jueves, 26 de abril de 2012

Joao Silva estaba demasiado cerca...


Joao Silva estaba demasiado cerca

En sus Despachos de guerra, Michael Herr traza una rotunda descripción de Tim Page, una leyenda del fotoperiodismo australiano, que recibió numerosas heridas en Vietnam (a las que sobrevivió): "Recuerdo que cuando me lo presentaron tenía 17 años y pensé que me hubiese gustado conocerle cuando aún era joven". Joao Silva, el extraordinario fotógrafo de The New York Times, herido de gravedad el sábado en Afganistán, dejó de ser joven pronto, cuando, en los años noventa, cubrió el fin del apartheid y los disturbios étnicos en Sudáfrica dentro de lo que se llamó el Club Bang-Bang. El propio Silva, junto a Greg Marinovich, relató las experiencias de este grupo de cuatro informadores gráficos en un libro, El club de Bang-Bang, que editó en España Grijalbo con un prólogo de Ramón Lobo, una historia que ha sido llevada este año al cine con Ryan Phillippe. Los otros dos miembros del club eran Ken Oosterbroek y Kevin Carter. El primero murió en abril de 1994 alcanzado por fuego cruzado en Tokoza, un township al sur de Johanesburgo. El segundo se suicidó en julio de 1994, después de ganar un Pulitzer con una imagen espeluznante que dio la vuelta al mundo: una niña a punto de ser devorada por un buitre durante una hambruna en Sudán. Marinovich resultó herido en el mismo tiroteo que le costó la vida a Oosterbroeck y Silva, de 44 años, pisó ayer una mina. Contar las guerras es un oficio muy duro.

En una carta a casa, un soldado escribió desde Vietnam: "Mamá, no sabes lo que un hombre puede envejecer en una sola patrulla". Silva resultó herido en ambas piernas cuando pisó una mina mientras patrullaba en el sur de Afganistán acompañando a efectivos de la 101 División Aerotransportada. "Como muchos de vosotros habréis leído en nuestra página web, Joao Silva, uno de los mejores fotógrafos de guerra del mundo, resultó herido de gravedad mientras se encontraba empotrado con una unidad militar en la provincia de Kandahar", explicó el director del Times, Bill Keller, a su redacción, según relata el blog Lens del diario neoyorquino. "Carlotta Gall, que se encontraba con él en la patrulla, dijo que los médicos tardaron segundos en actuar, le aplicaron torniquete y morfina y le evacuaron en un helicóptero. Aquellos de vosotros que conocéis a Joao no os sorprenderá saber que nunca dejó de tomar fotos durante todo este proceso".

Ahora Silva se encuentra en un hospital militar en Alemania. Hace un año, también durante una patrulla cerca de Kandahar, el fotógrafo español de Associated Press, Emilio Morenatti perdió su pierna izquierda tras el estallido de una bomba. Nicholas Kristof recuerda algo que saben todos aquellos que han pasado por un conflicto: que los informadores gráficos, fotógrafos o cámaras, muchas veces se llevan la peor parte. No por tópica es menos cierta la frase más famosa del legendario Robert Capa: "Si la foto no es lo bastante buena, es que no estás lo bastante cerca". "Son los fotógrafos los que asumen los mayores riesgos", escribe Kristof. "Un redactor puede conseguir información desde la distancia, pero un cámara o un fotógrafo tiene que estar en medio de la acción. Por eso, mi primera regla cuando me encuentro en una zona de conflicto es no aceptar subirme a un coche con un fotógrafo: si escuchan tiros irá directamente hacia ellos".

No podemos olvidar que Juanxtu Rodríguez en Panamá, Jordi Pujol en Sarajevo, Luis Valtueña en Ruanda, Miguel Gil en Sierra Leona, José Couso en Bagdad y Ricardo Ortega en Haití murieron con una cámara en la mano (Julio Anguita y Julio Fuentes eran plumillas, y también se dejaron la vida en los caminos de la guerra). Sin sus fotografías, sin las imágenes de Joao Silva desde Irak o Afganistán, la guerra sería un lugar abstracto y lejano, que nos dejaría indiferentes. Gracias a su trabajo, somos capaces de entender lo que es el horror. ¿Su presencia sirve para mejorar algo, para que la guerra sea menos horrible, puede detener a los verdugos? Tal y como está el mundo, no estoy seguro, pero si sé que sin ellos las cosas serían mucho peores, sin los reporteros gráficos, sin tipos como Silva -conocido en la oficina de Bagdad de The New York Times por su afición al Malboro rojo, los desayunos con Redbull, por su valor y porque planificaba sus viajes para poder estar en Sudáfrica en los cumpleaños de sus dos niñas pequeñas- el mundo sería un lugar, si cabe, peor.

No hay comentarios: