retrato atroz del nuevo capitalismo


Un lunes del pasado mes de febrero, el novelista Frédéric Beigbeder cruzó a las tres de madrugada el umbral de Le Baron, el sofisticado local de moda de París, para fumar un cigarrillo en la desierta avenida Marceau y, de paso, ventilarse unas rayas sobre el capó del primer coche que encontró. Inmenso error. Minutos más tarde era detenido con 2,6 gramos de cocaína en el bolsillo por una pareja de flics de paisano. Intentó huir a la carrera. Apenas sirvió para agravar la situación. "Fue horrible, pasé la noche en la comisaría del distrito VIII; en una celda más pequeña que este lugar" (y con el cuchillo de la mantequilla dibuja un rectángulo invisible en torno a la mesa que ocupamos en Chez Allard). "A la mañana siguiente, el fiscal me reconoció y se propuso dar un escarmiento. Me iba a enterar. La noticia se filtró a la prensa y me encerraron en la Conciergerie, la fortaleza donde estuvo recluida María Antonieta. Al tercer día me soltaron. Ahora tengo que ser bueno e ir a terapia. Pero lo que son las cosas, semanas más tarde, Sarkozy entregaba a mi hermano Charles las insignias de caballero de la Legión de Honor por su trayectoria empresarial en el palacio del Elíseo. Y allí estaba yo. En primera fila. Con mi familia. Frente al presidente. ¡Estuve a punto de meterme un tiro de coca en su exclusivo retrete!".

Es la metáfora de su vida. A mitad de camino del Elíseo y las celdas del Palacio de Justicia; las elegantes veladas en Cannes y los burdeles decadentes; los salones literarios y la telebasura; el Goncourt y miss camiseta mojada. Frédéric Beigbeder, de 43 años, es el último chico malo de Saint-Germain-des-Prés. En cuyas entrañas habita desde que tiene uso de razón. A unos pasos del Café de Flore y frente al portalón donde vivieron Sartre y Simone de Beauvoir. Es su territorio. Aquí come, viste y se emborracha. "Conozco a los camareros y los panaderos, es una vida fácil". Escritor, crítico literario, creativo publicitario, dj, actor, columnista, editor, busto parlante, asesor político, hombre anuncio. "Hago muchas cosas muy deprisa por pura pereza, para acabar pronto, para no cansarme; fue un consejo que me dio una madrugada Roland Topor".

Un fenómeno mediático en Francia. Amado y odiado a partes iguales. Con más fans que lectores. Un profesional del marketing de sí mismo. Bernard Pivot, padre de la mítica emisión literaria Apostrophes, le definía recientemente como "un payaso y un escritor; aunque cada vez menos payaso y cada vez más escritor". Es cierto, Beigbeder está ahogado por su personaje. No puede andar unos metros por París sin que los transeúntes le saluden o denigren. No le molesta. Es muy educado. "Es lo que nos diferencia de los animales". Unos jóvenes le fríen a clics con un móvil frente a un paredón de la Rue de Buci. Sonríe. "No comprendo a esas personas que buscan la fama durante años y cuando la conquistan se quejan. Hay que salir para estar en contacto con la gente, para ver, para escuchar. Un escritor no puede ser un monje. No creo que el escritor tenga que estar metido en casa a las ocho de la tarde para hacer el crucigrama de Le Monde. Que renuncie a vivir para escribir. A Kafka le encantaba divertirse. Hay escritores agonizantes y doloridos, como Flaubert y otros hedonistas hasta el final, como Baudelaire. En el centro estaría Proust, un hombre de largas fiestas nocturnas y también de encerrarse a escribir. Es mi modelo. Trabajo de día, salgo de noche y duermo poco; pero hacer la fiesta no es lo opuesto a hacer un buen libro".

PREGUNTA. ¿Le preocupa no ser tomado en serio como novelista? ¿Ser superado por la frivolidad de su personaje?

RESPUESTA. Yo me desdoblo. Mi vida es seria, trabajar; y luego hay un personaje mediático, de televisión; un tipo tan artificial como la publicidad. Y no voy a luchar contra eso. Además, la televisión me paga muy bien. Una noche de copas conocí en el Club Mathis a Françoise Sagan, a la que siempre se asoció con la droga, el alcohol, la juerga y los Aston Martin. Y me dijo que toda la vida había luchado contra esa imagen en vano. Françoise se empeñaba en decir: "Lean mis libros; vean mi trabajo". Y nadie hacía caso. Era una pérdida de tiempo. Yo no me quejo. Soy un fiestista y ahí están mis libros.

P. ¿Usa drogas para escribir?

R. Escribí un libro tomando éxtasis (Nouvelles sous ecstasy, Gallimard, 1999). Escribir con drogas es agradable pero retrasa la escritura y la reemplaza. La droga empeora mi escritura. Es demasiado buena. Hay escritores con su escritura definida por la droga, Burroughs, Hunter Thompson..., pero a mí no me vale. La coca me hace escribir frases muy cortas y el vodka frases muy largas. Y el éxtasis me provoca problemas con la puntuación. Me quedo con el vino y la cerveza.

Autor de miles de artículos, decenas de reclamos publicitarios y ocho novelas. De 13,99 euros (Anagrama y Quinteto), una cruel sátira del mundo de la publicidad escrita desde el epicentro del negocio y que provocó su despido fulminante de la agencia en la que prestaba sus servicios, vendió más de 400.000 ejemplares en Francia y cerca de un millón en todo el mundo. Traducida a 35 idiomas. Finalista del Premio Goncourt. Ya es película. Windows of the World (Anagrama), pergeñada en el último piso de la Tour Montparnasse, al rebufo de los atentados contra las Torres Gemelas, fue su tercera novela traducida al español y la más intimista y conmovedora; también fue finalista del Goncourt: "Soy un niño de nueve años y los niños no ganan el Goncourt. Además, a nadie le importa el Goncourt. Ya ni siquiera da que hablar. Pregunte quién ganó el año pasado y escuchará un incómodo silencio".

En esa época llegaría también a España su amarga El amor dura tres años (Anagrama y Quinteto), escrita en 1997 en plena crisis sentimental. Y en estos días acaba de ver la luz Socorro, perdón (Anagrama). 100.000 ejemplares vendidos en su país. Traducida a diez idiomas. Una nueva y mordaz emboscada contra el capitalismo; en esta ocasión contra el mundo de las modelos adolescentes reclutadas al precio que sea para vender lo invendible; ambientada en una desenfrenada Rusia hipercapitalista de sexo, orgías, droga y sicarios de gatillo fácil. Todo adobado con la personal búsqueda de Dios de este católico de continua ida y vuelta. "El sistema ultraliberal nos está llevando a consumir seres humanos. Utiliza la belleza de mujeres cada vez más jóvenes para vender cremas y yogures. Es un nuevo tipo de pedofilia. Y nadie parece darse cuenta. Es lo que llamo el fashismo, una mezcla de fashion y fascismo. No se puede dejar todo a merced del mercado. Destruye a las personas. Lo he visto en la publicidad y la televisión. Hay que poner límites. Yo he trabajado para el partido comunista y para Danone. Las reuniones con sus líderes eran muy diferentes: los comunistas contaban con un sueño, equivocado o no; pero con poesía; los ejecutivos de Danone sólo pensaban en manipular a la gente para vender lo máximo posible en el menor tiempo posible".

Este discurso anticapitalista está pronunciado ante un excelente Borgoña, unos espárragos recién arrancados de la tierra y un buen foie. Su jersey es de Zadig & Voltaire; sus viejos botines, Lobb; la chaqueta, Prada. ¿Un capitalista anticapitalista? ¿Un revolucionario de salón? Efectivamente, monsieur Beigbeder es un gran burgués de la rive gauche. Un niño bien. Bien educado y mejor leído. Pero también un quintacolumnista. Un adicto al lujo y al hedonismo desenfrenado del show business, que retrata al tiempo con crueldad esa forma de vida. Un testigo de cargo. "Los grandes escritores cuentan una historia a partir de un mundo que desconocen. Es el caso de Jonathan Littell con Las benévolas, en la que describe el nazismo, el auténtico imperio del mal, como si fuera La guerra de las galaxias. El resultado es sobrecogedor. Yo no soy así; busco mi camino; no cuento nada que me sea desconocido; cuento mi época; la civilización del consumo; hago novelas de mi tiempo; lo que toco y lo que veo. Todo lo que escribo, como hacía Colette, tiene que ser real. Eso me ha pasado con Socorro, perdón. Conozco ese mundo de la belleza artificial. Escribo desde la cólera. Cólera de cómo venden productos a costa de lo que sea; de cómo manipulan el cuerpo femenino para venderlos. Como hubo cólera contra la publicidad en 13,99 euros. Por eso se titulaba así: escribir una novela cuyo título fuera su precio resumía todo; que los seres humanos como las obras de arte o un par de zapatos están hoy definidos por su precio, salario, tique de caja. Yo escribo para provocar algo en mi vida y en la de mis lectores. Odiaba el mundo de la publicidad, quería escapar, escribí 13,99 euros, me despidieron y me hicieron el favor de mi vida. ¡Ya era novelista!".

Beigbeder es un fabricante de frases brillantes. Saltó a la fama en 1994 con un eslogan para Wonderbra. Bajo la fotografía de una bellísima Eva Herzigova, ojos azules y sujetador negro, escribió: "¡Mírame a los ojos! ¡He dicho a los ojos!". Arrasó. Sus novelas son collages de frases magnéticas. Desde joven ha tomado notas en pequeñas libretas de bolsillo (Muji o Moleskine). Mejor capturadas de madrugada. Mejor aún si son diálogos de pareja. En una habitación de su recóndito y elegante tríplex del distrito VI guarda montañas de esos carnés cubiertos de párrafos ilegibles. "Es mi método de trabajo. Luego transcribo esas notas al ordenador y la historia se va organizando en mi cerebro. Tiene algo de periodismo. O de panfletismo. Al final, la novela resultante, como decía Hemingway, es la punta de un iceberg de un trabajo de documentación; el resto, un misterio que se desvanece".

Cuando comenzó a tomar aquellas primeras notas, apenas un adolescente, Beigbeder no pensaba que un día sería escritor. Su destino era servir a Francia. Y ganar dinero. Hijo de un famoso y adinerado cazatalentos francoamericano y de una aristócrata traductora de novelas rosas, Frédéric fue educado en la mejor tradición republicana: cultura gastronómica y literaria, los mejores liceos y la elitista Sciences Po (el Instituto de Estudios Políticos de París). Todo sin salir del barrio. Siempre entre el jardín de Luxemburgo y el Sena. El siguiente paso lógico era ingresar en la ENA, la Escuela Nacional de Administración. Suspendió. Había dormido poco. En aquel 1987, Beigbeder ya era presidente del Caca's Club, el Club des Analphabètes Cons mais Attachants (analfabetos gilipollas pero atractivos). Un lobby de 400 señoritos juerguistas en edad universitaria que arrasaban París con sus fiestas mensuales. Las organizaban los dos hermanos Beigbeder, que conseguían una comisión por cada consumición. De ahí pasaría al mundo de la crónica mundana en Globe y Glamour y haría prácticas en un banco de negocios en Nueva York antes de recalar en la publicidad de nuevo en París con escapadas en la crítica literaria en Voici, Elle, Le Figaro, Le Monde o Lire; la televisión como tertuliano, guionista y presentador y, por fin, la literatura, como novelista y con una incursión de tres años como director editorial de Flammarion entre 2003 y 2006. "Mis enemigos piensan que vivo sin escribir. Se equivocan. Escribir es el mejor medio que conozco de comer. Escribo porque no puedo parar de escribir. Y necesito un patrocinador. Porque ser rico con la literatura te obliga a hacer siempre el mismo libro de éxito para mantener el éxito. Y yo quiero hacer otros libros. Y eso que no tengo necesidad de un yate ni un avión privado, como Sarkozy".

P. ¿No le gusta Sarkozy? ¿No fue miembro del Caca's?

R. Mi hermano le conoce. Yo le entrevisté en Canal +. Y nunca fue a nuestras fiestas. Francia ha caído en picado desde que le hicieron ministro del Interior en 2002. Ha creado un Estado policial. No se puede fumar en público; si bebes, te detienen; si te drogas, acabas en la cárcel. ¿Cuál será la próxima ocurrencia de Sarkozy? ¿Nos va a prohibir el foie?

Capaz de desnudarse en televisión, llegar borracho a un debate en la Academia o convertirse en consejero político del líder del Partido Comunista Francés Robert Hue en las presidenciales de 2002 (obtuvieron el 3,37% de los votos) y arrasar entre las veinteañeras del star system, Beigbeder es el mejor personaje de Beigbeder. Sus novelas están repletas de sus andanzas camufladas bajo los seudónimos de Oscar Dufresne, Octave Parango o Marc Marronier. Siempre un dandi cínico, cocainómano y sentimental. Con el elegante desaliño de su admirado Gainsbourg. París es el escenario. Su experiencia de dj, la banda musical. Su infancia, amores, prostitutas; su selecto guardarropa y hasta la carísima televisión Bang & Olufsen que preside el salón de su casa adornan las páginas de sus novelas. Es una mezcla de ficción y desgarrada autobiografía que el novelista Michel Houellebecq ha bautizado como autoficción prospectiva. Beigbeder resume ese ejercicio literario comparando a sus Octave Parango y Marc Marronier con el Harry Chinaski de Bukowski; el Nathan Zuckerman de Philip Roth o el Dick Diver de Scott Fitzgerald. "Un escritor debe correr el riesgo de desnudarse; ésta es una época en que la literatura debe romper las reglas de lo bien visto por la sociedad. Amo la literatura de confesión. Pero nunca hay un Frédéric en mis novelas; hay un Marc o un Octave. Uso mi intimidad dentro de unos acontecimientos ficticios. Soy y no soy". -

Frédéric Beigbeder. Socorro, perdón.Traducción de Jaime Zulaika. Anagrama. Barcelona, 2008. 256 páginas. 17 euros.

- El País -

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