lunes, 2 de marzo de 2009

El soldado y el superviviente...


El soldado y el superviviente
Una desoladora y vibrante conversación entre los escritores Arkadi Bábchenko y Emir Suljagic sobre sus respectivas experiencias en Chechenia y Srebrenica

Los dos son jóvenes, vitales y amables. No llaman la atención especialmente por ningún rasgo pero comparten algo estremecedor en el fondo de los ojos. Cuando uno se asoma a sus miradas, ahí está lo que los hace tan singulares, una sombra, un muro, una pena indefinible, un peso, una marca. El ruso Arkadi Bábchenko (Moscú, 1977), que fue soldado y peleó en Chechenia, y el bosnio musulmán Emir Suljagic (Ljubovija, 1975), superviviente de la matanza de Srebrenica, han experimentado en su propia carne, aunque con perspectivas radicalmente diferentes, el horror de la guerra. Ambos han puesto su experiencia en sendos libros conmovedores: La guerra más cruel y Postales desde la tumba, respectivamente (los dos en Círculo de Lectores). Bábchenko y Suljagic participan en las jornadas Kosmopolis en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB). EL PAÍS los juntó ayer para que conversaran sobre sus vivencias.

En la terraza de un bar del centro, apenas resguardados de una llovizna que parecía brotar de algún gran lagrimal de la historia, pertrechados de cafés y fumando compulsivamente, se fueron adentrando en un pantano de sufrimientos y memoria. Bábchenko, que está fibroso como un atleta y luce una camiseta a rayas que inevitablemente remite a la de los Spetsnaz, las fuerzas especiales rusas, revelará un aspecto torturado y nihilista digno de Los hermanos Karamazov. Suljagic, periodista, resultará más cercano hasta que la conversación le arrastre a zonas oscuras a las que nadie que no haya vivido una masacre podrá -ni querrá- seguirle. Entre ambos se generará una asombrosa corriente de comprensión y hasta simpatía.

Bábchenko. ¿Quiere que hablemos de nuestras sensaciones íntimas? ¿De la guerra?, ¿de la muerte? ¡Se puede hablar mucho rato de eso! Estuve en dos ocasiones en la guerra en Chechenia, de hecho puedo decir que viví dos guerras distintas. La primera vez fui como conscripto. Tenía 18 años, era un crío, la guerra me pareció un agujero negro sin esperanza. Me obligaron a ir después del campamento, con su dedovschina, las novatadas, en las que te rompían los dientes -como a mí- o te colocaban una estrella de la gorra al rojo, candente, sobre el cuerpo; me dieron una metralleta y me dijeron: "Ataca, muchacho, y defiende el régimen constitucional de la patria". De Chechenia sólo sabía que estaba al sur. Mi unidad era el Regimiento de Artillería Motorizada 429, conocido como Cosacos de Kubán o Mozdok-7, llevábamos Kaláshnikov y lanzagranadas. No tenía amigos en el sentido de la palabra, en eso Erich Maria Remarque no dijo la verdad o nuestra guerra era diferente. Cada uno respondía de sí mismo.

Suljagic. ¿Qué me provoca oír tu testimonio, Arkadi, el relato de un soldado? Hay una diferencia importante. En buena parte mi experiencia no es la guerra, sino la limpieza étnica. En mi situación, Arkadi, experimentaba una violencia unilateral pura y dura. Fui objeto pasivo de esa violencia por el mero hecho de haber nacido en un lugar determinado con unas características determinadas. En esas circunstancias no tienes ninguna salida. Van a por ti sólo por ser quién eres. Yo no luché, no he matado, no he disparado. Pero lo que dices, Arkadi, me resulta familiar. Mis amigos eran soldados. Entiendo de qué hablas.

B. Mi primera etapa no la llamaría historia de un soldado. Ni siquiera vi a los chechenos. De alguna parte salían disparos y yo disparaba hacia allí. Yo era sólo carne de cañón. La segunda vez, cuando me enrolé voluntario, era mayor, ya adulto, con 23 años. Fue una opción personal. No experimenté el pavor horroroso de la primera vez, podía controlarme, tomar decisiones. ¿Por qué regresé? Al volver a casa la primera vez encendí la tele. Piensas que la guerra está en todas partes, que todo el mundo la vive. Y lo que vi en la televisión fue un programa del corazón, frívolo. Me sentí fuera de lugar. A dos horas de allí se estaba matando gente. Cuando empezó la segunda guerra simplemente me fui para allá. No fui a la guerra, hui de un mundo que me parecía absurdo.

S. A veces es más difícil sobrevivir que morir.

B. Morir es facilísimo, no hay en ello ningún problema.

S. Me reconozco mucho en lo que dices. La guerra era mi vida. Me marcaba cada paso de mi vida, cada segundo, como una totalidad. Es increíble cómo puedes echar de menos la intensidad de la vida durante la guerra.

B. ¿Incluso como víctima?

S. Por supuesto, es una experiencia total. Las cosas que viviste entonces son irrepetibles. Puede sonar monstruoso, pero hay veces que cambiaría todo por diez minutos de entonces, experimentar de nuevo aquel mundo desaparecido que ya no existe. Volver a ver a los amigos muertos, formar parte de la comunidad que ya no existe.

B. Tienen que encerrarnos, Emir. Cogeremos una curda y quizá nos mataremos el uno al otro.

S. Estuviste en las trincheras y la experiencia final de Chechenia es muy diferente del final de la guerra de Bosnia. Pero algo común es la fuerte sensación de lo inútil y lo vano de todo.

B. No creo que las personas normales se sienten a hablar de cosas como de las que hablamos nosotros. Toda mi vida tras la guerra es una enorme y total cicatriz. De aquel Arkasha inocente que fue a la guerra la primera vez no queda ni una gota. Yo no tenía que haberme convertido en lo que soy. Tendríamos que haber vivido otras vidas, Emir. Mientras estaba en la guerra perdí a mi familia, incluso un coche atropelló a mi perro.

EL PAÍS. ¿Mató a alguien mientras servía en Chechenia?

B. Creo que no. En un 95% estoy seguro de que no. Confío en que no. Mataron a Igor, un compañero de Moscú, en una emboscada, con una ametralladora de gran calibre; se desplomó alcanzado por varios proyectiles y al caer le explotó una de sus granadas de mano. Lo estoy viendo. Perdí los estribos. Sólo deseaba matar, a todo el mundo. Disparé contra la gente, al azar. Seguro que no acerté. Y ahora lo agradezco a Dios. [Se levanta impulsivamente para ir a buscar un cigarrillo. "Trae uno para mí", le dice Suljagic, en ruso].

S. En mi caso las consecuencias no son tan obvias como para Arkadi. Duermo mal a veces. La gente me llama El Genocidiólogo, parece que no sea capaz de hablar de otra cosa. Sobrevivir es una responsabilidad, produce una sensación de culpa. He deseado haber muerto allí, en Srebrenica, muchas veces.

B. Una vez matamos a un crío. Una niña de cinco años. Fue casual. Nos disparaban de una aldea. Nos tiramos al suelo. Me pareció ver una sombra en la ventana de una casa. Grité: "¡Allí!". Y allí disparamos. Luego entraron los blindados. En la casa aparecieron muertas la niña y su abuela. No fui yo, pero tengo parte de culpa. [Sulgajic toma aire repentinamente con un fuerte ruido como de succión; Bábchenko mira fijamente; es una mirada vacía].

S. Hay algo incomunicable en la guerra. Es imposible transmitir la medida en que la guerra deshumaniza al ser humano. He visto cómo una persona canjeaba su anillo de bodas, lo único que le quedaba de sus seres queridos, a cambio de un kilo de pimientos. Y cómo el otro lo cogía sin escrúpulo alguno. La única esperanza tras la guerra es salir creyendo aún en algo, lo que sea, Dios, tu madre, tu familia. Sin esa esperanza te vuelves cínico, malvado o loco.

- El País -

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