miércoles, 2 de mayo de 2012

CAUDILLO A BABOR...


CAUDILLO A BABOR

Cuando el Caudillo navegaba por aguas del Cantábrico, tocado con gorra de marinero y aferrado al timón de su nave, no podía imaginar la inscripción con la que alguien iba a mancillarla años más tarde: "Franco, mal nacido". Las maderas podridas y dobladas por el peso de una terca historia que duró 36 años crujen ahora anunciando un desplome inminente. En la cubierta de proa, una gata esconde a sus crías en un agujero del casco y amenaza con un bufido al forastero que se acerque demasiado. Y quizá no le falte razón a ese anónimo grafitero pero, las cosas como son, el Caudillo tenía un yate bien majo. El Azor, con sus 50 metros de eslora, navega ahora, desvencijado y tenebroso, por los campos de Castilla.

Lázaro González González, un empresario burgalés, tuvo la exótica ocurrencia hace unos 20 años de comprarse el barco con el que Francisco Franco Bahamonde salía en busca de atunes todos los veranos y por el que desfilaban sus ministros en época vacacional para recibir las reprimendas del dictador. El yate estaba en un dique del Cantábrico, y el bueno de Lázaro pensó que podía convertirlo en un restaurante o discoteca flotante en la Marbella del siempre flexible Gil y Gil. La Marina no accedió, pero el obstinado empresario les soltó los seis millones de pesetas que pedían, lo cortó en tres pedazos y se llevó la nave en varios camiones hasta un campo de trigo de Cogollos, un pueblecito burgalés donde tenía un asador. En un arrebato a lo Duchamp, lo cimentó en medio de la finca y construyó un motel a su alrededor cuyo mayor y estrambótico reclamo podía verse desde muy lejos en la carretera. Ahí es nada.

Los años y los propietarios de este sórdido parque temático han ido sucediéndose sin que ninguno sacara lo soñado del lugar (el actual fía su destino a la terminación de un cambio de sentido de la A-1). Pero nadie se ha ocupado de darle una manita de pintura al pobre Azor, hoy monstruoso monumento a la decadencia franquista, sí, pero también universal. Los intrusos lo han limado y se han llevado los flotadores, el timón, las lámparas, los ojos de buey y cualquier pedazo de historia convertible en euros. La maquinaria se la quedó un chatarrero antes de que llegaran los actuales propietarios. Da tanta pena, que incluso la fundación Cousteau pidió, sin éxito, que alguien se ocupara del asunto y cifró en 30.000 euros el coste de la reparación (¿imaginan a Franco con el gorrito del gran Jacques Cousteau?).

Pero ahí sigue, junto al asador y ese motel con un aire irremediable al que regentaba Norman Bates (lo siento, Mario) y que apenas utilizan los obreros del campo eólico que se construye alrededor -que crea inquietantes interferencias en la televisión, cuyo tamaño, por cierto, es imperceptible para el ojo humano- y algún camionero despistado. Hoy regentan el lugar Mario y Mari Mar, antiguos asesores fiscales y ex residentes en Madrid. Y se dejan la piel en ello. Habitación simple (es literal) y muy limpia: 25 euros.

-No creas. Aquí la noche en invierno es dura. Yo me he acojonado algún día.

-¿Ah sí?

-Sí, pero nada. Normalmente son chavales haciendo botellón dentro del barco, o alguno que viene a hacer carreras. Llamo a la Guardia Civil o les tomo la matrícula y fuera.

-Vaya. ¿Nada más?

-Bueno, hace tiempo mataron a un tipo ahí al final. Creo que lo llevaron entre varios y le pegaron algunos tiros. Fue un ajuste de cuentas. Salió en los periódicos locales. Pero nunca ha habido robos-, suelta Mario intentando tranquilizar al cronista y fijando el lugar exacto del crimen junto a la habitación que acaban de asignarle.

Él y Mari Mar, su mujer (ella no teme nada y si se le apareciera Franco y La Collares, dice, al menos sería un reclamo turístico), se quedaron con el traspaso del complejo hará poco más de un año. Se la trae al pairo la nostalgia franquista y los ecos del Movimiento, pero vieron por Internet que se traspasaba y pensaron en cambiar de vida.

-Esto es un hierro. A veces vienen algunos fachas, alguno ha dicho que hizo la mili en el barco. Pero claro, debía ser limpiando los retretes-, dice ella con toda la indiferencia del mundo.

De momento, el asador, un gigantesco espacio que Mario calienta en invierno con un cañón de calor y que incluye un estrambótico museo de la labranza dentro, es lo que mejor funciona. Su hijo da vueltas al edificio en un monopatín. A veces atraviesa por dentro del restaurante y se queda un rato mirando.

-¿Te aburres, hijo?-, le pregunta Mari Mar.

-No mucho-, contesta él resumiendo con absoluta concisión el nivel de tedio que pueden alcanzar ahí los días.

En las estanterías de los licores se repite la misma casete de un tal Danny. Un tipo con una melena a lo Rod Stewart y camisa de Tony Soprano aparece en la portada de Atrapado en Río, el álbum en cuestión. Parece que el fulano fue la estrella residente de la discoteca que hubo en el lugar. "Antes aquí había un baile de abuelos. Pero no daba un duro. Yo le he dado un giro y hago fiestas para latinos. Sé lo que quieren", reivindica Mario, cuyo buen ojo viene avalado por los años que trabajó en la seguridad de conciertos, mientras acaba de atender al tercer y último cliente del asador esa noche. Huele a brasa y al frío acumulado durante el salvaje invierno burgalés. Cuando se apagan las luces no se oye ni un alma. Solo el zumbido lejano de la autopista. Mario se marcha también a su habitación del motel con su familia. Toca atravesar toda la finca. Son las once en un pueblo de Burgos, aunque todo podría ser cualquier otra cosa.

En cuanto al barco, pocas novedades. Mario no piensa gastar un duro en él. Se ofrece, eso sí, a darle unos botes de pintura y unas brochas a los nostálgicos con ganas de hacerlo ellos mismos. Con un poco de suerte, Fomento se decidirá a terminar el cambio de sentido de la A-1 a la altura de Cogollos y, entonces sí, quizá la afluencia de visitantes devuelva el esplendor al último naufragio del franquismo.

Un 'souvenir', de parte de Lázaro

Cuando Lázaro González González se hizo con el Azor, hizo estas tarjetas de recuerdo en cuyo reverso podía leerse: "Usado de 1949 a 1975 por el General Franco, Jefe del Estado Español, como embarcación de recreo. También usado como buque insignia en numerosos actos oficiales. El último presidido por el Rey en 1984 en La Coruña. Asimismo fue usado en 1985 (con cierta polémica popular) por D. Felipe González Márquez. Vendido por la Armada española en 1992 en subasta pública".

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