martes, 29 de mayo de 2012

Hijos a la sombra de padres geniales...

Hijos a la sombra de padres geniales

El genio literario y artístico de famosos progenitores no siempre se ha visto reflejado después en sus descendientes. Algunos enfermos y otros empujados a la locura, muchos vivieron el abismo de no heredar ningún talento.

Aunque no hay ley alguna que lo prescriba, el talento suele erigir alrededor de ciertos escritores una muralla que los aísla de sus seres más queridos. Tras crecer a la sombra de su genio, los hijos de un número considerable de poetas y narradores ven abrirse ante ellos un abismo que acaba condenándolos a la invisibilidad, al abandono o a la locura. Hace algo más de un año, el mexicano René Avilés denunciaba el estado de indigencia en que vivía Helena Paz Garro, hija de Octavio Paz, gloria de las letras nacionales, y de su primera esposa, la celebrada novelista Elena Garro. La penuria en que vive resulta tanto más inexplicable si se tiene en cuenta que sus progenitores pertenecían a familias acaudaladas. Pocos años antes salía a la luz la historia de Malva Marina, hija de otro gran poeta latinoamericano, galardonado al igual que Octavio Paz con el Premio Nobel de Literatura, el chileno Pablo Neruda. Aquejada de hidrocefalia, la pequeña Malva Marina falleció a los ocho años, sin que su padre, señalaron voces acusadoras, hubiera querido saber jamás nada de ella. Algo semejante ocurrió con el dramaturgo norteamericano Arthur Miller. Padre de un hijo que padecía el síndrome de Down, cuando el niño contaba cuatro años de edad, el autor de Muerte de un viajante decidió ingresarlo en una escuela para discapacitados mentales, desentendiéndose a partir de entonces de su suerte. Un artículo publicado en Vanity Fair denigraba al escritor por no haber sido capaz de asumir la responsabilidad que entraña traer al mundo a un discapacitado mental. Este tipo de rechazo no guarda relación directa con el hecho de estar en posesión de un talento literario fuera de lo común. Al igual que Neruda, Miguel de Unamuno tuvo un hijo hidrocefálico que falleció a los ocho años. Su muerte instiló en el filósofo un arraigado sentimiento de culpa que atribuyó a las crisis de ateísmo en que incurría periódicamente. Más que de asignar culpas (casos como el de Neruda o Miller se prestan a un fácil sensacionalismo), se trata de preguntarse: ¿por qué son tantos los casos en que la grandeza de los padres tiene un efecto devastador sobre la existencia de sus hijos?

Uno de los casos más emblemáticos de los últimos tiempos es el del recientemente fallecido J. D. Salinger. En El guardián de los sueños, su hija Margaret traza una semblanza de su padre en la que el autor de algunas de las páginas más bellas de las últimas décadas aparece como un monstruo capaz de las mayores muestras de egoísmo y crueldad. No está claro cuánto hay de oportunismo en el afán por publicar un libro así. Otro hijo del escritor, Mathew, afirmó que su padre no tenía nada que ver con el personaje retratado por su hermana. La misma autora señala en diversos momentos que el abandono afectivo a que la sometió su padre no invalida el hecho de que la belleza desoladora de sus libros supo procurar consuelo y solaz a millones de personas. Salinger se sabía depositario de una llama sagrada que muy pocos están destinados a poseer. Un día, comprendiendo que la llama se había extinguido, dejó de publicar, aunque no de escribir en los 40 años que siguieron.

A veces, la capacidad de destrucción asociada con el talento literario se vuelve en contra de quien lo posee, como le ocurrió a Sylvia Plath. Cuando su marido, el poeta Ted Hughes, la abandonó a su suerte junto con los dos hijos pequeños de la pareja para irse a vivir con otra mujer, también poeta, Plath se tenía que levantar a las cuatro de la madrugada para intentar dar forma a los escalofriantes poemas concebidos por su imaginación demoniaca antes de que sus hijos se despertaran. Dotada de un talento formidable, de signo inequívocamente autodestructivo, Plath jamás permitió que su entrega a la literatura interfiriera en sus obligaciones como madre. De tendencias suicidas, cuando se sintió sin fuerzas para seguir luchando a solas, les dejó preparado el desayuno a los niños en el dormitorio, metió la cabeza en el horno, y abriendo la espita de gas, puso fin a sus sufrimientos. De un orden muy distinto es el valor demostrado por el novelista japonés Kenzaburo Oe, cuyo inmenso talento literario no tiene nada de demoniaco. Nacido en 1935, su obra se catapultó después del nacimiento de su primer hijo, Hikari, aquejado de una gravísima deformación cerebral. En lugar de deshacerse de él, Oe hizo de su tragedia familiar el centro de Una cuestión personal, novela en la que cuenta la historia de Hikari en clave de ficción. El libro supuso el origen de un ciclo narrativo cuya calidad le valió a Oe el Premio Nobel de Literatura. Fundiendo de manera inseparable obra y vida, Oe se sumergió en el mundo silencioso en que habitaba Hikari, logrando, además de darle voz, que su hijo compusiera obras musicales de gran interés.

Entre las historias de hijos de escritores célebres a los que se considera víctimas del talento de sus padres, destaca, por el misterio que la rodea, la de Lucía Joyce, hija del autor de Ulises. El misterio es en gran medida consecuencia del celo con el que el nieto y cancerbero del legado literario del autor irlandés, Stephen Joyce, impide el acceso a cualquier tipo de documentos que guarden relación con su tía. El cerco de silencio es tal que la simple aparición de una fotografía tomada en 1977 en la habitación del hospital para enfermos mentales en el que Lucía Joyce estuvo recluida durante los últimos 30 años de su vida, ha sido suficiente para renovar el interés por ella. La fotografía figura en la biografía de Violet Gibson, aristócrata nacida en Dublín, famosa por haber atentado contra la vida de Mussolini en 1926. Recluida en la misma institución que Lucía Joyce, el hospital de Saint Andrew, en el condado inglés de Northampton, las tumbas de las dos mujeres se encuentran muy cerca una de otra.

Tras expatriarse de Irlanda, los Joyce se instalaron en Trieste, donde nacieron los dos hijos del matrimonio, Giorgio en 1905 y Lucía en 1907. Sus destinos estuvieron marcados por vocaciones artísticas para las que los dos hermanos carecían de talento. Criados a la sombra de un genio, Giorgio optó por la música y Lucía por la danza. Acabaron por sucumbir respectivamente al alcoholismo y a la locura. Vulnerable y enfermiza desde la infancia, ni su madre ni su hermana sintieron nunca gran afecto por ella. Su padre, en cambio, la adoraba. Cuando la escritura le dejaba tiempo, le cantaba baladas. Juntos inventaron un lenguaje secreto, que nadie salvo ellos entendía. Muchos críticos han relacionado la jerga críptica que el escritor compartía con su hija con el lenguaje ininteligible y visionario de Finnegans Wake, la enigmática obra en la que Joyce invirtió los últimos 17 años de su vida. Se ha dicho que la prosa desplegada por el escritor en su última novela responde al intento por mantenerse en comunicación con su hija al ver lo poco que podía hacer por impedir que no se la arrebatara la locura. El férreo control ejercido sobre los documentos que pudieran arrojar algo de luz sobre la historia de Lucía Joyce ha dado lugar a toda suerte de especulaciones. Una de ellas relaciona su esquizofrenia con el hecho de que Samuel Beckett, que durante un tiempo fue secretario de su padre, la rechazara tras haber sido su amante por un periodo de dos años. La hipótesis es absurda, aunque pocos pueden alardear de haber estado tan cerca de dos de los mayores talentos literarios de nuestro tiempo.

Los primeros brotes de hebefrenia hicieron aparición cuando Lucía tenía alrededor de 25 años. Los estallidos de violencia protagonizados por su hija le hacían pensar a Joyce en escenas del rey Lear. El día que el autor celebraba su 50 cumpleaños, Lucía arrojó una silla a la cabeza de Nora. Su hermano Giorgio decidió internarla. Aunque pasaba temporadas en casa, su condición se fue deteriorando.

Carl Jung se interesó por su caso, llegando a tratarla en su clínica de Suiza. A los 28 años la internaron en el manicomio de Ivry, en las afueras de París, y desde entonces jamás volvió a poner un pie en la calle. La relación con su madre y con su hermano jamás dejó de ser difícil, pero Joyce se desvivió por su hija hasta el final de sus días. Se sentía responsable de su locura. Estaba convencido de que había heredado de él una versión maligna de su talento que acabó por destruir su razón. En 1951, diez años después de la muerte de su padre, Lucía fue internada en St. Andrew’s. Beckett la fue a ver en una ocasión. Salvo alguna que otra visita ocasional, la única persona que acudió a verla con regularidad fue Harriet Weaver, la heroica editora de Joyce. Tras su muerte en 1961, su hija pasó a convertirse en el único testigo de la trágica soledad de Lucía Joyce. Murió el 12 de diciembre de 1982, rodeada de un misterio que nadie ha disipado.

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